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TEMAS DE LA SEMANA

Cuando alquilar es un anhelo imposible

La historia de Luisa, de alquilar un PH de Palermo a ser propietaria en una villa de emergencia.

Por Lucila Rolon
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Luisa Morales llegó desde Perú para reencontrarse con su hermana en 1994. La trampa de la convertibilidad le guiñó el ojo para que se quedara hasta juntar la plata para pagar las deudas del tratamiento médico de su primer hijo, que nació con problemas respiratorios. Había estudiado enfermería 4 años y le faltaba uno solo para recibirse de licenciada.

Pero las cosas no salieron como esperaba. Y pasó de alquilar un PH de Palermo, a ser propietaria en una villa de emergencia en Chacarita.

Luisa recuerda sus primeros años en Palermo, en Costa Rica y Fitz Roy, donde habían alquilado a un dueño directo sin la necesidad de presentar una garantía: «El señor era dueño de todos los PH. Solía venir sin avisar. Era como el abuelo de todos. Se quedaba a comer y, a veces, a dormir la siesta en alguna de las casas», recuerda. Así que una vez, Luisa y su familia tuvieron un dormitorio, un patiecito, una cocina amplia, un comedor, un cuarto cálido y luminoso para los chicos. Hasta que el señor se murió y sus hijos decidieron vender el terreno a una constructora inmobiliaria. Comenzaba 2008.

Sucedió en un momento especialmente inoportuno. El marido de Luisa estaba en terapia intensiva por problemas respiratorios graves y acababan de despedirlo de la pomposa pizzería palermitana La Dorita, en la que trabajaba como jefe de cocina. Pero Luisa no se daba por vencida: tenía 33 años, 5 mil pesos para salir a alquilar y la urgencia de conseguir una vivienda para su familia. Además, ofrecía pagar diez meses de alquiler por adelantado a modo de garantía. Su cuñado le prestaría la diferencia para el mes de adelanto, el mes y medio de comisión y los gastos administrativos que establecen las inmobiliarias a cargo del futuro inquilino. Pero ninguna inmobiliaria quiso alquilarle una casa sin garantía.

Luisa primero fue quedándose a dormir con diferentes amigos. Así pasó quince días junto a Alejandro y André, sus hijos, que por entonces tenían 13 y 3 años. Pero llegó el otoño y aún no había solución.

Una tarde o una noche, Luisa ya no tenía adónde ir. Estaba en aquella placita de Colegiales donde llevaba a sus hijos después de regresar de sus dos trabajos, y de pasar a buscarlos por el colegio y por el jardín. «Yo te veo acá hace varios días. ¿Tenés algún problema?», le dijo una mujer. Por miedo, Luisa respondió que no. Pero la mujer siguió hablando. Horas más tarde caminaban hasta Gurruchaga y Velazco, a una casa tomada: 36 habitaciones. 250 personas. 1 baño.

Vivieron allí un año y medio hasta que los desalojaron a todos. Pero Luisa se había informado, se había contactado con agrupaciones y funcionarios que le explicaron sobre subsidios y cuestiones judiciales: «Así descubrí el mundo de la política», cuenta. Antes de que se produjera el desalojo, cada familia obtuvo el subsidio para emergencia habitacional. «En ese momento nos entregaban el pago de diez meses de una sola vez más seis meses de alquiler según el presupuesto que tenía que presentar cada familia. Esto hacía que pudiéramos alquilar algo». Así que Luisa y su marido lo intentaron de nuevo. Tampoco tuvieron suerte esa vez.

Hace tres años que Luisa y sus hijos viven en Fraga 900. La nueva villa de Chacarita, como dicen los medios, está poblada desde hace seis años pero, en los últimos tres, multiplicó la cantidad de habitantes. Hoy suma nueve manzanas. Cansada de buscar, con quince mil pesos que reunieron entre el subsidio y sus ahorros, le compró a un cartonero un terreno de 30 metros cuadrados. Firmaron un papel que elaboraron ellos mismos a modo de boleto compra-venta «con testigos, para que no haya dudas en un futuro». En la villa no había servicios de luz, ni agua, ni camiones que fueran a destapar diariamente las cloacas, como sucede en otras, como la 31: «No pude soportarlo. Yo sé que esto no es habitable. Pero, dentro de todo, tengo un techo. Y yo lo hago habitable para mis hijos».

Mientras pelea por mejores condiciones para su barrio, Luisa trabaja en un gimnasio, en el área de mantenimiento y por la tarde, limpia y perfuma las casas de estudiantes que alquilan departamentos amueblados.

Son las nueve de la noche de un día cualquiera y, cerca de la casa de Luisa, una chica grita con todas sus fuerzas: «¡Steven! ¡Steveeeeeeeen!» Silencio durante uno, dos, tres segundos. Steven responde igual, a grito pelado, desde alguna casita: «¡Voy a ser papáaaaaaaaa! ¡Vaaaaaaamos, caraaaaaaajo!» Los vecinos le gritan. Lo aplauden. A Luisa se lo preguntaron mil veces: ¿qué hacés si mañana vienen y te desalojan? Ella responde siempre lo mismo, sin dudas: «Me paro en la puerta con mis dos hijos y que la topadora nos pase por encima. De acá me voy a una casa digna. O al cielo».

Fuente Redacción Z
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