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TEMAS DE LA SEMANA

Dino Saluzzi: Músico con geografía

Ser uno de los grandes bandoneonistas del mundo no lo aleja de su impronta norteña.

Por Diego Oscar Ramos
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Así como pasa en su música, hay que saber escuchar el discurso de Dino Saluzzi, uno de los bandoneonistas más respetados del mundo, con una carrera de más de cuatro décadas, más de 30 discos y trabajos históricos con músicos como Charlie Haden, Wolfgang Dauner o Al Di Meola. No es que su hablar sea hermético, pero puede lanzarse a recorridos filosóficos o espirituales profundos sin preámbulos que avisen el destino de las palabras. Y quien haya oído trabajos como «El encuentro», grabado en 2009 en ´Ámsterdam y presentado el mes pasado en Buenos Aires junto a la Orquesta Sinfónica Nacional, comprenderá que su aporte está justamente en conducir a los oyentes hacia regiones intensas de la sensibilidad. «En la música dejamos la concreción de algo que soñamos, uno percibe cosas que después se muestran de una manera diferente y sin ese juego todo sería chato, sin atractivo», comenta este hombre nacido en Campo Santo, Salta. Y agrega que la música es algo muy serio, que se maneja con exactitudes técnicas tanto como con sutilezas del ánimo. «Es necesario no olvidar que las ciencias del corazón son necesarias en la vida, que la música aporta el ejercicio de prepararse para la armonía y la fraternidad», dice Saluzzi y completa: «La música produce diferentes efectos en las personas y siempre componemos pensando en el otro, no en la Mesopotamia».
El compositor sonríe, como jugando con las paradojas, dirá que las creaciones musicales siempre deben contener una pertenencia clara a una región, la identidad que da la tierra. «Si carece de geografía, la música sería un entrevero de cosas, un reduccionismo extraño, porque la referencia a un lugar puede convertirse en algo espiritual», expresa. «No hay que transformar lo que no se debe transformar, porque si a un carnavalito le ponés acordes extraños lo sacás de su geografía y eso es ignorar todo».
Obras de corte sinfónico como «Vals de los días» son la prueba de la aplicación de este ideario ético. Ya sea en nuestro país o en alguna ciudad del mundo donde su obra haya tenido hasta hoy mayor difusión que en su tierra, Saluzzi mostrará siempre la relación intensa que tiene con su instrumento: «En el bandoneón el aire que entra es de afuera, tiene humo, humedad, con el fuelle aspiramos el aire de los otros y lo devolvemos transformado». En este intercambio múltiple, le parece que el instrumento no debe ser constreñido a ningún género y menos todavía convertirlo en herramienta de competencia técnica: «Me resisto a pensar que hemos nacido para batallar, miro los jardines, la luna. Y siento que hemos venido para gozar la vida».

DZ/LR

 

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