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Daniela Kozak: «El 90% del cine mudo argentino se perdió»

La estudiosa del cine Daniela Kozak remarca la importancia de preservar el material fílmico y reivindica el carácter cinéfilo de Buenos Aires.

Por Juan Pablo Csipka
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La preservación de material fílmico es una tarea enorme en una ciudad tan cinéfila como Buenos Aires. La investigadora Daniela Kozak se vinculó a una actividad que tiene como exponentes al coleccionista y difusor Fernando Martín Peña y a la directora del Museo del Cine, Paula Félix-Didier. “Me acerqué a ellos en 2008, cuando apareció la copia perdida de Metrópolis de Fritz Lang y comenzó el trabajo por restaurar y presentar esa cinta. Ahí me interesé en todo lo concerniente a preservar y difundir el acerbo cinematográfico”, cuenta la autora del libro La mirada cinéfila y editora de La imagen recobrada, con textos de Peña y Félix-Didier.

¿Cómo estamos en materia de preservación de filmes?
Del cine mundo argentino se perdió el 90 por ciento de la producción. La cifra es alta, pero acorde con lo que se perdió en el mundo en la misma época. Del cine sonoro se perdió la mitad, y esa cifra sí es muy alta si se la compara con otros países. La producción de cine mudo fue importante pero no había conciencia de preservación. Se perdían cosas por ser material inflamable. Además los distribuidores ponían por contrato que había que destruir las copias una vez terminada la exhibición. También se perdió mucho por negligencia.

Ya en la época del cine mudo, en las primeras décadas del siglo pasado, ¿había una cultura cinéfila en Buenos Aires?
La cinefilia fue importante, sí. Incluso una revista suiza, en los años 20, ponderó a Buenos Aires en ese sentido, destacando que había estrenos de películas de muchas partes del mundo. Así fue como llegó la copia de Metrópolis con escenas que se creían perdidas, que fue a parar a la colección de Manuel Peña Rodríguez., donde se la halló en 2008.

¿El coleccionismo fue muy importante?
Sin duda. Está el caso de Peña Rodríguez, que terminó donando su colección al Fondo Nacional de las Artes. Ocurre que allí se perdió material porque gran parte de esa colección la pasaron de 35 mm. a 16 en copias mal hechas. Sumo a Pablo Ducrós Hicken, que además de coleccionar publicaba notas y armó una gran colección de cámaras. Cuando murió, la viuda donó ese material a la ciudad y nació el Museo del Cine, en 1971.

¿Cuándo llegan los cine clubs?
Nacieron a fines de los años 20, si bien no fueron algo exclusivo de Buenos Aires. Ahí se empezó a ver el cine como arte. Es cuando se formaron las primeras colecciones, pero la idea no era preservar, sino difundir. Para esa época quiebra el productor Federico Valle, que tenía todo su material en un depósito. Esperaba venderlo pero se quemó el lugar. Lo que se salvó lo vendió a una fábrica de peines, que redujo todo como materia prima. No había conciencia hasta que aparecieron las primeras cinematecas en los años 30 y se instaló la idea de conservar el material.

¿Qué ocurrió entonces?
Nunca hemos tenido una cinemateca nacional, si bien está contemplada en la ley 25119, está reglamentada desde 2010. Es una deuda pendiente, sería el lugar ideal para conservar películas en las condiciones ideales. Todo descansó en el coleccionismo. Peña Rodríguez fundó el Museo Cinematográfico Argentino en 1941, en base a su colección, y otros se fueron sumando. El tema es que se coleccionaron copias, no negativos. A partir de los negativos es que se pueden hacer buenas copias. Si no hay negativo, la película se pierde.

¿Cómo se encaró la preservación sin apoyo estatal?

Contra viento y marea. En 1957 se creó, dentro de Cinemateca Argentina, el Centro de Investigación de la Historia del Cine Argentino. Se hizo una historia oral, recopilando fotos y guiones, además de películas. De esa dinámica es que se rescata Nobleza gaucha, un film emblemático del cine mudo, estrenado en 1915. Hablaron con Eduardo Martínez de la Pera, uno de sus directores y así se pudo ver en el Festival de Mar del Plata por sus 50 años, en 1965, en base a una copia nueva. No se pudieron salvar hitos como El apóstol y Peludópolis, de Quirino Cristiani, los dos primeros films animados de la historia en el mundo. Walt Disney mismo se puso en contacto con Cristiani cuando visitó la Argentina.

Hoy se habla mucho de lo digital en desmedro del fílmico.
El presente pasa por lo digital, sí, pero es más inestable. Bien cuidado, el celuloide puede durar más de un siglo. Es todo un tema la preservación de material digital. Aparte de que se filma mucho más, tenés el crudo y la versión final. En la Biblioteca del Congreso, en Washington, que es el mayor archivo, desechan todas las instancias medias. Si no migrás el material cada cinco años, por los cambios de software, más la obsolescencia de los discos rígidos, estás en problemas.

Un hito parece haber sido la revista Tiempo de Cine, a la que dedicaste tu libro La mirada cinéfila.
Sin duda. La editó el Cine Club Núcleo entre 1960 y 1968, apenas 23 números, era mensual, se publicó con interrupciones y modernizó la crítica de cine. Hasta entonces las revistas de cine se dedicaban al costado frívolo y la propia crítica publicada en los diarios no reconocía al cine como arte. Eso cambió después de la Segunda Guerra, cuando surge el neorrealismo italiano y llegan films de muchos lugares, que coinciden con el auge de la nueva camada de directores argentinos. Justo hubo un cambio: hasta entonces había que hacer carrera desde abajo en los estudios para llegar a director, y con la sanción de la ley de fomento, en 1957, comienza la política de créditos desde el flamante Instituto de Cine, se abre una nueva etapa que no quieren los estudios y Tiempo de Cine sale a dar pelea acompañando los cambios.

Había un público tanto para esas películas como para revistas sobre cine.
Exacto. Era un momento de esplendor. Tenemos una sociedad heterogénea, de origen inmigrante, que gusta del cine y eso se ha mantenido, aunque ahora sea distinto y haya internet. Hay muchos espacios para el cine en la ciudad, un festival y un público que demanda. Faltaría la cinemateca. Tenemos el Museo del Cine, el Archivo General de la Nación y las colecciones privadas, pero está todo muy disperso. Hay que garantizar desde el Estado que no desaparezca ese material.

Perfil: Nació en Buenos Aires en 1981. Es investigadora especializada en cine y periodista. Estudió en la Universidad del Cine. Es magister en periodismo por la Universidad de San Andrés.

Foto: Gabriel Palmioli

DZ/ah

Fuente Redacción Z
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