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TEMAS DE LA SEMANA

Eduardo Epszteyn: «La función de un banco no es hacer y regalar edificios»

El auditor porteño afirma que la mudanza del gobierno al edificio del Banco Ciudad en Parque Patricios es lesiva para la institución financiera.

Por Juan Carlos Antón
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Ringo Bonavena decía que la experiencia es un peine que te dan cuando te quedás pelado. Yo estoy tratando de poder usar toda mi experiencia antes de quedar totalmente pelado”, dice Eduardo Epszteyn, auditor general de la Ciudad. Y lo cierto es que a Epszteyn experiencia le sobra. Empezó a militar a los 17 años, fue secretario de Medio Ambiente en el gobierno de Aníbal Ibarra, legislador, es licenciado en Economía, vivió exiliado durante la dictadura… Y ahora hace tres años que controla, desde la Auditoría General de la Ciudad, las idas y venidas del gobierno porteño. Si bien no es el único auditor –en realidad, son siete–, se considera el más activo.

Café de por medio en su Colegiales querido, este “judío no practicante” –así se define–, divorciado y de Boca, responde a Diario Z varias de las cuestiones que están dando vueltas en la Ciudad en este año que acaba de comenzar, incluida la mudanza de la sede gubernamental a Barracas.

El Banco Ciudad construyó su nueva sede y se la cedió a la jefatura de gobierno. Según usted denunció, el Banco estaría perdiendo dinero con este arreglo.

No sólo eso. Me parece que la función del banco no es estar haciendo edificios para regalárselos o entregárselo, como sede suntuosa, al ingeniero Mauricio Macri. Es verdad que el edificio es muy bonito, concebido por un arquitecto de fama mundial, como Norman Foster. Con lo que uno no acuerda es con esta metodología de hacer esta suerte de intervenciones que suben el valor de la tierra de manera abrupta, encarecen el entorno y terminan expulsando a la población que vivía ahí desde siempre.
Ya se ve un cambio importante en el barrio, con nuevos negocios y edificios, gente que vende sus casas…

Claro. Las intervenciones en urbanismo tienen cosas complementarias relacionadas con la contención de la propia población, más teniendo en cuenta la riqueza de un barrio tan tradicional como Parque Patricios. Además, el edificio en cuestión fue construido para el banco. Si ahora la jefatura de Gobierno quiere mudarse, debería haber existido una licitación; tampoco se sabe cómo se va a pagar: dicen que en efectivo o le van a entregar el Mercado del Plata. De hecho, la obra ya viene con atraso, y mientras está el atraso, el Banco Ciudad no cobra alquiler. Y ahí se han gastado, sin adicionales, más de 48 millones de pesos. Siendo optimistas, la mudanza comenzará en febrero. Esto implica para el banco una pérdida concreta, ya que se pagarán menos meses de alquiler como estaba estipulado en el acuerdo entre el banco y la Ciudad. Como son 35 millones de pesos anuales de alquiler, se estarían perdiendo entre 6 y 9 millones. Entonces uno pregunta: ¿por qué no destinar esa plata a dar créditos a las pyme o a la primera vivienda joven, por ejemplo? No es la idea de esta administración, claramente.

Otro tema con los que trabaja es la subejecución del presupuesto…
En realidad, la subejecución presupuestaria está planificada en este gobierno. No es azarosa. Es sistemática. Si uno ve uno o dos años de subejecución presupuestaria, dice, bueno, puede pasar… pero el gobierno de Macri lleva ocho años de subejecución presupuestaria; no disminuye. En realidad, lo que hace como metodología en su manejo presupuestario es crecer la deuda, que ha aumentado más de tres veces en la Ciudad. Esto le permite a Macri –o más que a él a Rodríguez Larreta, que es quien ejecuta– la construcción de un colchón financiero que siempre está entre los 2000 o 3000 millones. Ése es un dinero de libre asignación, que va pasando año tras año, de presupuesto a presupuesto y que no se ejecutó.

¿Cuáles son las áreas en las que más se subejecuta el presupuesto?
Los niveles de subejecución más altos están siempre en las áreas sociales: educación, salud, desarrollo social, y de vivienda ni hablemos… En ese tema, se combinan dos cosas: subejecución presupuestaria, por un lado, y por el otro, disminución presupuestaria. La construcción de viviendas para pobres no forma parte de los objetivos de este gobierno y mucho menos la facilitación del acceso a la vivienda de los sectores jóvenes medios. Pensar que ésta es una ciudad que tiene su población, en términos absolutos, constante desde los años cincuenta. Si bien la vivienda ha crecido, hoy en Buenos Aires hay un 25 por ciento de viviendas que están vacías. El tema se ha transformado prácticamente en una fuente de especulación financiera, un lugar donde se encuentra la posibilidad de ahorrar. Hay mucho dinero, y dinero en negro también, que se canaliza a través de fondos de inversión. El gobierno tendría que tener políticas regulatorias tanto de acceso a la vivienda como políticas para los inquilinos que tiendan a resolver la situación, en una ciudad que tiene una demanda habitacional tan grande. Sin embargo, Macri no cree que el Estado deba intervenir en esto; más bien prefiere mantenerse al margen, y favorecer la actividad y el crecimiento ilimitado de las empresas constructoras.

Otro tema recurrente son las irregularidades en la habilitación de construcciones.
Es que cuando uno viaja por el mundo y va a grandes ciudades –incluso algunas que Macri suele nombrar como ejemplo: Medellín o Curitiba–, ve que los gobiernos tienen fuertes políticas regulatorias de los intereses inmobiliarios. En Buenos Aires no existe la transformación urbana amigable con el medio ambiente, integradora de la sociedad, que tienda a disminuir los obstáculos, inclusive la política urbana como política contra la inseguridad. Si uno deja librado el desarrollo urbano al interés inmobiliario, la ciudad termina destruida. Tenemos ejemplos de eso: Palermo desapareció como barrio. Cada vez hay más zonas que van desapareciendo con la riqueza que el barrio tiene en una ciudad como la nuestra. Sería impensable en París que ocurra lo que ocurrió acá con Palermo. No es malo que haya transformación, lo que es malo es la transformación irracional sin limitación al interés inmobiliario. No hay otra: terminar con los guetos que separan los barrios cerrados de las villas para integrar o transformar el espacio público en un lugar común donde la gente interactúe; así se consiguen disminuir sensiblemente los niveles de inseguridad. Medellín ni hablemos: se trata de una ciudad que estuvo en guerra; no se podía ir de una punta a otra. Hoy, en la paz, es un ejemplo de integración. Ha construido un subte que llega hasta la montaña, donde estaba la base social del narcotráfico, ha construido un cablecarril, a través del cual ahora gente que antes no conocía el centro de la ciudad en una hora y media está en el centro. Esto acompañado por intervenciones urbanas: bibliotecas, escuelas, jardines…

Acá se demora la urbanización de las villas.
No forma parte de la mirada de este gobierno. No hay una mirada o visión de la ciudad, que Macri diga: “Vamos a una ciudad del conocimiento”, qué tipo de perfil productivo queremos para esta ciudad. Eso no existe.

La oposición suele decir que hay mucho maquillaje y que en contenido no se hace mucho.
Es todo marketing político.

¿Y el Metrobús?
Uno ve cómo funciona el Metrobús afuera y lo ve acá, y no se puede creer. Hay que ver lo que hicieron en Pompeya o el Metrobús de Cabildo, donde están tirando abajo un bulevar que construyeron hace dos años. Es verdad que el Metrobús disminuyó el tiempo de viaje en las avenidas 9 de Julio y Juan B. Justo. Y eso le ha mejorado la vida a mucha gente. Pero faltan muchísimas cosas. Por ejemplo, la Ciudad ha renunciado a regular las líneas de colectivos que empiezan y terminan dentro del distrito. Macri tiene la excusa de decir que no regula el transporte y lo tiene que hacer la Comisión Nacional. De eso tendría que hacerse cargo y ordenarlo. Por otro lado, un Metrobús de verdad se hace con convenios de colaboración con áreas metropolitanas. ¿Qué hacemos con los dos millones y pico de personas que entran a la Ciudad todos los días?

¿Tiene un candidato para el Gobierno de la Ciudad?
A mí me gusta Juan Cabandié. ¿Por qué? Yo creo que nuestro espacio político tiene que agradecerle a Daniel Filmus haber sido un dirigente que consiguió buenos resultados electorales y aún hoy sigue teniendo vigencia, pero me parece que ya es hora de proponer un recambio generacional. En general, me gusta Cabandié como expresión de una nueva generación. Por su historia personal y por lo que representa. Nosotros tenemos ese gran desafío. Yo tengo 59 años. Fui militante desde muy chiquito: empecé a los 17. Estuve seis años exiliado. Nunca hubiera soñado las transformaciones que el kirchnerismo generó. Si me decías hace siete años que todas estas transformaciones iban a ocurrir en la Argentina, te decía que estabas loco. Era el sueño de una noche de verano para nosotros. Hoy con todas esas transformaciones hechas realidad, nuestra obligación con la vida, digamos, es darles el lugar a los chicos, que crezcan, que les vaya bien y aportarles todo lo que nosotros, bueno o malo, hicimos. Probablemente nosotros cometimos miles de errores a lo largo de nuestras vidas, como todos, pero uno honestamente cree que aprendió algunas cosas. Aparte le tengo un aprecio personal por lo que él representa.

El año pasado estuvo a punto de volver a ser legislador en reemplazo de Susana Rinaldi. ¿Por qué no aceptó?     
Primero, a mí me gusta terminar lo que empiezo. El plazo como auditor es cuatro años y me queda uno. Segundo, creo que el trabajo que hicimos en la Auditoría fue bueno y es un camino hacia adelante. Cambiamos el lugar de la auditoría. El que venga en el próximo colegio tiene un piso de relación con la sociedad diferente: antes nadie quería ser auditor; hoy es un lugar político importante. Además, ir a una legislatura que ya estaba constituida y viene funcionando, aparte perdiendo un lugar en la auditoría que había que sustituirme, quedábamos en manos del PRO. Estábamos debilitando el lugar de control que tiene un rol muy importante. Todo eso lo evaluamos. Fue una decisión colectiva, no personal. Había muchos compañeros que me decían: “Volvé a la Legislatura”; otros: “Quedate”.

¿Y usted, personalmente, qué quería?
No voy a decir que me daba igual. Repito, me gusta terminar lo que empiezo. Yo quería terminar como auditor. Y cuando termine esa etapa, que es ahora, ver si vuelvo a presentarme para ser auditor, o decido continuar mi carrera política en otra cosa, o si decido, no digo retirarme, pero descansar un poco.

Es joven todavía.
Pero también es una posibilidad. Uno a los 59 años tiene una mirada de las cosas, trata de no perder la dimensión humana. En estos trabajos uno entrega la vida. De 8 de la mañana a cualquier hora de la noche. Quizá sea momento de descansar.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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