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Discapacitados emocionales: Nunca vuelvas adonde fuiste feliz

www.DiscapacitadosEmocionales.com

Por Nicolás Zabo Zamorano
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Odio los colectivos. Pero mucho, eh. Todos creen que los odio porque soy un burgués encubierto que tiene que moverse en taxi la mayor parte del tiempo. De última, si hablamos de transportes abarrotados de gente prefiero mil veces el subte porque todo su recorrido es bajo tierra y oscuro, como corresponde. El problema es que no siempre hay una estación cerca ni tampoco todos me llevan al lugar donde quiero llegar. Por eso tomo taxis. Pero especialmente: porque odio los colectivos.
No odio a la gente que viaja en colectivo; no odio al colectivero; no odio a las forras que se niegan a abrir la ventanilla cuando hace cuarenta grados para no despeinarse; no odio a los que no entienden que para algo se inventaron los auriculares; no odio que cada vez que tengo el orto de conseguir un asiento justo suben 15 embarazadas, 7 discapacitados y 4 viejitos que si los soplás se desarman. No, no odio todo eso. Odio a los colectivos porque tienen un único recorrido.
Todos tenemos algún bondi que cuando nos lo nombran no podemos evitar pensar «ése era el que me llevaba a su casa», o al menos «ése era el que nos tomábamos para ir a (inserte aquí un lugar que se recuerde con nostalgia)». Es inevitable que una línea de colectivo se vuelva parte importante en nuestra historia si no tenemos auto. Es lo que nos conecta. El problema es que yo tuve más historias amorosas que Marcela Kloosterboer y de cada recorrido puedo hacer una novela.
Los colectivos que tienen parada cerca de mi casa ya están quemados por alguna malvada ex pareja. Cada viaje que hago en alguno de ellos termina convirtiéndose en un recorrido por una ciudad abandonada, triste y oscura. El aire se impregna de nostalgia. No podemos evitar pensar que en todos estos lugares alguna vez fuimos felices.
La cosa se pone peor cuando tomamos alguno de esos colectivos con compañía. Inmediatamente nos transformamos en una especie de guía turístico del horror y comenzamos a hace comentarios como «¡Mirá! ¡Acá nos peleamos! Y en esa esquina nos reconciliamos. Ah, no, pará. Fue en ésta, en aquélla seguíamos discutiendo». Nos convencemos de que al otro le puede llegar a importar el hecho de que éramos tan imbéciles que sólo discutíamos en lugares abiertos para poder abandonar la conversación cuando quisiéramos o cualquier otro detalle pelotudo de aquella historia, pero no: a nadie le importa. De todas maneras fingimos que nos están prestando atención y seguimos contando historias durante todo el recorrido de nuestro Temaiken del desamor.
Trato de no volver a los lugares donde alguna vez fui feliz, por eso. No porque crea que no vaya a volver a serlo sino porque me obligan a pensar cómo pudimos haber hecho tan mal las cosas para que yo ahora prefiera gastar un dineral para evitar pasar por alguna de las esquinas que significan tanto para nosotros.
Ahora ya saben por qué odio los colectivos.

DZ/LR

 

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