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TEMAS DE LA SEMANA

El aromo de Rosas aun da sombra en Palermo

A la sombra de un árbol que sobrevive en Palermo, Manuelita le pedía al padre indulgencia para sus enemigos.

Por Juan Castro
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Una charla de padre a hija, a la sombra de un aromo frente a un caserón de la Buenos Aires de medidos del siglo XIX. De lejos, la postal inspira ternura. Pero allí, Manuelita Rosas, a la sombra de ese aromo, rogaba al Restaurador de las Leyes por la vida de los disidentes. Casi siempre, el caudillo hacía lugar a sus pedidos.
Un retoño de ese aromo se encuentra escondido en Libertador y Sarmiento, donde estaba situado el caserón Palermo de San Benito, residencia de Juan Manuel de Rosas, quien gobernó dos veces la provincia de Buenos Aires con facultades extraordinarias y la suma del poder público (1829-1832 y 1835-1852). En aquella época cruenta, Manuelita (1817-1898), la joven que luce rosada y punzó en el billete de 20 pesos junto al Restaurador, además de ser anfitriona de políticos y diplomáticos, cumplió “el rol de la misericordia” con los opositores de su padre.

Los suplicantes, acusados de unitarios y conspiradores, salían de la aldea porteña y cabalgaban hasta Palermo por la huella de tierra que hoy es Avenida del Libertador. Manuelita, virtual primera dama tras la muerte de su madre, Encarnación, en 1838, los recibía y escuchaba paciente.

“Los asuntos personales de importancia, como confiscaciones de bienes, destierros y hasta condenas de muerte, se ponían en sus manos como postrer esperanza de los caídos en desgracia”, evoca William Mac Cann, cronista inglés que visitó a Rosas a fines de los años 40. Esta rutina, junto a sus charlas con el Restaurador bajo el aromo, convirtió a la joven en mito popular. Hasta Carlos Gardel llegó a cantar en su honor. “Es su ángel de la guarda Manuelita, y la ley no resiste a su bondad”, voceaba en el vals criollo “La virgen del perdón”.

El caso más famoso fue el fusilamiento de Camila O’Gorman, que se había escapado con el cura Ladislao Gutiérrez. Manuelita rogó por la suerte de su amiga ante el Restaurador pero éste se mostró más permeable a las exigencias del clero y ordenó fusilarlos.

Para los opositores como Domingo Sarmiento, Rosas hacía un uso político de su hija. Otros elogian que ella daba “consuelo al infortunio sin medida”, tal como reza un soneto de Vicente Martínez Fontes. En medio de críticas y elogios, la joven llevó una intensa vida social, según recuerda su primo, el escritor Lucio Mansilla.

Así fue hasta el 3 de febrero de 1852, cuando, en la batalla de Caseros, las fuerzas del entrerriano Justo José de Urquiza derrotaron al Restaurador. Ese día Manuelita “vivió la hora más angustiosa de su existencia”, según el historiador Carlos Ibarguren. Dejó Palermo al anochecer y se reunió con Rosas, abatido, en la legación británica. Esa madrugada padre e hija marcharon a Inglaterra. En Europa la joven inició una nueva vida. Se casó con su prometido, fue madre y tuvo una vejez tranquila.

La residencia de Rosas fue confiscada. Sarmiento inauguró allí el Parque 3 de Febrero, en honor a Caseros. El 3 de febrero de 1899, el presidente Julio Roca y el intendente porteño Adolfo Bullrich decidieron dinamitar el edificio. En el número 18 de la revista Caras y Caretas, Fray Mocho condenó el “atentado” de destruir “de un puntapié algo que a los sabios del futuro les costará muchas vigilias reconstruir”. Donde estaba la habitación de Rosas colocaron la estatua de Sarmiento hecha por Rodin.

El aromo quedó en el olvido hasta que en 1974 la Ciudad colocó una verja de hierro y una placa que reza: “Aromo de Manuelita. Lugar histórico testimonio de una de las épocas más importantes de la vida nacional”. Escondido por la arboleda, el aromo del perdón aún da sombra, como en los años donde una charla de padre a hija condensó la violencia política del siglo XIX.

DZ/JPC

Fuente Redacción Z
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