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Pipa Club: Echar humo en alegre montón

Un espacio donde se encuentran iniciados y novatos en el arte de apreciar las sutilezas del tabaco. 

Por Gustavo Slep
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Martes a la tarde. Avenida Córdoba al 800. Microcentro porteño. En la calle, la gente se apura a volver a sus casas. Corren, se empujan. Todo es veloz. A mitad de cuadra, una puerta se abre y dibuja un pasadizo a otro tiempo. El ritmo se ralentiza. Una suave tela de humo empaña el ambiente. Invita a entrar y a descubrir un mundo de misterio y bullicio. Un aroma embriagador impregna el espacio. Se escuchan risas y conversaciones animadas. Adentro hay una decena de personas. Son efusivas. Son amigas. Pero, sobre todo, son fumadoras de pipa. Y son parte de un club muy especial: el Pipa Club Buenos Aires, un espacio de encuentro para los amantes de un arte que acompañó las investigaciones de Sherlock Holmes, y que cultivaron personalidades como Albert Einstein, Vincent Van Gogh y hasta Ernesto Che Guevara.
El Pipa Club se fundó a fines de 2000 para disfrutar y aprender acerca del mundo que rodea a las pipas en un clima distendido y de amistad. “Cualquiera puede venir al club. Al rato ya nos hacemos amigos. Y no hablamos sólo de pipas. Es un lugar social. Hay gente que se olvida la pipa y le prestamos una. Y al tiempo ya nos conocen en las casas, en las familias”, se entusiasma Nicolás Tambornino, presidente del club.
Los primeros acercamientos a la pipa requieren de un guía para llegar a buen puerto. “Para empezar a fumar en pipa, lo mejor es que te enseñe o te inicie alguien: tu papá, tu abuelo, un amigo. Porque al principio es difícil fumar en pipa y uno se puede frustrar mucho. Entonces conviene que te inicien. Por eso, acá en el Pipa Club cualquiera puede venir y le damos lecciones gratis”, comenta Tambornino.
La elección de la pipa es clave. “Hay grandes, chicas, rectas, curvas. La pipa es una obra de arte. Es un objeto que te empieza a gustar para coleccionar”, señala Tambornino. “A mí me gustan más las curvas, sobre todo, por la belleza que tienen”, señala Jorge Rodríguez, quien no descarta las rectas, que son especiales para la lectura, ya que gracias a su forma el humo no se interpone entre el libro y los ojos. “Fumar pipa es una arte”, se apasiona Rodríguez. Cada fumador de pipa o pipero atesora más de un centenar de pipas, como si fuera un harén del cual elige en cada ocasión la pieza más apropiada para entregarse a la ceremonia. Los piperos muestran orgullosos sus pipas. Opinan sobre las cualidades del brezo, la materia prima con las que se construyen las pipas más valoradas. Comparten anécdotas, datos, secretos. Durante el encuentro, uno abre un voluminosos estuche y deja a la vista una majestuosa pipa con una cara tallada sobre espuma de mar o sepiolita, un mineral proveniente de Turquía que permite apreciar las sutilezas de cada tabaco.
Otro punto es el tabaco. “Hay millones de marcas y hay que ir probando. Básicamente, hay tres grupos: los aromáticos, los neutros y el tabaco estilo inglés o latakiado. Uno va probando cuál le gusta. Y además hay cientos de marcas dentro de cada categoría”, señala Tambornino. Los gustos se ajustan a cada paladar. Algunos arman su propio blend, mezclando distintos tipos de tabaco. Para no perderse en la marea de variedades, el club cuenta con una surtida tabacoteca, a cargo de Alfredo Villapol, quien le brinda a cada socio una muestra de cada tabaco para que pruebe y decida. Villapol es un experto en el arte de la pipa, que enseña a los novatos los secretos de este arte, y a los ya iniciados les transmite sus conocimientos para que fumar pipa sea una experiencia memorable. En esta ocasión, Villapol saca de su bolso una latita y la exhibe como un tesoro: es un tabaco de 1970, que convida para catar. A pesar de lo añejo, el tabaco conserva sus virtudes. “Los tabacos están envasados al vacío y mantienen perfectamente sus cualidades”, explica Rodríguez.
Los expertos compiten en un torneo de fumada lenta de pipa, en el que todos los participantes disponen de la misma cantidad de tabaco y encienden su pipa al mismo tiempo. El ganador es, paradójicamente, el que termina último, es decir, el que más tiempo logra tener encendida la pipa.
El encuentro llega a su fin. Las pipas siguen encendidas. En el ambiente persiste la sensación de relax, amistad, bienestar, camaradería. Todos se despiden satisfechos. “Lo único que importa cuando fumamos pipa, es sentir placer”, concluye Tambornino.

Fuente Redacción Z
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