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TEMAS DE LA SEMANA

El 65% de las trabajadoras domésticas no está registrada

En la Ciudad de Buenos Aires son casi 200 mil; la mitad de ellas, jefas de hogar. Es un oficio en el que se entra muy joven –17 años– y del que es muy difícil salir.  Sólo 3 de cada 10 está registrada. La Ley les reconoce iguales derechos que a cualquier asalariado pero son el sector más precarizado y vulnerable.

Por Alejandra Hayon
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Cuando Gisselle Correa (28) empezó a trabajar en la primera casa ni se hablaba de blanco. Tenía 18 años y una conocida le pasó el contacto. Siempre trabajó por la zona de Palermo, por horas y agarrando la mayor cantidad de casas que le daba el cuero para tener el mejor ingreso posible. Cuando no le querían aumentar, se buscaba otra. A veces era simplemente otro departamento en el mismo edificio.

Desde hace seis años Gisselle trabaja a tiempo completo –de lunes a viernes– en la casa de un matrimonio joven, también en Palermo. Ella sabía que eran “buena gente” por eso no le sorprendió cuando el año pasado le ofrecieron ponerla en blanco. “Para mí fue un beneficio enorme. Tener obra social, descuentos con la tarjeta SUBE y no correr el riego de que te digan no vengas más, como me podía pasar antes, no tiene precio”, afirma Gisselle.

En la ciudad viven 69.500 mujeres que trabajan como empleadas domésticas y sólo el 35 por ciento de ellas están registradas. El 65% restante –más de 45 mil mujeres– trabaja “en negro”, precarizada. A algunas les pagan las vacaciones, el aguinaldo y la obra social como parte de una negociación informal con sus empleadores. Pero son las menos. El 48% no tiene acceso a ningún derecho de los que establece la ley.

Casi la mitad de las mujeres que trabajan en casa ajena son jefas de hogar. Suelen estar unas 32 horas por semana y ganar alrededor de 899 pesos por semana. Sólo una de cada diez trabaja sin retiro, lo que popularmente se conoce “con cama” o “cama adentro”. Muchas ya no son tan jóvenes, aunque suelen iniciarse en el oficio a los 17 años, la edad promedio es de 43.
Las cifras anteriores son resultado del informe “Mujeres asalariadas en servicio doméstico en hogares particulares”, presentado en marzo de este año por la Dirección de Estadística y Censo de la Ciudad de Buenos Aires.

“El punto de partida de muchas empleadas domésticas es la condición migratoria o la vulnerabilidad social, por eso la inserción en la actividad no suele ser estratégica y se da por necesidad. El trabajo viene desde las redes más cercanas: amigas o familiares que ya tienen una ocupación en el sector. Después se les hace muy difícil salir de ese circuito, incluso cuando comienzan más jóvenes”, sostiene Débora Gorban, investigadora del Conicet sobre trabajo doméstico. Gorban dice que lo que termina sucediendo es que las mujeres tal vez hallen mejores condiciones de trabajo, pero siempre en la misma actividad.

Es muy difícil saber cuántas mujeres de otros distritos llegan cada día a trabajar en la ciudad. Los investigadores calculan que en todo el país hay entre 800 mil y un millón de empleadas domésticas y que la mitad trabaja en la región metropolitana que comprende Buenos Aires y el conurbano.

En el mismo sentido, el informe sobre trabajo doméstico elaborado por el Consejo Social y Económico de la Ciudad indica que del total de las trabajadoras domésticas que viven en la provincia de Buenos Aires, el 30 por ciento trabaja en la ciudad.
Las mujeres de los sectores populares no tienen mucho para elegir, explica Ania Tizziani, también investigadora del Conicet, y aclara: “La mayoría de esas trabajadoras no termina el secundario porque ingresa muy temprano en el mercado de trabajo y el hecho de no terminar los estudios se vuelve un impedimento para conseguir un trabajo mejor”.

Recientemente Gisselle se quedó sin trabajo. Los patrones se van a ir a vivir al exterior y le dijeron que no vaya más. Pero ella está tranquila porque tiene todos los recibos de sueldo y ya consultó con un abogado los términos de su indemnización. Sabe lo que puede exigir. “No estoy preocupada porque otra casa se consigue rápido, aunque me gustaría hacer algo diferente, algo con lo que poder progresar”, dice Gisselle, que empezó un curso de estampado y serigrafía para tener un oficio y algún día trabajar por su cuenta, sin depender de nadie.

Del decreto de Aramburu a la nueva ley

El empleo doméstico nació con la ciudad. Ya desde el segundo Censo Nacional, realizado en 1895, más del siete por ciento de la población porteña empleada trabajaban como sirvientes, mucamas, niñeras y cocineras. Para 1947, el número se duplicó, superando el 14 por ciento de los trabajadores. Pero la legislación nacional no contemplaba ningún tipo de protección para ellos e incluso los excluía de algunos derechos laborales existentes como el descanso dominical y la jornada de ocho horas diarias.

Hasta el 13 de marzo de 2013, cuando el Congreso Nacional sancionó el nuevo Régimen de Trabajo para Personal de Casas Particulares, el trabajo doméstico estuvo regulado por un decreto de 1956, firmado por el presidente de facto Pedro Aramburu. “El decreto era extremadamente discriminatorio para las empleadas. Las condiciones de trabajo estaban muy por debajo de las condiciones mínimas para el resto de los asalariados. Hasta permitía el trabajo infantil”, remarca Tizziani.

El decreto excluía a las empleadas domésticas del marco general de las leyes de trabajo y limitaba sus derechos. No contemplaba asignaciones familiares, seguro de desempleo, remuneración por horas extras, licencia por maternidad ni protección frente al despido. Permitía una jornada de trabajo de hasta 72 horas por semana para las empleadas que vivían en el domicilio del empleador, 24 horas más que las jornadas de cualquier otro trabajador. También los dejó afuera de las negociaciones colectivas, algo que desalentó la agremiación.

“La nueva ley vino a saldar viejas deudas en tanto equipara los derechos de las empleadas domésticas con los de cualquier otro trabajador. También es importante en cuanto a su función simbólica, la nueva ley viene a decir que las empleadas domésticas son trabajadoras como cualquier otro”, opina Tizziani.

El nuevo régimen establece una jornada máxima de ocho horas diarias y 48 semanales, un descanso nocturno mínimo de nueve horas consecutivas para las empleadas sin retiro, salario mínimo, licencias por maternidad, matrimonio, fallecimiento de familiar, por enfermedad y por examen, vacaciones pagas, indemnizaciones, aportes a la seguridad social y seguro de riesgo en el trabajo.
La nueva ley incluye a todas las trabajadoras domésticas –o trabajadores– sin importar la cantidad de horas que trabajen para el empleador –ya sea sin retiro, con retiro y único empleador y con retiro y distintos empleadores– y equipara sus derechos con los del resto de los trabajadores.

Informalidad que persiste

Pamela Nieto empezó a trabajar hace diez años, cuando tenía 25, en la casa de una familia por Liniers. Limpiaba tres veces por semana, cuatro horas cada día. En seguida, por recomendación, consiguió dos casas más por la zona. Salía de una y se iba a la otra. Llegó a trabajar hasta doce horas por día. Al principio –se acuerda Pamela– le pagaban $7,50 la hora, después $10 y, finalmente, al tercer año, consiguió cobrar $12. Siempre tuvo buena relación con las familias, aunque no le gustaba que le dejaran ropa para lavar, para ella no correspondía. También la enojaba que no le pagaran extra si se tenía que quedar más tiempo para terminar todos los encargos.

Con el tiempo fue creciendo la confianza con los dueños de casa y a Pamela cada vez le costaba más decir que no. “Lo más difícil era pedir el aumento porque ellos me decían que no les alcanzaba, que los esperara un tiempo, pero yo necesitaba la plata. Cuando faltaba porque me sentía mal tenía que recuperar las horas y las vacaciones no las cobraba”, recuerda Pamela, que desde 2010 trabaja en blanco para una empresa de limpieza y cuando puede hace alguna casa particular, fuera de su horario, para ganar unos pesos extra.

“Todavía es muy grande la reticencia al registro por parte de los empleadores. En cambio, por el lado de las trabajadoras hay mayor conocimiento de derechos, del marco normativo y de las obligaciones de los empleadores. Así y todo hay una relación muy desigual de poder entre trabajadora y empleador. Como todo queda supeditado al ámbito doméstico se lo asocia erróneamente al mundo privado y entonces parece depender más de la voluntad del empleador”, explica Gorban.

“A veces me gustaría dejar la empresa y volver a trabajar por hora porque de esa manera me podría arreglar mejor con mis horarios, estar más en casa, volver a estudiar. Pero cuando pienso en el sueldo, en tener aguinaldo, vacaciones y licencias se me hace difícil tomar la decisión”, sostiene Pamela.

RD/ah

Fuente Redacción Z
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