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Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
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TEMAS DE LA SEMANA

El dólar y otras violencias: y la gente hace su vida

Análisis político por Eduardo Blaustein.

Por Eduardo Blaustein
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Habría que preguntárselo a un Perón modelo siglo XXI. Él fue el autor, en los años 50, de la reiterada frase «¿Alguno de ustedes ha visto un dólar?». Se supone que por picardía criolla, el General sabría responder si la fiebre en torno del «blue» (nombre cool de la ilegalidad) es pura presión mediática y «de los sectores concentrados», como dice el oficialismo. O si hay una inquietud social generalizada y una demanda devenida de la necesidad de refugiarse de la inflación.

Que hay inflación y que lastima los bolsillos, es cierto. Que escasean las divisas y que el Estado las necesita, entre otras cosas para afrontar compromisos de la deuda contraída por gobiernos anteriores, también. Que no sólo «la oligarquía», sino amables señoras de clase media baja cuando pueden compran dólares, también es verdad. Todo bastante cierto pero no como para sustentar la idea de que la más terrible amenaza que se cierne sobre los argentinos es la dificultad de comprar dólares.

La imagen agresiva, omnipresente, de manos contando dólares en las pantallas suma exasperación a una sociedad chúcara, que sin embargo lleva nueve años de relativa normalidad económica y política.

Estamos acostumbrados a vivir todo dramáticamente, una suerte de adicción al estado extremo. O acaso la afirmación sea falsa y sean los medios los que nos hacen adictos a la mufa permanente. Hoy el dólar es el centro de todo, ayer Boudou, antes el control de las importaciones. Por debajo de tanta convulsión, millones de personas hacen su vida sin sentir que viven en la catástrofe. La normalidad diaria, dice la regla periodística, es la del avión que llega y no la del que cae. Los medios invierten la realidad y relegan a un tercer plano procesos que sí son llamativos. Ejemplo: siguen sucediéndose los meses y los partidos políticos (incluyendo al siempre gaseoso PJ) apenas dan señales de vida. Sólo las tensiones de rutina entre el gobierno nacional y el porteño alimentan la voracidad del periodismo por el conflicto. Pero si se trata de contar con alguna transformación estructural generada por Mauricio Macri en su gestión, estamos fritos. Lo mismo si buscamos algún hecho político relevante, algo que no sea mamar de las chicanas que le subalquilan los medios opositores al kirchnerismo.

De malestares y violencias

El tic del macrismo ya no sólo cansa sino que embronca cuando tiene que ver con la impunidad de lo que se hace y de lo que se dice. Ahí están las acusaciones deliberadamente falsas de Horacio Rodríguez Larreta sobre una inexistente agresión de La Cámpora. Mentir así es jugar con fuego. En este país ni siquiera los mencionados nueve años de estabilidad del kirchnerismo amansaron los ánimos colectivos. Es más, según ciertas derechas, los azuzaron. El que escribe apenas si comparte un cinco por ciento de esa afirmación pero en cambio sí cree que somos una sociedad difícil, la de las muertes por represión de 2001, la de los saqueos de entonces y de antes, la de las patotas de la Unión Ferroviaria, la del gatillo fácil, los campesinos asesinados en el norte. Los fantasmas de las violencias generalizadas (en versión del peronismo implotado en el 75 y la Triple A o la sistemática iniciada con el golpe del 76) viven entre nosotros. Por lo tanto, cuando Rodríguez Larreta acusa a La Cámpora, está invocando de manera miserable a todos esos fantasmas, prejuicios, dolores, odios o desconfianzas acumuladas entre nosotros.

Quedó sugerido más arriba que el lenguaje agresivo de los medios colabora en la crispación y que más de un funcionario, comunicador y/o militante kirchnerista también debería bajar un cambio. Aún cuando la única agresión violenta demostrada en estos días fue la que recibió el equipo de 6,7,8 en dos cacerolazos protagonizados por gente muy, pero muy sacada, simpatizantes del PRO incluidos.

En ese contexto de predisposición al odio y exacerbación de las tensiones cabe situar al bruto lock-out de nueve días convocado por los productores agrarios bonaerenses, los mismos que trazaban en 2008 la analogía falaz entre la palabra Patria y la palabra campo. Cuando deben pagar impuestos se comportan como venerables cónsules romanos, ofendidos por las «confiscaciones» de las se dicen víctimas. Es más: aún cuando los sistemas impositivos y económicos de cada provincia son diversos, las patronales decidieron nacionalizar el lock-out.

Sintonía fina y gruesa

El kirchnerismo, decimos, gobierna tranqui y dueño de la iniciativa política. Es hegemónico por mérito propio e inconsistencia ajena, falla a menudo en la sintonía fina y en la gruesa menos, pero también. Falló en la gruesa con la política de transportes. Ayer la Presidenta, en una intervención pública que cruzó una larga serie de temas (incluyendo la pesificación de sus depósitos), anunció algo reclamado hace añares: la creación de un organismo que coordine el transporte del área metropolitana. También dijo que la Secretaría de Transporte pasará a depender del Ministerio del Interior, sin explicar las razones.

En cuanto a la sintonía fina, el Gobierno no estuvo a la altura de la elección de Miguel Galuccio al frente de YPF con el intento de designación de Daniel Reposo como procurador general. Lo mismo cuando irrita a sectores de las clases medias y altas al restringir la circulación de dólares sin comunicar con claridad las razones de tal restricción.

La mala comunicación es también fruto de lo que no se sincera (inflación) y de discrepancias entre funcionarios económicos no encuadrados en la vieja lógica del ministro de Economía fuerte.

En otra cosa falló en estos años la sintonía gruesa del oficialismo: el descontrol de las petroleras. Hasta que la amenaza de un déficit comercial disparado por la importación de combustibles decidió a la Presidenta a recuperar Repsol. Fue una respuesta digna, aunque demorada. Y es más que bueno la confirmación de que el CEO será Miguel Galuccio y que trabajará con otro buen cuadro, el viceministro Axel Kicillof, además de dos de los economistas más destacados del país.

Eduardo Basualdo, quizá el más brillante analista de los procesos de concentración y extranjerización desde la última dictadura, y Héctor Valle, también heterodoxo y ex director del Indec, que en años más mozos fue un intelectual orgánico del desarrollismo.

Eso mismo que balbucea ser Macri cuando necesita inventarse una identidad y se menta admirador de Frondizi.

DZ/km

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