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Diario Z en el Dakar: el abrazo latinoamericano

Por Leandro Balasini, enviado especial.

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Cuando uno recorre los vivac, campamentos donde llegan los distintos vehículos luego de los tramos de competencia, se enfrenta a las más variadas historias. Por supuesto, la mayor repercusión la tienen pilotos reconocidos a nivel mundial como son Carlos Sainz, Vladimir Chagin, Stephan Peterhansel o los mismos Marcos y Alejandro Patronelli. Sin embargo, hay otras que no tienen la fuerza mediática de aquellas, pero merecen ser contadas. Porque ante la presión que impone cada equipo para que sus corredores ganen o al menos completen todas las etapas, ante la cantidad sideral de que aportan los sponsors (lo cual termina siendo altamente redituable), el Rally Dakar también muestra su costado humano, aunque para los protagonistas esa solidaridad no será más que «latinoamericana».

El chileno Andrés Benavente puede dar fe de esto. Sentado en el comedor del campamento montado en Perico, una ciudad ubicada a veinticinco km de San Salvador de Jujuy, el motoclista trasandino habla con Diario Z y, casi de imprevisto, sorprende con sus palabras: «Necesito contar lo que me pasó porque todos los argentinos tienen que estar orgullosos del compatriota que tienen». Para Benavente, su primera experiencia en el Dakar («accidentado Dakar», corregirá) quedará marcada a fuego en su vida. No por los magros resultados, sino por todo lo vivido. Apenas pudo cumplir con los tramos de la ciudad entrerriana de Victoria a Córdoba y de allí hasta San Miguel de Tucumán. Sólo dos etapas. A priori, muy poco para tamaña preparación. Pero lo que no podrá negar es que fueron horas muy intensas.

En el primer día le tocó asistir al argentino Ademar Heguiabehere, quien sufrió un duro accidente que al día de hoy, todavía, lo tiene en terapia intensiva en el hospital de Córdoba. «Me encontré con una persona caída dentro de un campo de soja, al costado del trazado. Era una curva muy complicada. Me acerqué y me di cuenta que estaba inconciente. Corroboré si tenía pulso y, como no veía nada, me saqué las antiparras y se las puse frente a su boca y nariz. Una vez que se empañaron, me comuniqué directamente con París», detalla el chileno. En pocos minutos, apareció el helicóptero y la policía. «Las fuerzas de seguridad agitaban las manos para que los vehículos disminuyeran la velocidad. Pero como estamos acostumbrados a que la gente te salude, nadie se imaginó que estábamos pidiendo otra cosa», recuerda Benavente. Luego de ese incidente, logró terminar la primera etapa. Así, había empezado su primera experiencia en la competencia más difícil del mundo. En el segundo día, su suerte no iba a cambiar demasiado.

«Recién había salido de la especial, cuando la moto empezó a fallar y en un segundo no anduvo más. Frené en una parte muy angosta del camino. Desarme completamente la máquina y me di cuenta que no tenia chispa. Saqué todos los fusibles pero no respondió. Estuve cuatro horas parado. Todos pasaban y nadie me ayudaba. Muchos europeos siguen a toda velocidad y ni te miran» confiesa el chileno y agrega: «De repente, pasa una moto y el tipo se para y me pregunta qué me había pasado. Le cuento y me dice que la remolquemos». La persona a la que hace referencia es el argentino Eduardo Copello, del equipo AGO-MD. «Como yo había usado mi cinta de remolque el día anterior para afirmar a la camilla al accidentado, con nuestras pinzas cortamos el alambrado, amarramos las dos motos con alambres de púas y empezamos a tirar», describe el oriundo de Santiago de Chile. Pasaron momentos de zozobra, sobre todo cuando tuvieron el Kamaz de Chagin a «medio metro» de distancia. Luego, según explica, la situación se complicó más de la cuenta porque cruzaron por agua y barro, aunque allí tuvieron otro aliado incondicional: el público. «La gente nos ayudó a empujar. Fue notable», señala este hombre de 45 años, casado y padre de tres niños, que logró el financiamiento para llegar al Dakar gracias a la colaboración de sus amigos. De hecho, su moto lleva el nombre de ellos y mensajes que sus hijos escribieron antes de partir.

Finalmente pudieron completar los 200 km que los separaban de San Miguel de Tucumán. Como ya era muy tarde, no pudieron hablar de lo vivido en la ruta. Por ese motivo, Benavente hizo lo imposible para llegar a Jujuy. «Vine hasta aquí sólo para darle un abrazo a un hermano latinoamericano», confiesa con emoción. La calurosa tarde jujeña es testigo del encuentro y del abrazo interminable entre dos latinoamericanos. Más unidos que nunca ante la adversidad. «El año pasado me tocó vivir lo mismo y nadie me dio una mano. No quise reproducir la falta de solidaridad de otros corredores», afirma Copello, recién llegado al campamento. «El Dakar aflora lo mejor y lo peor de cada uno. Esto es lo mejor que me pasó durante la pequeña estadía. Nunca conocí a alguien así», sentencia el chileno. Se saludan y cada uno sigue su camino, aunque ya su vida, por el Dakar, se ha cruzado para siempre.

DZ/km

Fuente Redacción Z
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