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Diario Z en el Dakar: la emoción de llegar a Baradero

Finalizó la edición 2011 del Rally Dakar.

Por leandro-balasini-enviado-especial
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Era el momento esperado por todos. El sol, compañero fiel de todos los competidores en los más de 9000 km recorridos en este Rally Dakar, no podía estar ausente en la escena final. Si bien la última etapa hacía predecir un día sin sorpresas, la algarabía explotó cuando los pilotos cruzaron la línea de llegada. El autódromo de Baradero fue testigo del llanto, los gritos y las sonrisas que denotaba la angustia contenida de cada equipo. Para unos pocos, significó el momento de la consagración; para la gran mayoría, la satisfacción por no haber claudicado y la sensación, interna, de haber superado la aventura más difícil del mundo.

Desde el mediodía, la ciudad que cobijó el final del Rally se revolucionó esperando la llegada de los protagonistas, para quienes, el desierto chileno y las dunas de Fiambalá, ya eran sólo un recuerdo. Por las lluvias de las últimas noches, la carrera se retrasó y los fanáticos tuvieron que esperar más de la cuenta, pero, sobre todo los que pudieron tener acceso al arribo de los competidores, presenciaron un momento único e irrepetible.

El primero en llegar fue el catalán, Mar Coma, ganador en la categoría de motos. Bajó de su KTM, y corrió a abrazarse con su equipo. Lo aguardaban cientos de periodistas y los organizadores, preocupados para que, en breve minutos, partiera para completar el enlace final. Como en los vivac, Coma fue uno de los hombres más requeridos y así lo entendió: se sacó fotos, firmó autógrafos y atendió a la prensa. Unos minutos después, apareció Cyril Despres, con una amabilidad que sorprendió. Fue el primero que se acercó al público y charló con ellos. A medida que iban llegando, los motociclistas se saludaban y felicitaban mutuamente, mientras bebían, con desesperación, agua mineral o latas energizantes. Las novias de muchos de ellos se mezclaban con los fanáticos que estaban del otro lado de las vallas de contención y soportaban, estoicamente, los treinta grados de temperatura. Sereno, Javier Pizzolito, el mejor argentino sobre las dos ruedas, reconocía a su llegada que este 15 de enero «como uno de los días más felices de mi vida».

Se gritaba por todos, sin distinción. Pero la pregunta se repetía: «¿Cuándo viene Patronelli?». «Está a media hora», respondían los chicos que acompañaron a Alejandro durante toda la travesía. Nerviosos, sólo hablaban entre ellos y con Marcos, consagrado en 2010 y presente en todos los tramos, a pesar de haber abandonado en la tercera etapa. Se oyó el ruido de un cuatri. Era Jorge Santamarina, de gran actuación y ganador de la última etapa que unió Córdoba con la provincia de Buenos Aires. A esa altura, la expectativa era total. De repente, el público empezó a cantar y a delirar: había llegado el nuevo campeón. Flanqueado por su equipo («mis amigos», luego los presentaría en sociedad), Alejandro se largó a llorar. Todos se arrojaron sobre él, todavía arriba del cuatri. Levantó las manos, se tocó la cabeza, lloró. Cuando pudo hablar, dijo que se lo dedicaba «especialmente a mi viejo y a Marcos» y recordó que «sólo quería llegar a Buenos Aires». Marcos, insistía en que «ale es el cerebro de todo esto. Se merecía algo así». Por su parte, Pipo, uno de los mecánicos, acariciaba la máquina: «Nadie habla de vos», bromeaba. Al parecer lo escucharon, porque segundos más tarde, todos con la remera azul de Yamaha, se arrodillaron ante el cuatriciclo y le rindieron homenaje con sus cabezas apoyadas sobre el asiento. Las cámaras y los flashes se olvidaron del resto. Hasta Depres se acercó a saludar y se permitió darle un consejo al ganador: «Lo más difícil es conseguir el primer Dakar. El resto viene en cadena».Y chicaneó: «Ahora los hermanos van a ser rivales».

Mientras la seguridad retiraba al hombre de Las Flores, se podía observar la llegada de la primera mujer, la holandesa Mirjan Pol. De repente, el rugir de los motores se hizo más intenso. A toda velocidad apareció el auto número 300. Era Carlos Sainz. Con el rostro adusto de siempre, «El Matador» atendió a la prensa y se quedó a un costado, con la frustración de no haber logrado el primer lugar. En ese momento, la euforia se apoderó nuevamente del autódromo. El príncipe Nasser Al Attiyah, a bordo de Volkswagen, hizo su entrada triunfal. El nuevo ídolo, fue recibido al grito de «olé, olé, olé, Nasser, Nasser». Asombroso. El qatarí, junto a su navegante, se subió al techo del auto y revoleó guantes y zapatillas. Sonreía más que nunca. Alzaba las manos como un boxeador (el parecido físico hace recordar al ex pugilista, «showman», Naseem Hamed) que consigue su corona. En un gesto para destacar, Sainz, compañero de equipo, lo felicitó delante de todos. Pero lejos de la espectacularidad de los grandes y fastuosos equipos, uno de los momentos más emotivos fue el recibimiento hacia los locales, Juan Manuel Silva y Emiliano Spataro. Ambos, experimentados corredores de TC, coincidieron en afirmar que, tras lo vivido a bordo de sus buggys, «se recibieron de deportistas».

Faltaban sólo los camiones. Se gritó más por esos imponentes vehículos que por el ruso Vladimir Chagin, siete veces campeón del Rally de raid.

Los competidores fueron dejando la última etapa y tomaban Antártida Argentina para después empalmar con la ruta 9, que los llevaría hacia La Rural, el destino final. Antes de subir al motorhome para hacer nuestros últimos kilómetros, por esa misma calle, repleta de vecinos con cámaras y banderas argentinas, estaba el motociclista Pablo Busin, quien, entre lágrimas, contó: «Se siente el pecho abierto. Estoy orgulloso de haber terminado el Dakar. Nadie sabe todo lo que luché para lograrlo. Soy pura emoción».

«Esto es Dakar», fue una de las frases que más se escucharon en los campamentos. En Baradero, con los notables que lograron el podio, los «gladiadores» que dieron la vuelta y el recuerdo invalorable de los que se quedaron a mitad de camino, aquella premisa quedó justificada.

DZ/km

 

Fuente Redacción Z
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