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TEMAS DE LA SEMANA

El caudillo más esperado

Por Alejandro Fabbri.

Por Alejandro Fabbri
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masche_dyn RGENTINA VS HOLANDA, SEMIFINAL MUNDIAL 2014. Autor: FOTO:DYN/CARLOS GRECO/ENVIADO ESPECIAL

 

El teléfono de Leonardo Astrada sonó cuando el Jefe, que en aquel momento dirigía a la primera división de River Plate, estaba cenando. Era Marcelo Bielsa, el entrenador de la Selección Argentina. La noche estaba fría, comenzaba el invierno de 2003, era pleno mes de julio. El Loco Bielsa se disculpó varias veces antes de pedirle permiso a Leo Astrada para convocar a un jugador suyo al seleccionado.

Astrada no se hizo problemas, pero se sorprendió cuando Bielsa le contó que el futbolista que llamaría aun no había debutado en la primera de River. Y que por eso le quería avisar, para que no lo tomara de sorpresa semejante convocatoria: era Javier Mascherano, que aun no había cumplido los 19 años y ya se insinuaba como una figura del seleccionado juvenil, además de haber sido campeón con las divisiones inferiores millonarias varias veces.

Bielsa tuvo la delicadeza de comunicárselo al técnico de River y de paso, lo alertó aun más sobre lo que significaba ese chico que mostraba un despliegue descomunal, un talento inusual para su puesto de mediocampista central, dotes de mando y una capacidad para absorber conocimientos como muy pocos. Mascherano hizo su presentación en el Estadio Ciudad de La Plata esa fría noche invernal en 2003 y nadie más le quitó el puesto. Bielsa había mostrado, una vez más, su impresionante intuición para acertar con un futbolista y pensarlo a futuro en su evolución y su proyección.

Hoy, hablar de Mascherano es hablar del caudillo. Del Jefe. Del estandarte de este equipo que no enamora demasiado con su juego, pero lleva en la piel ciertas virtudes de muchos cuadros argentinos. Dosis exactas de experiencia y juventud, humildad y desparpajo, potencia física y talento sutil, dureza y sensibilidad, todo en pequeñas dosis. Las suficientes para ilusionarnos con ganarle la final a la aceitada máquina alemana.

La Argentina ganó los tres partidos de su zona sin sufrir demasiado, pero sin convencer tampoco. Bosnia, Irán y Nigeria pasaron y era la lógica, lo que se suponía iba a ocurrir. Suiza, Bélgica y Holanda fueron otro tipo de obstáculos. Más duros, con mejores armas, con peligrosos futbolistas que no rindieron ante la celeste y blanca como se esperaba. Ni Shaquiri, ni Fellaini, ni Hazard, ni Esjnaider, ni Robben, ni Van Persie. Mérito argentino, nervios europeos. Todo mezclado.

Ahora, a horas de la finalísima en el mítico Maracaná renovado, la historia nos asignó un puesto en la jornada decisiva. Vamos con el gigante Romero (más grandote e invencible que nunca) que mantuvo su arco invicto desde los goles del nigeriano Musa, con la fortaleza defensiva que está convirtiendo en ídolo de todos a Marcos Rojo, denostado por su fugaz paso en el torneo local, al reciclado Demichelis, al batallador Zabaleta, al sólido Garay. Con Biglia como un aliado natural e imprescindible en el medio, el Caudillo, el Jefe, Mascherano, se luce todavía más.

Redobla el esfuerzo, dirige a sus compañeros, los arenga, los estimula, los zamarrea si es ecesario. Hace lo que no puede hacer Messi, un capitán con todas las letras pero con otra impronta. Hay buena onda entre los dos, hay buena onda entre todos, hay respeto y afecto con los que están alentando desde afuera, con compañeros y con el cuerpo técnico.

Argentina está preparada. A pesar de las lesiones, de la falta de gol, de ciertas fatigas musculares que son el peor pronóstico, sigue siendo Argentina. Pero renovada, agrandada por sus hinchas, por sus convicciones y porque tiene al mejor que aun no fue el mejor (Messi) y porque en todos lados está su Caudillo, su Guía. Se llama Javier Mascherano.

Era el que lloraba hace años porque no conseguía lograr lo que se había propuesto. Hoy, aunque se emocione de la misma manera, nos hace lagrimear a todos y pedirle disculpas. Con un profesional así, con un jugador que reúne coraje, esfuerzo y jerarquía, se construyen los ídolos populares. De un país completo. Sin vueltas. Aunque falte un partido más. Ya está, Masche. Ya pasaste la línea y estás, con Diego, con el Pato Fillol, con Kempes, con Burruchaga, con Giusti y con Ruggeri y Simeone, más allá del bien y del mal. Ya está, aunque sigas corriendo.

DZ/sc

Fuente Especial para Diario Z
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