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Diccionario de juguetes argentinos

Una obra que remite a la infancia y se extiende a los territorios que nunca olvidamos.

Por ana-von-rebeur
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Un diccionario a todo color reúne la historia del juguete argentino de 1880 a 1965 con una punzante mirada de crítica social al rescate de lo olvidado, en un material tan valioso para coleccionistas como para legos nostálgicos y curiosos.

Una rara combinación de perseverancia, obsesión y necesidad hizo que se unieran los destinos del coleccionista de juguetes y editor Juan Olcese y de la docente e investigadora Daniela Pelegrinelli, y que ambos formen equipo para crear el tan minucioso como sorprendente Diccionario de juguetes argentinos, ejemplar fundacional de Editorial El Juguete Ilustrado (308 páginas,-www.diccionariojuguetes.com.ar), apostando fuerte con una tirada de 2.000 ejemplares a un costo de $140 en una edición de lujo. Con una gráfica impecable y casi 400 imágenes a color de juguetes del pasado y sus publicidades, este libro reúne toda la información acerca de la industria del juguete en nuestro país desde 1880 hasta 1965.

La idea nació cuando la licenciada Daniela Pelegrinelli escribió su trabajo final de la materia Historia de la Educación Argentina (Carrera de Ciencias de la Educación, UBA), en el que habló del reparto de juguetes durante el peronismo. La Fundación Eva Perón hizo que durante ocho años se distribuyeran tres millones de juguetes por todo el país a unos 4,5 millones de argentinitos. «Lo inédito fue que se considerara la infancia como objeto político», dice la autora. Tal demanda, sumada a una restricción en las importaciones, hizo que en los 40 el país tuviera unas 250 fábricas de juguetes. Hoy son 80. El libro narra la historia de cada taller de juguetes hasta 1965, y abunda en relatos de vida como la de los Chillida, que dejaron el circo para hacer muñecas y luego retomaron la vida circense.

Instruida en un principio por el restaurador de muñecas Antonio Caro, Pelegrinelli compiló todo acerca de la industria, coleccionismo y restauración de juguetes entrevistando a los fabricantes y sus descendientes. «Los juguetes no son inocentes -afirma-. La cultura los moldea según costumbres, modos de pensar y de trabajar. Incluso hubo juguetes racistas: muñecas negras vestidas de mucama.» También destaca el aporte de los inmigrantes en la industria: los italianos hacían bolitas de vidrio, los españoles juguetes de madera y los alemanes de hojalata. La minuciosidad de la investigación cuenta, por ejemplo, que los Laboratorios Otto de Juncal 1648 hacían ojos para muñecas, prótesis humanas, animales embalsamados, ositos de peluche, muñecos de ventrílocuos e imágenes religiosas con idéntica técnica.

Entrevistando a la autora, ella nos cuenta que al libro lo comenzó en 1997 y le llevó cinco años terminarlo: «Me esmeré mucho para poder transmitir ese cruce entre los aspectos generales, sociales, culturales, económicos y educativos del juguete. También poner en juego el absurdo de muchos eslóganes, el despliegue de costumbres cotidianas y concepciones sobre la buena crianza, entre otras cosas». El Diccionario incluye algunos juguetes posteriores a 1965, como los Rasti, la Wanora, el Ludomatic y el récord de ventas que fue el Topo Gigio.

Cuando se le pregunta si los mensajes de sus lectores no dan para un libro con los recuerdos que tiene la gente de los juguetes mencionados, responde: «La nostalgia puede ayudar a introducirse en un determinado tema, pero no me interesa en sí misma. No se trata de valorar el pasado en el sentido de que ‘siempre fue mejor’ o ‘antes era mejor’, considero que ésa es una mirada un tanto conservadora de la infancia y que implica necesariamente la desestimación de la cultura infantil actual y -lo que me parece más grave- de los niños tal como son en un mundo que los adultos hacemos, no ellos. Esa costumbre bastante extendida de criticar a los chicos como si ellos decidieran el mundo en que les toca vivir me parece una postura de los adultos por lo menos mezquina, y en general suele estar disfrazada de buenas intenciones que no hacen más que decir ‘lo nuestro sí era bueno, lo que les gusta a ustedes, en cambio, es malo’. De modo que si los recuerdos se tratan en un registro que idealiza el pasado y lo tiñe de una falsa inocencia o falsa felicidad, no me resulta un punto de vista atractivo. Hay algo de la construcción de una memoria colectiva, unos recuerdos compartidos o construidos colectivamente, que sí me parece una perspectiva más interesante, que es lo que refleja el libro».

Uno puede pensar que el éxito de este libro se debe a dos cosas caras al ser argentino: remite a la argentinidad misma y a la nostalgia por los dorados años de la infancia. Sin embargo, nada más lejos que esa intención de parte de autora y editor. Ambos coinciden en que el juguete es casi sospechoso, siempre teñido de mandatos sociales impuestos por una sociedad que se empeña en domar a la infancia para sacarla de su ocio creativo y meterla de cabeza en el mundo de los adultos frustrados. Quizás por eso es que el editor se niega a mencionar un juguete favorito («¡Qué pregunta tan clásica y repetida!») y la autora, desde su blog (http://dantoyland.blogspot.com ), zafa con ironía contando que si tuviera que pedir un regalo, le pediría a los Reyes que le trajeran un Mike Amigorena, «un juguete interactivo de posibilidades casi infinitas, variado, instructivo, políglota. (…) Luego, no es varón ni mujer… Mike logra lo que parecía imposible: estar más allá de Barbie. (…) Mike Amigorena es mi juguete favorito porque es a la vez uno y muchos juguetes».

Habrá que ver si Mattel recoge la idea y el actor más rebelde de la escena se vuelve masivo, pequeño y de plástico articulado, una versión de Ken bastante más versátil. Y nacional.

 

Fuente Redacción Z
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