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TEMAS DE LA SEMANA

Di Meglio: «Todos los gobiernos buscan dejar su impronta en la historia»

El director del Museo del Cabildo, Gabriel Di Meglio, analiza el sostenido interés del público por conocer la historia argentina. El revisionismo y la divulgación son los actuales protagonistas.

Por Juan Pablo Csipka
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Gabriel Di Miglio
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Más conocido por ser la cara de varios ciclos en el canal Encuentro, Gabriel Di Meglio es historiador y también, según dice, fanático de varias cosas, entre las que sobresalen River Plate, los cómics (no todos, pero muchos), Buenos Aires, la política, el hard bop y distintos tipos de rock. Desde octubre de 2014, Di Meglio es el director del Museo Histórico del Cabildo y la Revolución de Mayo, que funciona en el propio edificio. Una lluviosa tarde, tal vez parecida por la inclemencia del tiempo al 25 de mayo de 1810, recibe en su oficina del Cabildo a Diario Z.

¿Es posible hablar de un boom de los textos sobre historia argentina?
Sí, y fenómenos como los libros de Felipe Pigna así lo certifican. Yo creo que todo tiene su ciclo, nos ha tocado ver una etapa de mucho interés, y me parece que ahora llega a su fin. Cuando un tema está tan en el candelero mucho tiempo, tiende a bajar el interés.

¿Cómo se explica la etapa de fascinación por la historia?
La crisis de 2001 tuvo mucho que ver, la necesidad de la gente de querer saber por qué se llegó a donde se llegó… Fijate que ahí aparecen los libros de Jorge Lanata, que fueron un boom, y luego el primer tomo de Los mitos de la historia argentina, de Pigna. Este reverdecer coincidió con el ciclo kirchnerista, pero es anterior.

¿Y el debilitamiento del boom tiene que ver con el fin del mandato de la Presidenta?
No, aunque coincida en el tiempo, no diría que el cambio de gobierno coincide con la merma que quizá se dé en el consumo de historia a nivel masivo.

¿Los años del kirchnerismo son los de mayor auge de la historia en la vida cotidiana?
Es posible, aunque cada gobierno, que yo recuerde, trata de dar su impronta. También es cierto que el kirchnerismo coincidió con el Bicentenario, que fue otra marca muy fuerte. La dictadura se nutría de la Organización Nacional y la Generación del 80, incluso su marco histórico es el centenario de la Conquista del Desierto. Alfonsín cambia eso, contraponiendo democracia a dictadura, y metiendo en el primer grupo por igual a Hipólito Yrigoyen y a Perón. Carlos Menem busca cerrar los conflictos del pasado: trae los restos de Rosas, se abraza con el marino Isaac Rojas, más los indultos. Los Kirchner operan con el regreso del discurso revisionista, que trae novedades. Recuerdo hace no mucho un afiche equiparando a Cámpora, Alfonsín y Kirchner. Eso hace unos años era inimaginable.

¿La marca es el revisionismo?
Sin duda. Sobre todo porque es una corriente muy asociada a una camada anterior. Hoy se lee a tipos como José María Rosa, que venía del nacionalismo católico, o Jorge Abelardo Ramos, que era de la izquierda nacional, y llama la atención. Está buenísimo que circulen sus textos, pero son libros pensados para el país de hace cincuenta años, cuando se publicaron.

¿Cristina es la presidenta más interesada por la historia?
Puede ser, sobre todo porque ella cita mucho. Perón sabía de historia y escribió sobre ello. Frondizi y Alfonsín también tenían sus inquietudes. La historia tuvo estos años una fuerte impronta oficial y eso le dio visibilidad, pero no veo eso como política de Estado, ahí prima el interés de la gente.

Y se suma el boom de los museos.
Exacto. El Museo Histórico Nacional está teniendo una cantidad de visitas enorme, sobre todo por el sable de San Martín, y acá mismo en el Cabildo hay visitantes todo el tiempo.

¿Internet es algo beneficioso?
Juega a favor, aunque hay de todo. Hoy no tiene sentido manejarse con fechas, por ejemplo, se puede consultar en Google, pero cuidándose de lo que circula, porque hay cosas no confiables, con poco rigor.

¿Qué es lo que más interesa hoy de la historia?
El nicho de los años 70 es muy fuerte. Cuando yo estudiaba, en los 90, la academia no miraba hacia esa época sobre todo por su cercanía en el tiempo, se lo dejó a los periodistas. Hoy es al revés, ya no se mira tanto el siglo XIX como el último medio siglo del país. Se estudia mucho el peronismo, los 70. Incluso ahora se está en condiciones de abarcar los años de Alfonsín.

¿Hay diferencia con los 90?
La mía es una generación más cínica, si se quiere, menos politizada que la de estos años. Hoy un chico de 20 años, que no necesariamente estudia historia, discute en términos de alguien que sí pudo haber estudiado, eso me llama la atención. Igual, no falta el chico al que le hablás de 1830 o 1930, y ambas fechas le suenan igual de antiguas. Cuando yo estudiaba estaba mal vista la divulgación. Félix Luna, el Pigna de entonces, no era querido por la academia, aun con libros sólidos como El 45. Eso cambió, hoy el Conicet premia la divulgación y la estimula.

¿Hubo otra etapa que se pueda comparar a ésta?
Tal vez el final de los 60, grosso modo, el período que va del Cordobazo al gobierno de Cámpora. Es cuando se entroncan el peronismo y el revisionismo. Y tenías esa cantidad enorme de libros a precio popular en los kioscos, que editaban Eudeba, Peña Lillo, el Centro Editor de América Latina.

¿Intuís un interés sostenido aun cuando no ceda el boom?
Seguro. El consumo de historia va a seguir estando. En los 90 no había lo que hay ahora, y sin embargo Crónica sacaba unos libritos de Félix Luna que se vendían muy bien. No es sólo el posible agotamiento lo que explicaría un descenso, hay cosas que llegan de afuera e influyen. Por ejemplo, en los nuevos estudios sociológicos están dejando de lado la historia, y eso tiene rebote.

¿La divulgación por fuera del ámbito académico ha resultado problemática?
Sí, por una cuestión metodológica. Todo eso cambió en los 80, con la democracia. Hoy un paper hecho acá se puede presentar en cualquier universidad porque los parámetros son similares. Ahora, ese texto es de consumo académico. Si vos no tenés un interés y un conocimiento previos, va a ser difícil que lo entiendas, se vuelve casi inaccesible. A la historia le ha faltado eso: saber tender puentes hacia la divulgación para, sin perder rigurosidad, ampliar su público por fuera de la academia.

¿La novela histórica es un complemento que puede convivir con los textos más formales?
Es un buen punto. En la ficción histórica hay de todo, hay cosas buenas y malas. Puede convivir con los libros de historia, sin duda. Recuerdo los 90, cuando el éxito de los libros de María Esther de Miguel. Son textos que no están obligados a la comprobación de evidencia, como sí exige la rigurosidad del historiador, ésa es la gran diferencia. Pero puede haber cosas formidables, como Las actas del juicio, el cuento de Ricardo Piglia sobre el asesinato de Urquiza.

¿Sobre cuáles figuras históricas se debaten hoy?
Se discute sobre los de siempre, Belgrano, San Martín, Sarmiento…Menem reintrodujo a Rosas, repatrió sus restos, lo puso en el billete de 20 pesos, y después de eso comenzó un auge del revisionismo con su panteón, tan en boga desde entonces: Chacho Peñaloza, Felipe Varela… Entiendo que haya un interés en discutir personajes, pero trato de no caer en eso.

¿Tiene un rol social el historiador?
Bueno, cuando se habla de los grandes intelectuales se piensa en filósofos, economistas, sociólogos, pero no en historiadores. El que trascendió la frontera de lo académico fue Eric Hobsbawm, el inglés. Vino acá en el 98, que no había el interés de los últimos años, y el tipo llenó el San Martín. No había un Sartre de la historia y él se convirtió en una celebridad.

¿Cómo imaginás el futuro?
Por cuestiones de trabajo me ha tocado viajar mucho al exterior y no veo la impronta que tenemos acá. Yo no sé si en otro lado es factible un programa como el de Pergolini y Pigna, Algo habrán hecho, en un canal líder, haciendo 20 puntos. Acá se hizo el canal Encuentro y tiene un público fiel. Más cosas como las escuelas que debaten si cambian de nombre, o las cuestiones de la estatua de Colón y la de Juana Azurduy, o el monumento a Roca. Eso no deja de ser llamativo.

Gabriel Di Meglio es Doctor en Historia, egresado de la UBA, e investigador del Conicet. Dirige el Museo del Cabildo. Conduce ciclos en Encuentro, como La historia en el cine. Es autor de Historia de las clases populares en la Argentina y Manuel Dorrego: vida y muerte de un líder popular, entre otros.

DZ/ah

 

Fuente Redacción Z
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