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TEMAS DE LA SEMANA

Día de la mujer: la vida de las porteñas

Las mujeres son mayoría en la población y en la universidad, pero tienen los empleos más precarios.

Por olga-vigleica
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Son hijas de una Ciudad construida por arribos, despedidas, migracio­nes. Por eso no es la partida de nacimiento lo úni­co que otorga la ciudadanía en la Reina del Plata. Son porteñas, también, porque trabajan, sueñan, luchan, celebran y sufren bajo el cielo de esta Ciudad. O, como definió un personaje de Cien años de soledad respecto de Macondo, son porteñas porque acá parieron a sus hijos o enterraron a sus muertos. Y no hace falta más.

La marca se verifica en el ori­gen: la primera mujer con domi­cilio en Buenos Aires fue, claro, una migrante: Ana Díaz. Lle­gó -como tantas lo harían des­pués- desde Asunción del Pa­raguay, cuando Juan de Garay prometió que entregaría tierras a quienes lo acompañaran a la segunda fundación de Buenos Aires, en el invierno de 1580.

De esa aldea mínima con una única mujer, hoy las porte­ñas son poco más que la mitad de la población: el 53,8% de los 2.891.082 habitantes que contó el Censo 2010. Son legisladoras, escritoras, científicas, juezas, ar tistas plásticas, empleadas de call centers, periodistas, verduleras, empresarias, costureras, actrices, docentes, médicas, ar­tesanas, rockeras, empleadas domésticas.

Siempre dan el presente (y a veces encabezan) en las luchas estudiantiles, por la vivienda, en defensa de la salud y la educación, por el salario. Pero son más bien pocas las que dirigen los partidos políticos y los movimientos sociales. El techo de cristal opera en todas partes.

Ese protagonismo, en el te­rreno electoral pocas veces logró superar el límite estricto al que obliga la ley del cupo. Aun­que Buenos Aires fue el pri­mer distrito que estableció -en 1996- la obligatoriedad de que cada tres candidatos a legisla­dores uno debe ser de distinto sexo, en la Legislatura actual esa proporción se logra raspando, con 39 hombres y 21 mujeres. Cuando la ley no obliga, las mu­jeres se esfuman. Por ejemplo, en el ejecutivo porteño, donde ocupan uno solo de los diez ministerios (10%) y ninguna de las cuatro secretarías que depen­den del jefe de Gobierno (0%). Hay mujeres sólo en tres de las 27 subsecretarías (10,30%) y en 23 de las 127 direcciones gene­rales (18,11%).

Este modelo de segrega­ción no es excepcional. La pri­mera graduada de la Universi­dad de Buenos Aires data de 1889, pero nunca se consideró a alguna mujer con mérito suficiente como para que la eligie­ran rectora. Y más de un siglo después, sobre 15 decanos de la UBA, sólo dos son decanas (Psi­cología y Odontología). Esto, aunque las mujeres son más del 60% del estudiantado, obtienen los mejores promedios y la femi­nización de la matrícula es tan relevante que el último censo de la UBA, de octubre de 2010, ca­racterizó que «el estudiante tipo de esa institución es mujer, tiene menos de 24 años, vive en la ciu­dad de Buenos Aires y trabaja a tiempo completo».

Las porteñas trabajan en (casi) todos los oficios pero la enorme mayo­ría lo hace en los pues­tos peores pagos y más precarios: la docencia, el Esta­do, la salud, el servicio domésti­co, la venta ambulante. Todavía en Buenos Aires -y en el resto del mundo- el salario femenino es sólo el 70% del que ganan los hombres por igual tarea. Que el 37% de las ocupadas tenga ter­ciario o universitario comple­to frente al 28% de varones en igual situación prueba que a las chicas se les exigen mayores credenciales educativas para aspirar al mismo puesto que sus com­pañeros. Según el International Business Report (IBR) de Grant Thornton International, no hay ninguna mujer en los puestos gerenciales del 53% de las em­presas argentinas y sólo un 23% de las compañías cuenta con una mujer en su gerencia.

No todo son desventajas. Dora Barrancos, apasionada historiadora de la vida de las muje­res, apunta que «en esta Ciudad se puede aspirar a activida­des menos convencionales por­que es más amplia la oferta de formación profesional y existen más oportunidades de traba­jo. Las opciones formativas son de alta accesibilidad, alta rota­tividad y revocación». Una chica puede intentar ser actriz y des­pués estudiar Veterinaria sin que despierte mayor extrañeza.

La población ocupada de la Ciudad está compuesta por casi un 47% de mujeres pero el des­empleo tiene cara de mujer. Las de entre 15 y 24 años cargan dos defectos simultáneos: ser jóvenes y mujeres, en una Ciudad en la que la tasa de desocupación en esa franja de edad casi tripli­ca a la media. La tasa de des­empleo es de 15% para las me­nores de 29 años y del 4,9 para las mayorcitas. Si encima viven en los barrios del sur y el oeste, todo empeora. Entre las mujeres también hay algunas diferencias: la desocupación en Soldati tripli­ca limpiamente la de Recoleta.

Una forma de enmascarar la desocupación es el cuentapropismo, nombrar como un traba­jo los pequeños rebusques de la venta domiciliaria o en las ferias, la limpieza por hora y tantos otros recursos de las buscavidas que incluye el trabajo domicilia­rio para primeras marcas textiles sin ningún tipo de cobertura legal ni horario, igual que cuando alboraba el siglo XX.

Esos empleos son un segu­ro de pobreza (20,8% del total) del mismo modo que los con­tratos precarios. E implican mucho más que la falta de un reci­bo de sueldo: en 2007, según el Gobierno de la Ciudad, tres de cada diez trabajadoras no tenían descuento jubilatorio. Por lo tanto, tampoco tenían licencia por maternidad o por enfermedad, en un segmento nutrido, como vimos, por jóvenes en edad de procrear y por mujeres mayores. Para no hablar de la indefensión de una mujer sin estabilidad laboral frente a los maltratos o al acoso.

Y en la casa

Ninguna de las res­ponsabilidades que asu­mió en el último siglo ha liberado a las mujeres de la res­ponsabilidad mayor que le asig­na esta cultura: sobre sus hom bros «naturalmente» descansan -es un decir- las tareas por el día a día de cada familia: la crianza de los hijos, su esco­larización, el cuidado de la salud de chi­cos y de viejos. Como magas, tratan de estirar las monedas para que el fondo de la olla encuentre a todos satisfechos en épocas de vacas flacas. Como magas, mientras firman una orden de compra o dan clase en la facultad, calculan cuánto tardarán en llegar a la reunión escolar y tratan de recordar si finalmente manda­ron o no la compra (por internet) al su­permercado.

Tal vez eso que en los viejos manuales se llama doble explotación -como mujer y como trabajadora- incida en que en la Ciudad predominen familias con un solo hijo. En 2009, la tasa de natalidad ape­nas alcanzó el 14,6‰ y la tasa global de fecundidad de Buenos Aires rondó los 1,9 hijos por mujer -un índice por deba­jo del nivel de reemplazo- contra el pro­medio nacional de casi 3 hijos por mujer. Esto convirtió a Buenos Aires en la Ciu­dad más envejecida de un país que ya es el segundo más envejecido de América Latina después de Uruguay. Una de cada cuatro porteñas tiene más de 60 años.

El hijo único, sin embargo, es propio de los sectores medios. «En los secto­res populares la maternidad surge como un imperativo, hay una valoración que hace que las familias puedan enojar­se al principio pero finalmente hay algo placentero, algo que da alegría», expli­ca Barrancos. Así las cosas, el embara­zo adolescente (entre 12 y 19 años) tre­pó entre 2007 y 2009 del 7,2 por ciento al 19 por ciento del total de embarazos. Madres niñas y madres adolescentes vi­ven en la zona sur y oeste de la capital, sí la misma donde predominan la desocu­pación y el trabajo precario. Las razones de este baby boom de la pobreza son evidentes: falta de educación sexual, la falta de información sobre el derecho a acceder a anticonceptivos gratuitos y a anticoncepción de emergencia. Hay otra: cuando los proyectos de vida que pare­cen inviables, abrazar a un bebé otorga un sentido a la vida de esa jovencita.

El mandato de la maternidad es aca­tado en todos los sectores sociales: «Las mujeres de las clases medias no desisten de la maternidad -aclara Barrancos-, lo que hay es un aplazamiento hasta alre­dedor de los 35 años, sobre todo entre las académicas. Cuando llega esa edad ¡hay que ser madre!».

Otra cuestión que distingue a las jó­venes porteñas, en opinión de Barran­cos, «es que asoman trazos más remarcables de las elecciones sexuales. Son muy comunes las prácticas homosexua­les a veces como elección, a veces como aventura o experimentación. Esto mues­tra una marcada diferencia con arque­tipos más opresores que sobreviven en el interior». Esto impacta en territorios que exceden la sexualidad o la fami­lia: en Buenos Aires no es viable que un sacerdote arrebate el micrófono a una persona en un acto público porque des­aprueba lo que dice, como ocurrió en Mendoza, y tampoco es viable un dipu­tado brutalmente homofóbico y misógi­no como el salteño Alfredo Olmedo.

Barrancos observa otro fenóme­no destacable entre las mayores de 45. «Tienen reflejos muy interesantes de subjetividad, que se aproximan al idea­rio feminista, argumentan contra el sometimiento o la potestad de los varones. Son las que han conseguido ayudas en el hogar, o las que se separaron y no están dispuestas a tener un marido a cualquier precio. Muchas no vuelven a formar pareja. Esto ex­plica que en los sectores medios haya más jefas de hogar que en los popula­res, porque hay un cambio cul­tural más pro­fundo.» Releva­das del encierro doméstico, bus­can nuevas acti­vidades y formas de expresión. No casualmen­te el 69,8% de las personas que acuden a los talleres y cursos de los centros culturales del Gobierno de la Ciudad son mu­jeres.

Y en la calle

La pasión po­lítica de las por­teñas fue un persistente susurro tras los abanicos desde la colo­nia, pero ese susurro trasmutó en aceite hirviendo cuando los ingleses invadieron la Ciudad. Rebeldes en todos los flancos, las mujeres pusieron en cuestión tempranamente tanto lo público como lo privado: desde Mariqui­ta al desoír el canon conyugal de la época casándose con quien se le antojaba a pesar del disgusto materno hasta la orgullosa Ca­mila O’Gorman, fusilada -con un avanzado embarazo- a pedi­do de su padre y del clero, que exigían lavar en sangre la afren­ta de su amor con un jesuita.

Después llegaron las inmi­grantes y con ellas la primera huelguista, una jovencita fran­cesa de 15 años, despedida por «contestar con altanería», cuan­do le dijeron que descontarían del sueldo el costo del lavado del delantal y la cofia, según registraron sus patrones en la li­breta de conchabo. Y las vocingleras de la «guerra de las escobas», anarquistas, socialistas, conventilleras que ya no con aceite hirviendo sino a escobazo limpio salieron a repeler las ór­denes de desalojo en la Huelga de los Conventillos de 1907. El siglo de las mujeres, ay, no les ahorra a sus sucesoras ni la lucha por un techo ni las amarguras de los desalojos.

Porteñas fueron las costure­ritas a las que cantó Evaristo Carriego, niñas pálidas que, en vez de dar el mal paso, con mucha más frecuencia morían de tuber­culosis trabajando a destajo en la pieza-taller sin ventilación de los conventillos. Las hermanas mayores de las que hoy cosen en los talleres clandestinos del oes­te de la capital.

Fueron las nuevas porteñas, las que llegaron desde las provincias y oyeron fervorosas a Eva Perón, aquello de «donde hay una necesidad hay un derecho», y la acompañaron en todas sus batallas y en el aluvión -esta vez de papel- del primer voto feme­nino. Las delegadas de bases de las fábricas, las de la tiza y el car­bón a la hora de la resistencia. Las que se plantaron en defensa de la laica y perdieron a manos de la libre, sus distinguidos uni­formes, sus impías homilías.

Y otra vez, las muchachas de los setenta, a cara limpia. Presas y desaparecidas y exiliadas mien­tras las mayores coronaban la cabeza con un pañal blanco para reclamar por ellas y por ellos.

Las porteñas supieron cons­truir desde la recuperación democrática el largo listado de las cuentas pendientes. Y arranca­ron a contramano de inciensos y anatemas apocalípticos la pa­tria potestad compartida, la ley de cupos, la ley del divorcio, las leyes contra la violencia, las le­yes de derechos sexuales y reproductivos. Construyeron la vi­sibilidad de las lesbianas y, junto con la comunidad GLTTB, ob­tuvieron la ley del matrimonio igualitario.

Detrás de ese andamiaje jurí­dico late el activismo más o me­nos visible de las organizaciones de mujeres que pusieron la violencia de género bajo todos los focos aunque no hayan logra­do evitar que -en el nivel nacio­nal- cada semana mueran cin­co mujeres a manos de su novio, pareja, ex pareja, pariente o co­nocido y que las denuncias de mujeres golpeadas crezcan ver­tiginosamente ante un Estado que se muestra impotente para responder por su seguridad.

Porque las redes de trata para explotación sexual y trabajo esclavo han dejado como un pálido antecedente a la sinies­tra red Zwig Migdal, la que traía mujeres polacas a los prostíbu­los patagónicos en los años 20.

Porque las niñas y adolescen­tes -y también los muchachos- siguen libradas a la educación sentimental y erótica que brin­dan los programas de televisión, en vez de que se les respete su derecho a recibir una educación sexual sin prejuicios ni tabúes y se les informe sobre sus dere­chos.

Porque aún las mujeres no pueden decidir si quieren ser madres o no, y cuándo serlo mientras se cajonean, año tras año, los proyectos de ley que promueven la legalización del aborto.

Porque si el siglo XX fue el si­glo de las mujeres, hay que seña­lar que, a una década de inicia­do el XXI, en el trajinado conteo del debe y el haber de las muje­res, hay unos cuantos logros por los que felicitarse pero también queda mucho por hacer.

DZ/km

 

Fuente Redacción Z
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