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Educación sexual: De qué forma aprendí lo que sé

Vera Killer recuerda cuando su madre le dio una novela erótica sin querer y su padre le aconsejó leer el Marques de Sade. El Doctor K. avisa que hay que estar preparados para hablar de sexo con los hijos.

Por Vera Killer
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9788074842696
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A mis 12 años yo era un poco torpe, demasiado alta y bastante tímida. Me pasaba la mayor parte del tiempo leyendo encerrada en mi cuarto de paredes rosas y cortinas floreadas con volados.

Mis mejores amigos eran los personajes de los libros de la Colección Robin Hood. Fui feliz con Azabache, Colmillo blanco y La isla del tesoro, pero el golpe al corazón me lo dio Mujercitas, de Louisa May Alcott.

Oh, qué romance. Fue la primera vez que una novela me hizo llorar, lágrimas y mocos que limpié con mi remera de Sarah Kay. Lo leí acostada en el piso de aquella habitación, que tenía una alfombra de pelo pinchudo y verde que me dejaba grabada su trama en la panza y los antebrazos después de cada sesión. Se me acabó demasiado rápido y me quedé desolada. Me sentía huérfana de lecturas y andaba como alma en pena.

Mi mamá, que sabía de mi amor por las novelas de época, pero casi nada de literatura, vio en una librería de usados un ejemplar con una chica de vestido y miriñaque en la tapa. Dio por sentado que me iba a encantar y me lo trajo muy contenta. Era Claudine va a la escuela, de Colette.

Me sumergí en la lectura de esa suerte de diario licencioso de una adolescente de provincia, curiosa y con nada de pudor para experimentar. No podía creer lo que mi mamá me había dado sin saber. Me aproveché y la hice conseguirme todas las novelas de Claudine, que son cinco. Para cuando las terminé ya era otra. Mis 12 años eran más sabios que antes.

Ya no quería leer “cosas para chicos” y fui a revisar la biblioteca de mi padre. Después de una tarde evaluando contratapas, encontré mi próximo amor. Justine o los infortunios de la virtud, del Marqués de Sade. Tenía que ser secreto, así que lo robaba de su estante, leía y lo volvía a guardar. Me voló el balero. Se me notaría algo, porque mi papá descubrió lo que estaba leyendo. En vez de retarme, achinó los ojos y me dijo: “Salteá las partes en las que habla de política y religión, concentrate en el resto”. O sea… el sexo. Puro y duro. Otro día hablemos de mi Edipo. Así las cosas.

Fuente Especial para Diario Z
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