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Cybersexo: Nos apareamos como conejos digitales

El Dr K dice que el sexo virtual es cada vez más común, pero que falta la piel. La intrépida Vera Killer, en cambio, decidió probar antes de criticar y acá cuenta qué le gustó.

Por Vera Killer
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Vera Killer

Mi primera vez fue algo que no planeé. Hablo de cybersexo, amigos, y el que esté libre de este divertido pecado, que prenda la primera cámara. Urgente.

Empezó medio como un chiste, pero fue tomando sentido mientras sucedía. Él y yo tuvimos unos muy buenos encuentros sexuales en vivo, fabulosos, de hecho, y después se fue a vivir a otro país. Seguimos en contacto, tratamos de ser amigos, pero la verdad es que nos la pasábamos coqueteando online.

Un día, un poco jugando un poco en serio, la charla pasó del “me compré un vestido” al “a ver cómo te queda” y en menos de un segundo ya se hablaba del “vestidito”. Desde el “cómo anda hoy el vestidito” hasta la foto del vestidito en cuestión fue cuestión de segundos. En ese entonces seguíamos intercalando bromas para matizar, pero de pronto el supuesto chiste se puso serio. “Creo que ese vestidito debería descansar”, dijo.

Como en cualquier primera vez fuimos de a poco. En el inicio fueron sólo fotos. Y cada uno llevaba adelante su faena en soledad. Nos relatábamos lo que habíamos hecho y la imaginación trabajaba mucho. Yo le mandaba imágenes mías de recién levantada, yendo a la ducha, en la ducha. Mi vicio, en aquel momento, era imaginar qué hacía él cuando las recibía, pero todo fue mucho mejor cuando me lo mostró específicamente. Y se duplicó la adrenalina cuando yo le mostré también.

Ahora, él pone el ritmo y yo lo sigo. Me gusta ver su cara mientras. Enloquezco cuando me pide que le muestre más piel y me cachondea hasta el delirio cuando hace dirección de cámaras para mejorar el ángulo de visión. En sólo dos sesiones logramos pasar de unos planos movidos y parciales a dos full frontal perfectos.

Hay algo en la vergüenza que estimula. Gritar de placer en una habitación en la que estoy sola, para una camarita web, es un poco difícil, pero trascender eso me da mucho morbo. También me descontrola el termostato cuando él me habla, más que nada si recuerda cosas que hicimos. más que nada si me cuenta cosas que hicimos. Si me dice cómo me sacó la ropa la primera vez o recuerda cada ambiente de mi casa en el que nos revolcamos, casi ni necesito tocarme para concluir la faena.

Es como una droga y resulta imposible no aumentar la dosis. Hace una semana que estoy embrujada, con un cosquilleo constante. El cybersexo no puede ser lo único, por supuesto, pero es un gran calentamiento, un hermoso mientras tanto, una estupenda promesa. No sabés todo lo que te voy a hacer cuando te agarre.

Fuente Redacción Z
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