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TEMAS DE LA SEMANA

«Decirles siempre que sí a los chicos es dañino»

El jefe de la Unidad de Violencia Familiar del Hospital Elizalde subraya que las palabras modelan la personalidad de las criaturas y condicionan su futuro.

Por Valentina Herraz Viglieca
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Javier_Indart_de_Arza

La palabra es muy potente, facilita el desarrollo del chico o lo obstaculiza”, sentencia Javier Indart, pediatra y jefe de la Unidad de Violencia Familiar del Hospital de Niños “Pedro de Elizalde”, la vieja Casa Cuna. El servicio que Indart dirige recibe entre 300 y 350 casos anuales de chicos que sufren distintos tipos de violencia, abuso emocional, maltrato físico, negligencia o abuso sexual. Es difícil que una familia toque la puerta por sí sola. En general llegan casos derivados por la escuela, instituciones judiciales o defensorías de menores. Los niños y niñas son atendidos sin recetas. “Cada caso es tratado en particular y en contexto con su entorno”, explica el pediatra.

¿Qué papel tiene la palabra?
La palabra del padre y de la madre es fundamental para todos los seres humanos, más para los niños. La importancia crece a medida que la palabra vaya acompañada de gestos, de caricias, de un clima cordial y de un mensaje que el niño pueda entender.

¿Cómo se forma la personalidad del niño?
La personalidad se forma a partir de la palabra y también de las experiencias positivas que tenga o no durante la infancia, los gestos, las acciones y las respuestas que su entorno familiar le dé a la hora de satisfacer las necesidades.

¿Qué sienten los chicos cuando se los descalifica “qué hincha que sos”?
Cuando una criatura hace algo mal no necesita la descalificación o la atribución errónea o negativa de su conducta. Necesita ser corregido y la explicación de por qué lo que hizo está mal. Cuando un chico escucha una y otra vez que le ponen un cartel por su conducta se siente mal. Si esa calificación se repite en el tiempo termina por cumplir aquello que le atribuyen. Por ejemplo si le dicen que es un tarado, se comporta como una persona parecida. Lo mismo si le dicen “sos un incapaz” o “no te da el cerebro” o “sos la piel de Judas” o “sos el buenito”. El chico sabe que no lo es pero termina creyéndoselo y al final cumple con lo que se piensa de él.

¿Es útil compararlo con hermanos, primos o con los propios padres?
Muchas veces la comparación surge porque se desconocen las características del desarrollo de los pequeños. Las familias actúan sin saber qué significa la etapa evolutiva que está pasando, o proyectan carencias o deseos propios. Eso choca con la realidad del niño. Hay veces que los niños no responden a una determinada pauta no por una imposibilidad propia sino por una imposibilidad del entorno o porque le resulta una forma más fácil de actuar. Pero decirle, por ejemplo, “yo ya controlaba esfínteres a tu edad”, no sólo no hay forma de constatarlo: genera que el niño empiece a desvalorizarse. Para considerarnos valiosos tenemos que ser reconocidos como valiosos por un otro, en la inmensa mayoría de los chicos esto ocurre en el ámbito familiar. Si un niño no es reconocido como valioso por la familia no podemos esperar que se considere así.

¿Qué pasa con las frases del otro extremo: “Vos sos lo que yo más quiero en el mundo” o “sos lo que más deseé en la vida”?
Hay muchas formas de generar presión sobre los chicos, nombres como Milagros son un ejemplo. Ante estas expresiones, el chico siente una gran carga. Claro que sentirse deseado es bueno pero cuando un chico percibe que es lo único importante para su padre o su madre se genera una situación de muchísima tensión. Cuando las familias se separan muchas veces los niños son puestos en el lugar de cuidadores: “Yo no necesito a nadie porque tengo mi hija”. Uno puede tener una hija y tener su elección de pareja y tener una vida social por fuera de esa hija, en la medida que las situaciones sociales sean más ricas para esta madre, más rico va a ser el entorno que les brindará a sus hijos.
¿Cómo actúa la sobreprotección?
La sobreprotección, aunque está bien vista socialmente, es también una forma de maltrato. Por ejemplo, la madre que no quiere que su chico vaya a ningún lado porque teme que le pueda pasar algo. Después el chico es adolescente y tampoco se promueve la independencia porque en los medios de comunicación dicen que es peligroso.
¿Hay otras formas de afectar el desarrollo de la personalidad de los niños?
Sí, con la falta de estímulo. Estuvimos hablando de cuando una madre o un padre le atribuye erróneamente, o sea cuando la palabra actúa. Pero no hablamos de lo que es la ausencia de palabra o la no disponibilidad emocional tan frecuente en muchos medios socioeconómicos altos. En la escuela hay reunión de padres y los padres no van. O quizá va la empleada doméstica: eso es igualmente dañino que darle una atribución negativa.

Cuando un padre es distante y el otro busca equilibrar ocupando todos los espacios, ¿en qué situación nos paramos frente a ese chico?
Un niño necesita de funciones y no de personas, alguien debe cumplir la función materna y alguien la función paterna. Las dos funciones son complementarias y no sumatorias en una sola persona. La función materna es sostén, cariño y nutrición: afecto, alimento, etc. La función paterna es la de corte y la de límite, “te vas a la cama”. Los roles pueden estar cambiados y el padre cumplir la función materna y la madre poner los límites, lo que es ideal, es que estas funciones se ejecuten complementándose unos y otros.

¿Cuál es el límite del límite? ¿Cuándo sirve para que el niño sienta contención? ¿Cuándo es un acto de violencia?
Cualquiera de nosotros necesita límites, un niño también. No necesita de la violencia de una disciplina, pero sí necesita saber que hay cosas que puede hacer y cosas que no. Tiene que saber cuando hizo algo que está mal y también tiene que saber que eso tiene una consecuencia. Y, además, tiene que saber que tiene que intentar reparar lo que hizo. Muchas veces ese límite está pensado desde el adulto para que sea “donde más le duele”.

¿Y cómo debe ser?
Los límites tienen que ser algo aplicable al desarrollo madurativo. Son necesarios no porque yo me enojo sino porque el niño necesita saber que eso no lo puede hacer. Por ejemplo, el concepto de tiempo que aplicamos los adultos no es el mismo que el que tiene que tener un chico. Para un chico de tres años, que vaya una semana a reflexionar, que vaya al rincón o que no vea televisión es una enormidad. Con cinco o diez minutos es suficiente. Para un adolescente sacarle el celular dejándolo sin conexión con su entorno frente a una mala nota es buscar “donde más le duele” y no ayuda al problema real, que es la nota. Lo que el chico necesita es reparar lo que hizo mal.
Entonces lo que necesita es un límite.
Sí, un niño necesita de límites y no de disciplina como todos necesitamos un límite para vivir en sociedad. Cuando no existe el límite entonces el chico va a buscar dónde está ese límite.

En las familias de hoy los padres trabajan 10, 11, 12 horas. ¿Cómo se hace?
Calidad antes que cantidad. El tiempo que estamos que sea un momento de esparcimiento, de escuchar a nuestros hijos más que preguntar. Cuando no aparece la palabra podemos preguntar pero tenemos que estar más atentos a todos los sentidos: a ver, escuchar, sentir. Poner toda nuestra sensibilidad para enterarnos de cómo anda.
Si las únicas dos horas que tenemos para verlo estamos con la televisión y el celular.
Hay veces que los padres quieren llegar a casa y decir: “Tuve un día terrible y quiero llegar a un momento de esparcimiento a mi casa”. Pero la casa es una institución muy conflictiva, conflictos económicos, emocionales, demandas. Llegar a descansar es una idea difícil de concretar. Otro tema es la culpa que a algunos padres nos genera la poca disponibilidad. Más allá de sentirnos con culpa, lo que está mejor es decir: tengo dos horas voy a aprovecharlas. O voy a aprovechar el fin de semana, ir a la plaza. Intentar que esas dos o tres horas sean una experiencia buena para el hijo y para el adulto.

¿Hay forma de imaginar cómo, años después, se va a manifestar esto en la personalidad del chico?
Sí. Los eventos adversos, sobre todo en la primera infancia pero durante toda nuestra niñez, nos condicionan de diferentes maneras. Aprender que la forma de resolver un conflicto es violento, con el uso de fuerza, nos condiciona cuando somos adultos. Entonces no podemos escuchar al otro diferente, no podemos escuchar el disenso sino que queremos imponer lo que nosotros consideramos. Por el otro lado está demostrado que el maltrato emocional, como otras formas de eventos adversos a temprana edad, condicionan cierta situación de conductas de riesgo en el adulto. Esa conducta de riesgo va a hacer que, cuando adulto, asuma el uso problemático de ciertas sustancias o enfermedades de la salud mental o cualquier tipo de enfermedades de tipo metabólico. La ansiedad nos genera comer mucho, somos obesos, hipertensos, cardiópatas.

¿Algunas frases que nunca deberíamos decirles a los niños?
Todo aquello que no necesitan. Si siempre uno le dice “no” o si siempre uno le dice “sí”. Dependerá cuantos no y cuantos sí escuche por día. También el padre tiene la herramienta para saber discriminar, el que siempre dice que sí es tan dañino como el que siempre dice que no. Un caso que se ve en la tele es el de la madre que quiere entregar a la Justicia a su hijo de 15 años porque no sabe qué hacer con él. Llegamos tarde por muchos sí o porque no hubo ni sí ni no. No quiso ir al colegio y no fue más. Tuvo problemas de conducta y no fueron solucionados a tiempo. Se juntaba con un grupito que tampoco estudiaba en la esquina y se aburrían y después tomaban y después consumían y después no sabemos qué hacer. Entonces me parece que hay que detectar precozmente. El pediatra y los centros de primera infancia tienen un rol en los primeros años de vida para poder detectar por fuera de la familia que algo no está funcionando bien. Luego, la escuela. En general, en la medida en que no se asuman, los casos van a ir aumentando en intensidad.

¿Cómo llegan esos 300 o 350 casos a la consulta en el hospital?
Muchas veces son familias que están rotas por alguna situación. Se arman como bandos y se va con acusaciones de unos hacia otros. Me parece que en ese punto la escuela tiene una mirada excepcional y privilegiada frente a estas situaciones para detectarlas. Son familias poco proclives a la intervención terapéutica, en general están atravesadas por alguna institución judicial, una defensoría de niñez.

¿Qué detecta la escuela?
En general son chicos que tienen problemas en su conducta con ellos mismos o con otros. O son muy retraídos y son poco proclives a contar lo que les pasa. O están tristes o frente a algo no esperado por el docente lloran, tienen una inestabilidad emocional no acorde con la situación. Ésas son luces amarillas. También son llamativas las conductas hacia otros. El caso del niño que es “la piel de Judas” porque el padre dice que es así, es agresivo, insulta como lo insultan a él. El proceso de educación tanto de la familia como de la escuela es ir dándole herramientas al niño y luego al adolescente para que se pueda aprender a cuidar solo. Tiene que ser un proceso progresivo. Por ejemplo, hay que poder enseñarles a los niños que frente a cualquier necesidad está bueno pedir ayuda, no solucionarlo solo. Pedir ayuda también es encontrar una solución.

DZ / ah

Fuente Redacción Z
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