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TEMAS DE LA SEMANA

Daniel Fanego: «El teatro me conectó con la realidad»

El protagonista de El león en invierno cuenta la experiencia de encarnar a un personaje cruel, que no se ahorra nada. Un trabajo que lo obliga a explorar la barbarie.

Por Magalí Sztejn
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daniel_fanego

No es el primero y seguramente tampoco será el último actor que defina al teatro como “el sitio de recarga, el lugar donde se pule y se mejora”. Lo que no está al alcance de todos es ofrecer una interpretación deliciosa de Enrique II, como lo hace Daniel Fanego en El león en invierno. Junto a Leonor Manso brindan en cada función del teatro Regina una clase magistral de actuación, deleitando a la platea con sus cruces de miradas y de diálogos, con la intensidad que transmiten sus personajes.

¿Hacer una obra de época invita más al juego?
Sí. De hecho hay algo físico puntual que cambia: uno está vestido de otra manera, de modo que acciona diferente. Hay algo de eso que invita a una distancia que permite formular una fantasía y lleva a ahondar en determinadas zonas, sin advertir que uno está más cerca de la realidad de lo que se imagina. Zambulléndonos en un cuento que nos parece lejano de pronto llegamos más apropiadamente a uno mismo.

¿Qué te atrajo de la obra?
Primero la obra en sí, lo que relata es muy atractivo. Luego el elenco, con el que estoy muy contento y las posibilidades de trabajar este abismo que hay entre estos dos seres que son Enrique y Leonor.

También trabajás con tu hijo.
Que hace de mi hijo. Habíamos debutado juntos haciendo un texto para Teatro por la Identidad. Esos resultados me habilitaron a recomendarlo. Lo disfrutamos muchísimo.

¿Cómo interpretás la intensidad de los vínculos entre los personajes?
Son muy crueles, ninguno de los dos se ahorra nada, y los hijos tampoco. Es una familia realmente disfuncional, puesta en un lugar del mundo muy particular, muy bárbaro. Creo que el autor lo utiliza como metáfora para hablar desde ahí hacia la humanidad. Es de esos autores que buscan el personaje incorrecto para que diga la frase incorrecta pero necesaria, y que aparezca esta reflexión sobre los vínculos.

¿Hasta dónde creés que puede llegar la ambición del hombre?
Yo creo que no tiene límites. La historia nos lo demuestra. Los seres que son ambiciosos, son como adictos a algo.

¿El teatro cambió tu perspectiva en relación a la realidad política?
En mi juventud no tenía una militancia ni una relación política con la realidad. Más bien tenía una desconexión, y el teatro me fue conectando y dándome integralidad de pensamiento. Si hubo un lugar donde me formé fue en el teatro y eso fue lo que me llevó al punto más alto de mi nivel de expresión política, Teatro por la Identidad, donde trato de participar todos los años.

¿Cómo se manifiesta el compromiso político?
Uno es lo que es, y lo expresa de distintas maneras. En el caso de Teatro por la Identidad es una actividad muy militante, enmarcada dentro de una lucha puntual. Luego uno hace todo tipo de personajes, pero la expresión de uno está teñida por lo que siente y piensa. Uno le pone una hondura y un peso a un personaje que hace que ahí esté depositado también su pensamiento.

¿Creés que el artista se ve más expuesto a expresar su postura?
La ideología, el compromiso, es algo personal, no es transferible. Es algo que uno lo asume o no lo asume, y luego en su vida resuena de distintas maneras. Hay un montón de personas que actúan en política y que luego en su vida no tienen la misma conducta. El actor a veces está atravesado y a veces no. Conozco un montón de compañeros que se llaman independientes y que prefieren un agnosticismo político. Es realmente personal. De lo que no tengo dudas es de que este trabajo requiere de una gran hondura espiritual, racional y física; de una gran entrega.

“Memoria del trabajo” es un término que se hizo popular entre tus alumnos. ¿Lo inventaste vos?
No sé si lo acuñé yo, pero me servía para las clases de teatro. Este es un oficio que se va aprendiendo con los años, como se aprende a tallar, a manejar un pincel. En el proceso del ensayo hay una memoria que uno construye con su propio trabajo y a la que puede acudir permanentemente.

¿Por qué dejaste de dar clases?
No me sentía con ganas ni con capacidad de seguir adelante con el curso, además surgieron varios compromisos que me impidieron hacerlo. Eso aborta mucho el proceso de trabajo de un alumno. No soy docente, me inventé docente, entonces se me hace más cuesta arriba sostener los grupos sin mi presencia, a pesar de que lo que se siga dando es lo mismo que cuando estoy. No descarto volver, pero cuando sienta que puedo responder a esa necesidad.

En pocas palabras

• Tiene 57 años.
• Es padre de Manuel y Camila.
• Debutó en 1977 con La lección de anatomía.

DZ/km

Fuente Redacción Z
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