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TEMAS DE LA SEMANA

Costanera Sur y Reserva Ecológica: la eterna especulación inmobiliaria

Miles de porteños llegan cada semana en busca de un poco de naturaleza.

Por Alejandro Guerrero
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Unas 60 mil personas recorren cada fin de semana la Costanera Sur y su aledaña Reser­va Ecológica. Hay, entre ellos, de todo un poco: ciclistas, aerobistas, caminantes o, simplemente, toma­dores de sol o acampantes de un día o una tarde. Después de todo, esas 335 hectáreas de espacio ver­de están apenas a unas cuadras del Centro y desde ellas se ven las to­rres de la City. En esa tranquilidad, las amenazas parecen lejanas pero están ahí. Fueron algo más de 300 los incendios en la Reserva durante los últimos 15 años, la mayoría de ellos intencionales. Los complejos de torres en Puerto Madero, como esa de 47 pisos que hace un lustro construyó la empresa de Bernardo Dujovne, ex rector provisional de la UBAy decano de Arquitectura, procuran avanzar sobre la Reserva que parece partir al medio ese ba­rrio de lujo, que encuentra su pro­longación en la ex Ciudad Deporti­va de Boca Juniors.

Tiene su historia, por cierto, esa Costanera Sur.

Calzoncillos, prohibidos

Dicen las crónicas de la época que el 11 de diciembre de 1918 fue sofocante. Desde poco después del mediodía, bajo ese sol candente, coches de plaza, victorias y autos descapotados marcharon en hile­ra hacia la ribera del río, lo cual in­dicaba que algún acontecimiento social de alguna importancia mo­vilizaba a la aristocracia porteña. Al llegar a la playa, señoronas y se­ñoritas de vestidos largos, y caba­lleros de atuendo formal y cabezas cubiertas con ranchos, bombines y hasta galeras, se descalzaban para caminar, zapatos en mano, por la vera del Plata.

A las 6 de la tarde llegó el inten­dente, Joaquín Llambías, el hom­bre que impulsó la Construcción de esa Costanera después de las obras del nuevo puerto, dirigidas por Francisco Madero y plagadas de denuncias por corrupción. No faltaron el Himno, la bendición de las aguas por un obispo y ni siquie­ra los 21 cañonazos de estilo. De­trás de las autoridades, de los aris­tócratas y sus señoras e hijas, del obispo y la banda municipal, casi 100 mil personas se habían agol­pado para curiosear. Estaba inau­gurado el Balneario Municipal.

Eran tiempos lustrosos de la Argentina ganadera, y la Costane­ra Sur fue parte de ese lustre. So­bre la terraza del espigón con es­calinatas al río -una arquitectura osada para la época- se pusieron jardines al estilo de los de Versai­lles, se plantaron tipas y acacias, y se importaron de Francia farolas y maceteros de bronce.

Eran los tiempos en que los criadores se solazaban en las pol­tronas del Jockey Club con un chiste de época: «En la Argenti­na -decían- nunca habrá crisis mientras los toros no se vuelvan homosexuales». Ya verían cómo la crisis los reduciría a astillas sin que hubiera cambiado la orientación sexual de sus toros, pero no era el caso en 1918, cuando todavía, al decir de Louis-Ferdinand Céline en su Viaje al fin de la noche, la indus­tria argentina de carnes congela­das adquiría «las proporciones de una fuerza de la naturaleza».

En 1923, otro intendente, Car­los Noel, dictó un reglamento para el uso de las instalaciones del bal­neario. Era obligatorio, decía la nor­ma, usar «traje completo de baño, de malla (mamelucos) o pantalón y saco, debiendo hallarse todas las prendas en buen estado (…) se pro­híbe el uso, para los baños, de cal­zoncillos comunes o de punto (…) los bañistas deberán proveerse de toalla y deberán permanecer (…) sólo media hora en el agua».Por

Por supuesto, nada de mezco­lanzas sexuales: los nenes con los nenes y las nenas con las nenas. Un espigón alargado separaba la fran­ja playera en la que sólo podían ba­ñarse mujeres de la que únicamen­te podía ser usada por hombres. Además, había duchas, 380 casi­llas individuales para que el público guardara sus pertenencias, y can­chas de fútbol, de tenis y un gim­nasio para los niños. Se llegaba con un tranvía que venía desde Lacroze, o en «bañaderas», esos micros des­capotados que en aquel caso llega­ban desde el conurbano.

Rápidamente, sur­gieron en la zona res­toranes y confiterías que se transformaron en un polo de la actividad cultural de la Ciu­dad: músicos y artistas de variedades actua­ron allí por centena­res. Hubo bailes y cele­braciones carnavaleras junto a ese río de sue­ñera y de barro, como lo describió Borges.

De la decaden­cia a la Reserva

El auge del pa­seo duró poco menos de tres décadas. A fines de los años 40, empezaron a sentir­se los problemas de la contaminación de las aguas y las restric­ciones para bañar­se. Además, el acce­so creciente a la zona portuaria comenzó a aislarla, a se­parar progresivamente a la ciudad de su río. A mediados de los 70, cuando la dictadura, con su polí­tica de Atila, acumuló ahí, como en un basural gigantesco, los es­combros de las demoliciones, la Costanera dejó de ser tal y quedó separada del Plata por la monta­ña de mugre. Sin embargo, como de alguna manera la vida se abre paso, ese desastre generó la crea­ción, de manera por completo ca­sual, de la actual Reserva Ecológica.

Espontáneamente, sobre los escombros acumulados, sobre ese pedazo de río «rellenado», comen­zaron a desarrollarse distintas co­munidades vegetales. Surgieron, según los expertos, a partir de se­millas presentes en el sedimento, transportadas por el viento o dis­persadas por animales. Al mismo tiempo, al proporcionar refugio y alimento, las plantas permitieron el establecimiento de poblaciones animales. Poco después, lagunas y pastizales convocaron a pasean­tes, observadores de aves y aman­tes de la naturaleza a esa especie de pequeña selva, a pasos del cen­tro financiero de la Ciudad.

El 5 de julio de 1986 le lle­gó a la Reserva su reconocimien­to oficial. Ese día, el Concejo De­liberante de la Ciudad sancionó la ordenanza 41.247 que da protección al área. Desde enton­ces, arreciaron los intentos por desguazar los bosques y pasti­zales a partir del cálculo de lo que cotizaría ahí el metro cua­drado de terreno. Sin embar­go, como la vida, la Reserva se abrió paso, también ella, hasta convertirse en patrimonio de la Ciudad, como subsiste, aunque ya sin río, la vieja Costanera Sur que en otros tiempos fue reflejo del esplendor perdido.

DZ/km

 

Fuente Redacción Z
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