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Discapacitados emocionales: Enes

www.DiscapacitadosEmocionales.com

Por Nicolás Zabo Zamorano
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zabo_ilustracion_brunancio Día de furia. Ulustración de @brunancio.

El problema de salir con alguien que tiene problemas para dormir es que tenés que volverte un ninja para levantarte en el medio de la noche si querés ir al baño. La parte más complicada es desengancharte de esa cucharita que te cortó toda la circulación del brazo izquierdo, pero una vez superado ese temita sólo queda rodar lentamente hasta el borde de la cama y tirarse al suelo. Parece estúpido, pero no lo es: sentarse en ese colchón berreta haría demasiado ruido y convertiría la otra punta de la cama en la parte alta de un sube y baja. Ya estamos cancheros y nos acostumbramos a dormir con medias para que el pie no haga ruido quedándose pegado en el suelo. También tenemos recontrasabido qué partes del parquet están un poco levantadas así evitamos pisarlas y que crujan como película de terror pochoclera.
La otra persona no tiene ni idea del respeto que tenemos por sus horas de sueño ni del ritual al que nos sometemos para que no tenga que despertarse y sufrir el resto de la noche porque no puede volver a dormirse. Ni siquiera sospecha que le dijimos que tenemos claustrofobia para que deje la puerta abierta y así evitar otro sonido que podría desatar lo peor.
Una vez fuera del cuarto, el gato nos mira con cara de «voy a maullar para cagarte la vida porque soy un gato y la naturaleza me hizo así de guacho», pero por alguna razón se apiada de nosotros, nos olfatea las piernas y sigue su camino. La mañana siguiente le pondremos un poco más de comida en el tazón para agradecerle.
Llegamos al baño. Prender la luz en el medio de la oscuridad es tan doloroso como sacarse una curita de una zona con pelo, así que lo hacemos rápido para no estirar el mal momento. Apuntamos al piso con los ojos chinos hasta que podemos levantar la mirada y reincorporarnos. Al frente: el espejo.
A todos nos pasó alguna vez esa pavada de vernos en el espejo y sentir que no nos reconocemos. Nosotros, los discapacitados emocionales, estamos acostumbrados a que no nos guste la imagen que nos devuelve el reflejo. ¿Pero qué pasa cuando lo que vemos es una persona feliz? ¿Cuando vemos una sonrisa que parece prestada? ¿Cuando vemos un gesto agradable totalmente diferente a ese ceño fruncido constante?
Lo primero que uno piensa es «¡Por el amor de Thom Yorke! ¡¿Qué nos hicieron?!». Es como si una cirugía estética emocional nos hubiese quitado todo lo que indicaba que éramos profundamente infelices. Como si nos hubieran rejuvenecido sacándonos cinco años de relaciones de mierda de la cara. Antes creíamos que estábamos bien y que éramos buenos ocultándolo para que la otra persona no se la creyera demasiado, pero ahora descubrimos que no, que esto es estar bien. ¿Y cómo podemos estar tan seguros? Simple: porque es imposible ocultarlo. La cara nos delata.
Volvemos al cuarto y saltamos de cabeza sobre el colchón. Nos va a odiar, pero queremos contarle sobre nuestro nuevo descubrimiento: los cambios pueden ser copados. Yo, por ejemplo, me recibí de ninja.

DZ/LR
 

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