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TEMAS DE LA SEMANA

Cultura: Basquiat, Larry Clak & co.; imágenes de la decadencia

Explosión expresiva de los hijos del sueño americano acunados por la tele.

Por M S Dansey
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Ocurrió a principios de los 80 en Disneylandia. La ardilla -el hombre vestido de ardilla con uno de esos trajes de cabeza inmensa- había terminado el número y buscó un lugar apartado donde sacarse la máscara y fumar un cigarro. El tipo estaba en eso, cuando un niño de los que nunca faltan, lo descubrió y rompió en llanto. El espectáculo -la cruda realidad de la trastienda del espectáculo- fue demasiado para su cabecita norteamericana. Quedó shockeado. La imagen se le volvió pesadilla y sus padres terminaron demandando al parque. Consiguieron sacarle una pequeña fortuna: mecanismos del gran sueño americano. La anécdota es de Paul McCarthy, uno de los siete artistas que forman parte de Bye Bye American Pie, la muestra del Malba (Figueroa Alcorta 3415, miércoles a lunes) que se perfila como una de las mejores del año.
Si Andy Warhol celebró el auge consumista de los 60, estos siete artistas bocetan el panorama de lo que siguió después, de cómo esa cultura modelada por Hollywood y trasmitida por televisión se fragmentó en múltiples subculturas, críticas, subversivas. «La producción de estos artistas profetiza la decadencia gradual de los Estados Unidos, no solo en su hegemonía económica y política, sino también como cultura y como ideal», dice el curador Phillip Larratt-Smith en el catálogo.
Para ilustrar el quiebre la figura indiscutida es Jean Michel Basquiat, artista negro, amigo de Warhol, que llevó el trazo del graffiti y los modales del gueto a las galerías neoyorkinas. La muestra reúne ocho obras que dan cuenta de la furia expresiva y la multiplicidad de recursos con que contaba este mártir -murió a los 28- del arte norteamericano de fines del siglo XX.
En la primera sala están las fotos del cineasta Larry Clark. La serie «Tulsa» (1963 y 1971), retrata en blanco y negro el mundillo de las drogas duras en un pueblo rural. Los jóvenes que vemos apuntándose con armas de fuego, tirados como muertos, bebiendo, riendo, picándose con heroína junto a un bebé, son los amigos y el propio Clark haciendo documentalismo crudo de su entorno inmediato. Nan Goldin hace más o menos lo mismo con una cámara barata y sus compañeros de juerga. «Balada de la dependencia sexual», se llama la serie de diapositivas en las que nuevamente una generación -1978/1996- se entrega al frenesí de los juegos sadomasoquistas. Las luces de la discoteca, del hotel alojamiento, del hospital bañan la palidez de los inicios del sida. La muerte como estética y cosmética.
Barbara Kruger y Jenny Holzer trabajan con el lenguaje. Holzer pone frases a jugar: informes desclasificados de Guantánamo y Abu Ghraib llevados a la categoría de «pintura». Kruger compone con textos e imágenes unos collages que recuerdan la estética soviética puesta al servicio del consumismo salvaje: «Compro, luego existo», dice uno de los carteles. Una humorada, pero también estrategia de supervivencia en un sistema con precio para todo. Cady Nolan es conocido por sus instalaciones con «restos culturales». Basura estratégicamente seleccionada y dispuesta de manera fría, en alusión a la pena de muerte, el asesinato de Kennedy, los crímenes del clan Manson. Los chillidos hacen todavía más desquiciadas las instalaciones. ¿Pero qué es ese maldito ruido? En la última sala, se levanta la escultura mecánica de McCarthy. Una pieza de tamaño considerable, tragicómica, horrorosa. Algo que no se suele ver en estos pagos. Aproveche los miércoles que la entrada es gratis, y véala con sus propios ojos.

DZ/LR

 

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