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TEMAS DE LA SEMANA

El dueño de la pelota

Lionel Messi, por qué Messi es lo que es.

Por cristian-alejandro-maluini
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Quien crea que desde este espacio se adjudicarán responsabilidades o culpas y se castigará al genio inmaculado por un traspié indebido pero inevitable, absténgase de continuar con la lectura. O, en el mejor de los casos de asumir la osadía de perseverar, sepa que aquí no encontrará más que elogios, admiración, profundo reconocimiento y si la tentación vence y quien estas líneas escribe no conserva la prudencia del comunicador, tal vez descubra cierta adulación aparatosa, desmedida, abundante.

Selladas estas palabras preliminares abonaremos en las dificultades y desafíos del caso, en el intento de establecer por qué Messi es lo que es y, elevando a lejanas alturas nuestras pretensiones, qué es eso que Messi es.

Messi es el mejor de todos, pero no todo es tan sencillo para resumirlo con pasmosa facilidad en esas dos palabras y su correspondiente conector con forma de preposición. No, señor. Porque Messi es mucho más que simplemente el mejor de todos. Es, incluso, mejor que sí mismo todos los días, lo que no es poca cosa. ¿Cuántos de ustedes se mejoran, en el ámbito que les toque, a cada minuto y pueden jactarse de atravesar un crecimiento permanente y sostenido? Es probable que existan algunos, claro, pero otros tantos quizás descubran, como le ha tocado en más de una ocasión a quien inicia este interrogatorio despiadado, que llevan varados en un mismo lugar casi tanto tiempo como años vividos, que los caminos no aparecen y para peor, que ni siquiera se encuentran los estímulos para, fortaleza anímica y voluntad mediante, construirlos delicada y si es necesario, artesanalmente. Y Messi, nuestro Lionel Messi, es, en dicho terreno, un especialista en ofrecer una imagen mejorada de su versión cada vez que le toca saltar a un campo de juego, donde establece, soberana y artísticamente, esa sentencia de líder indiscutido en lo suyo. Por eso, y después de un traspié que le abre la puerta a tantos tozudos manifiestos de afirmar que al genio le faltan toneladas de coraje, urge remarcar más que nunca su implacable carrera, sus logros intachables y recordar que su horizonte se erige con pronóstico soleado casi siempre y escasa probabilidad de chaparrones. Y hoy, justo hoy, que llovió y fuerte, que cayó granizo, asoma como oportunidad ideal la chance de rubricar con fibrón indeleble, para toda la vida toda, que Messi es, aquí, allá y un poco más allá también, el número uno.

Conste en actas, antes que nada, que todo lo que Messi hizo ya forma parte del Guinness y que allí yacerán para siempre los escandalosos números que cosechó con tan solo veinticuatro abriles. Corresponde también afirmar que hace rato ya que Messi está sentado en la mesa de los grandes y hasta donde se sabe, es más probable que devenga rey absoluto y dueño del cetro principal que la casi desvanecida opción de seguir siendo nomás, un invitado de lujo. Y todo sin contar que Messi no llegó a completar aún el cincuenta por ciento de su carrera y que aflora un sendero por donde desfilarán, para suerte de sus contemporáneos, nuevas maravillas emanadas de su zurda.

Esta visión ovalada anula la alternativa de ponderar el disparate de que para ser definitivamente grande, o «el más grande», Messi tenga que ganar un mundial. Por caso, ni Cruyff ni Di Stéfano, que completan en teoría el poker de virtuosos históricos, han ganado un mundial. No es necesario ni será, lamentablemente, sólo obra de Lionel conquistar tan huidizo logro. En su debido momento urgirá rodearlo para que el diez haga lo que sabe y punto, se acabaron las disputas estériles, ignorantes y desconocedoras de una realidad de puño de la que por lo general se prescinde a la hora del análisis: el fútbol, deporte colectivo. Punto y aparte.

Lionel, crack superdotado adentro, gestor en buena parte y bien acompañado del ciclo más exitoso del que tal vez sea nomás el mejor equipo de ayer y de siempre; y goleador; y guapo para encararlos a todos; y carismático para festejar un gol decisivo; y perseverante para insistir cuando le bloquean los caminos, quizás pague en su pavorosa sencillez y humildad, la ostentosa demostración de parte de la grey futbolera que aún lo condena y discute. Allá ellos, con su ceguera escrupulosa y desorbitante. Consuela reconocer que de a poco, algunos con tibieza y otros con engañosa y actuada locuacidad, son más los que aceptan que la discusión se esfuma inútilmente, aterida ante la contundencia del resultado.

Escribir sobre Messi ha sido un ejercicio que en ocasiones-las noches de gloria eterna, de goles salidos de los mejores sueños y récords batidos como quien no quiere la cosa-se tornó brumosa y escurridiza. Las palabras se agolpaban apresurándose para participar todas de las más profundas impresiones de quien al cabo de varios frustrados intentos, descubrió que ninguna era lo suficientemente sólida para representar esas sensaciones invasoras y acabó siempre resignado ante la carencia de adjetivos adecuados.

Hoy, cuando se escuchan algunas voces pusilánimes de quienes se regodean ya no agazapados y sí entusiasmados porque la diosa fortuna pone el travesaño justo donde no debía estar y son tres los partidos que Messi parece no serlo y Barcelona amaga ceder su lugar de pope inmaculado después de casi un lustro de gloria, no ha resultado tan engorroso pergeñar la tan madurada y deseada columna. Al fin y al cabo, el extraordinario Lionel lo ha hecho de nuevo, como tantas veces. De su fantasía inacabable, perpetuada para siempre junto a los dioses del fútbol y la vida, no han salido más que tumultuosos desacoples que este servidor no pudo organizar. De su zurdazo que revienta el travesaño y evapora las ilusiones de más gloria y disipa las esperanzas de los amantes de la redondez de su magia, han brotado, ojalá con aplomo, calidez y por qué no algo de brillo, las oraciones y párrafos, que unos tras otros, han reflejado que, como en realidad cabe afirmar, Messi es sin discusión alguna, el dueño de la pelota.

DZ/sc

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