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TEMAS DE LA SEMANA

Centro Cultural Recoleta, invadido por privados

Entre 1988 y 2013 funcionó con “arreglos transitorios” sin pagar un peso. Ahora tiene un contrato precario y no informan cuál es el canon. Ocupa tres pisos del antes muy prestigioso Centro Cultural Recoleta, hoy casi un shopping de alquiler.

Por Marga Danchuk
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Tocar la esfera de cris­tal y sentir la emoción de ese rayo azul osci­lando entre la yema de los dedos y el centro de la lám­para de plasma es una de las ex­periencias más excitantes que un chico –y un grande– puede en­contrar en el Museo Prohibido No Tocar del Centro Cultural Re­coleta. Pero no es la única. Entre los favoritos rankea alto “la silla voladora”, como le dice un ena­no de ocho años a una silla que gira sobre su propio eje. Algo tan sencillo como eso, los enloquece. Y al mismo tiempo pone a prue­ba la fuerza centrífuga y su ten­dencia a alejar los objetos del eje de rotación. El remolino de agua que serpentea en una pecera gi­gantísima es otra de las atraccio­nes. Un niño aprieta un botón rojo y según la presión que impri­ma le da más o menos fuerza al tifón. No sabe del “efecto corio­lis” pero el efecto está ahí, ante sus ojos, para que no se lo olvi­de nunca.

Es cierto, el lugar está un poco deteriorado. Hay tableros con leyendas despintadas. Algu­nos botones no andan. Será la falta de mantenimiento pero so­bre todo el tránsito de tanto ni­ñaje. El Museo Participativo de Ciencias es un buen negocio. Los chicos pagan 50 pesos desde los cuatro años. Y los colegios, que deben pedir turno con dos meses de anticipación, pagan 35 pesos por alumno.

En su página de internet dice que el museo abrió sus puertas en 1988 y “a la fecha ha sido vi­sitado por más de millones de personas”. No está claro si la ci­fra está actualizada pero se pue­de calcular un promedio de 300 chicos por día. En vacaciones de invierno se pueden llegar a regis­trar entre mil y dos mil ingresos.

La fundación que lo dirige está encabezada por la especia­lista en Museos Amelia Orne­li y su marido, licenciado en Físi­ca, Roberto Rodríguez. Así figura en los papeles pero en la prácti­ca, según una empleada, la que dirige la institución es la hija del matrimonio, Nuria Rodríguez Ar­nelli, licenciada en Artes. “Nin­guno viene muy seguido”, afir­ma la chica. Después de dejarles varios mensajes que no tuvieron respuesta y ante la insistencia de un cronista de Diario Z, conse­guimos que nos atienda el direc­tor ejecutivo, Germán Noceti.

El emprendimiento, cuenta Noceti, surgió por iniciativa del matrimonio Rodríguez-Arnelli y un grupo de ex alumnos de Cien­cias Exactas de la UBA quienes “conveniaron” con el entonces director Osvaldo Giesso –gobier­no de Facundo Suárez Lastra– la ocupación de tres pisos del ala derecha. Pasando por el Patio de los Tilos, sobre la sala Cronopios, el espacio representa casi un diez por ciento de la estructura total del establecimiento.

Desde aquel acuerdo irregu­lar –porque la sesión del espacio público a un privado debe pasar por la Legislatura– la fundación fue arreglando distintos for­matos legales con las autorida­des de turno. Los permisos nun­ca estuvieron en orden. Siempre arreglos transitorios que no pa­saban los controles de la Pro­curaduría. En junio de 2010, el Gobierno de la Ciudad, presen­ta en la Legislatura un proyecto de ley (Nº 1526/2010 – Expte. Nº 2341/1998) que pretendía “con­validar el período de ocupación desde el año 1988 hasta la fe­cha”. Asimismo señalaba que “el permisionario ocupante será res­ponsable de las deudas que pe­sen sobre el inmueble y que sean imputables al período de ocupa­ción que se convalida”.

En los fundamentos el Ejecu­tivo señalaba: “Esta gestión per­sigue complementar un paseo provechoso para los distintos in­tegrantes de un grupo familiar” y es por eso que “a pesar de que los acuerdos mencionados fue­ron suscriptos por antiguas au­toridades del Centro Cultural Re­coleta sin ratificación de las áreas pertinentes, no puede obviar­se mencionar que las actividades desempeñadas han sido bien re­cibidas por el público y son consi­deradas útiles y fructíferas para el Gobierno de la Ciudad”.

El expediente no fue sancio­nado. Tuvo despacho de mayoría el 11 de noviembre de 2011, pero ni la cábala ayudó a las buenas intenciones. El diputado Marcelo Parilli, del MST, presentó una ob­servación lapidaria en la que ha­cía mención a un dictamen de la Procuración del 19 de noviem­bre de 1999, sobre la “ocupación ilegítima del predio”, señalando que durante este extenso perío­do –23 años– “la Fundación ha­bía reiterado incumplimientos en cuanto al pago del canon y de los servicios públicos”.

Los argumentos eran inobje­tables. El expediente pasó a ar­chivo. Y nada más se dijo hasta marzo de 2013 cuando se hace público –Boletín Oficial Nº 4118 – 22/03/2013– el llamado a licita­ción para ocupar el predio cinco años. Técnicamente un contra­to “precario”, el único que pue­de rubricar el Ejecutivo sin el aval de los legisladores. La licitación, la ganaron los ocupantes.

Noceti se muestra conten­to. Aunque piensa que el pro­yecto fue aprobado en la Legis­latura y no sabe dar detalles de la licitación ni del convenio dice que “todo fue cristalino y es la primera vez que nos dicen que está todo en regla”. Asegura que no había deuda con la Ciudad. Se disculpa porque no recuerda cuánto es el canon que pagan. Promete enviar éste y otros de­talles por e-mail pero luego del encuentro Noceti ya no respon­de más los correos electrónicos. Fuentes inobjetables del gobierno porteño, en riguroso off de record, le dijeron a Diario Z que, en abril, pagaron 25.000$.

El dolor deya no ser

Hay que reconocer, sin em­bargo, que el Museo es lo que mejor que funciona en “el Re­coleta”. Nadie puede defender la gestión del cordobés Clau­dio Masseti. Ni siquiera el propio Masseti que evita el contacto con la prensa y ante los requerimien­tos remite a su Ministerio. Poco queda de lo que fue. Hoy el Cen­tro Cultural no tiene premios ni convocatorias masivas que surjan desde adentro. No hay becas, ni residencias, ni programas signifi­cativos por afuera de la grilla de muestras. No es un centro acti­vo, como son los centros cultu­rales de Medellín o El Matade­ro y Casa Encendida de Madrid –convengamos que el prestigio­so centro cultural Reina Sofía po­dría ser un modelo–. Pero no hay que irse tan lejos, ni en espacio ni en el tiempo. No es el centro cul­tural que supo ser siempre. Cada tanto puede sorprender con una retrospectiva o alguna que otra exposición aislada pero no sólo hablamos de calidad sino de can­tidad ante la carencia. Es crítico el número de artistas visuales, músicos, performers que andan dando vueltas sin poder –ni que­rer– entrar en el sistema comer­cial que además es minúsculo y fragilísimo.

Mientras, el Recoleta aloja fe­rias comerciales con ingreso pago como Eggo y Buenos Aires Pho­to, festivales como el Puma Street Art y programas empresariales como los premios Itaú y Andre­ani. Se concesionan bares, se ha­cen presentaciones de produc­tos del Banco Ciudad y proyectos gubernamentales. Mezcla de Sa­lón de Usos Múltiples y Shopping Center, es triste su destino. Aho­ra nomás, la compañía Hush Pup­pies está ocupando una sala para presentar su línea de zapatos es­tampados por el plástico José Luis Anzizar. Muy bonito. Los publicis­tas simularon una mesa de dise­ño con restos de actividad crea­tiva para darle marco a la nueva colección de zapatos, que además no viene a innovar en nada. Sobre gustos no hay nada escrito pero la presencia –fuerte y solapada– de la marca, es al me­nos rara.

Se plantean entonces dos cues­tiones. La entre­ga del espacio pú­blico, que ya se ha demostrado, es política de Esta­do bajo la administración macris­ta. Y la del Centro Cultural con­cebido como actividad lucrativa. Habrá distintos puntos de vista pero existe el consenso de con­siderar al museo como servicio público. Que aun siendo admi­nistrado por una entidad privada deberá ésta rendir cuentas y ga­rantizar el principio de no exclu­sión. Un museo que se precie de tal está abierto al que quiera en­trar, al menos un día a la semana. No se le quita méritos al museo privado, ojalá sean muchos y muy buenos. La pregunta es por qué adentro del Centro Cultural Reco­leta, un bastión de la democracia. Hasta los detractores de tal o cual gestión deberán reconocer que siempre fue una usina creativa. No como la “fla­mante” Usina del Arte, en rigor, una caja sin estructura ni programa pro­pio. Una usina cul­tural en serio, una maquinaria de recursos humanos y materiales a favor de la creación individual y colectiva. Un centro vivo. Y gratuito.

Legislar contra la discrecionalidad

La Ciudad se debe una ley de museos. La nor­mativa en el tema, central a la política cultural de una ciudad como Buenos Aires, es en realidad un andamiaje de ordenanzas, resoluciones y leyes emparchadas de los últimos treinta años. Una ley marco que regule la actividad de museos es una lucha histórica en la Legislatura. Actualmente hay dos proyectos presentados, nunca puestos en tra­tamiento. Uno de la diputada Susana Rinaldi (Frente Progresista Popular) y otro del diputado Maximilia­no Ferraro (Coalición Cívica-UNEN).

Todo el arco opositor pide el tratamiento desde el inicio del gobierno de Mauricio Macri. Lo más cerca que se estuvo de una sanción fue cuando lo intentó el diputado Avelino Tamargo (PRO) conocido por sus negocios en la industria del espectáculo y –durante su paso por la Legislatura– por hazañas tales como proponer como ciudadano ilustre a Gerardo Sofo­vich. Tamargo fue de los que hicieron de la Comisión de Cultura una máquina expendedora de declaracio­nes de honor. La Ley de Museos de Tamargo además de escueta estaba llena de baches y nebulosas. En una jornada celebrada en la Legislatura los mismos directores de los museos criticaron el proyecto, que finalmente quedó en la nada.

Nuevamente este año la oposición va a insistir con el tratamiento y es posible que lo consigan aun­que en el PROya deslizaron que ciertas cuestiones no se negocian. Por ejemplo el concurso de las direccio­nes y sus plantas. Se sabe: el personal de museo es de los más precarizados del Ministerio de Cultura y de toda la administración pública. También es un área desfinanciada más allá del reciente reflotamiento del Museo de Arte Moderno y los fuegos de artificio como los del Museo del Humor que, como se dice en el ambiente, “es un mal chiste”.

La función y el grado de poder de las asocia­ciones de amigos y los proyectos de mecenazgo, la publicidad, en definitiva la actividad de los privados dentro de la esfera del museo público y un incre­mento en el volumen y la claridad de las partidas presupuestarias sin duda serán temas susceptibles de ser tratados.

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DZ/rg

Fuente Redacción Z
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