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TEMAS DE LA SEMANA

«El cine es un hijo medio bobo y malcriado de la literatura»

El premiado director de películas como El amor es una mujer gorda, Buenos Aires viceversa y la internacional La casa del lago habla de su porteñísima tercera novela, Si te digo te miento.

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Alejandro Agresti

Alejandro Agresti asegura que los personajes que crea «son parte de una sociedad circo; son payasos y magos, espejos sinceros con la cara dura, esa misma con la que te chocás en cualquier espejo». En su nueva novela, Si te digo te miento (Editorial Sudamericana), cuenta los días de Coco Campos, un tipo de la Buenos Aires de los años 60 que intenta reconstruir su pasado, que está nublado por una supuesta amnesia ocasionada por un accidente ferroviario.

Campos era maquinista, y mientras trata de recuperar sus recuerdos, consigue trabajo como chocalatinero en un cine. En la reconstrucción de la memoria de este personaje, el director de películas como
Valentín (2002) o Una noche con Sabrina Love (2000), va armando una trama en la que abundan la nobleza, el humor, la picardía y el engaño.

-La memoria y el recuerdo son temas que sobrevuelan Si te digo te miento, pero también la posibilidad de manipularlos. ¿Qué lugar ocupan la literatura y el cine en ese sentido?
-El cine es muy limitado respecto a la literatura. Está lleno de nomenclaturas artificiales, es medio un hijo bobo y malcriado de la literatura. Es por eso que desde sus establos críticos surgen cosas como el «cine independiente». ¿Dónde está la «literatura independiente»?, ¿o la pintura o escultura «independiente»? Claro, queda recool decir «yo soy independiente», pero eso es una falacia propia de un arte en pañales, o algo en pañales que pretende ser un arte. La independencia es de uno, es íntima, no vas a serlo por pegarte una etiqueta en la frente, eso es una mersada. Y claro que las artes se nutren del recuerdo, ¿de qué sino? Lo que viviste hace un rato ya es un recuerdo. Y claro que los manipula, rescata y transforma en distintas emociones. Creo que un escritor se acerca al arte cuando manipula su archivo como si fuera plastilina, conservando al niño. Para lo otro tenés al analista.
-¿Cómo apareció la historia de Coco Campos, ese hombre que se recuerda como un héroe pero también como un perdedor?
-Si existiera ese lugar en donde aparecen las historias, ya estarían todas contadas, ya lo habrían comprado y le hubieran abierto un bar adelante. Por suerte eso sigue siendo imposible. Aunque, ojo, uno lee tantas cosas parecidas, mimetizadas a ciertos formalismos, que bien puede llegar a sospechar que ya existen clubcitos que se dedican a eso. Y l historia de Coco surgió de la necesidad de contar. Tu mente revuelve constantemente archivos de impresiones, observaciones, recuerdos y sensaciones hasta que, sobre todo cuando sos escritor, te pide que la ayudes a ordenar en una trama en un ejercicio de conexiones que disfrutás al tiempo que te sorprende.
-¿Por qué decidiste situarla en la década del sesenta?
-Porque yo era un nene entonces, y a esa edad ves el mundo alrededor tal cual es, todavía no estás comprometido con el simulacro de realidad que te fuerzan a aceptar si querés que te dejen funcionar. Un chico sabe perfectamente cómo entrar y salir de una revista de historietas. A los grandes les cuesta más, se creen un Superman, un Che, cualquier superhéroe altruista o artista famoso con solo repetir el discurso fotocopiado en el que quedan atrapados. Cada vez que necesito pensar en términos de sociedad vuelvo a ese nene que no se engaña, mirando el hoy desde los sesenta, en mi caso. Si perdés esa mezcla de inocencia y detector de hipocresía con el que todos nacemos, mejor dedícate a ser político o ese tipo de necedades del mundo adulto.
-Hay muchas referencias a San Cristóbal y Villa del Parque, también a las diferencias de clase. ¿Hacés una mirada crítica sobre ciertos aspectos de la clase media porteña?
-Sí, es verdad que hablo de los prejuicios. Aunque no sé sí los llamaría «de clase media» porque la definición me sigue resultando engañosa. Está demasiado orientada a lo económico, digitada a propósito. La historia de la civilización está plagada de genios que surgieron de las familias más pobres, y de perversos patéticos que teniendo la posibilidad de estudiar, y el ocio para meditar, han hecho de este mundo un infierno. Uno define su clase por lo que hace con su vida, por el esfuerzo y sus ideas propias. Quien sólo repite las ideas de los demás, o se compra cualquier teoría que le resulte cómoda para brillar, no es de clase media ni baja ni alta, es simplemente un loro mediocre revolviendo vestidos de oferta. En cuanto al «progreso», trato de diferenciar en la novela al científico del versero. Creo que el que por ejemplo habla del progreso en el arte no sabe lo que dice, o le conviene pensar así porque lo confunde con moda y en ese ámbito puede barajar lo poco suyo. En el verdadero arte solo existe el propósito. Ojo, porque al que le venden progreso le están cuarteando la libertad, le están manipulando la expresión en una dirección, le van a hacer perder el artista que lleva adentro, van a castrarle con aplausos epocales lo que de atreverse a decir en libertad podría ser realmente conmovedor.
-Tanto en tus películas como en tus novelas, el humor y la ironía ayudan a llegar a personajes que están entre la nobleza y la canallada. ¿Qué te interesa especialmente de eso?
-Van y vienen esos personajes. Es difícil ser noble si no ves nobleza a tu alrededor y es fácil ser canalla cuando te podés esconder tan fácilmente entre multitudes de ellos.
-En la tapa de Si te digo te miento hay una foto de Marilyn Monroe con el fotógrafo John Vachon que fue tomada durante el rodaje de la película de 1954 Río sin retorno. ¿Es así?
-Sí, me gusta la imagen porque sugiere mucho de la novela. La mezcla de chanta, muletas, cine de barrio, la realidad y fantasía que hace al cóctel que lleva adentro de Coco Campos.

Fuente Télam
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