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TEMAS DE LA SEMANA

Converti: «El gran debate futuro es la planificación del territorio»

El experto en diseño urbano Roberto Converti reflexiona sobre cómo integrar la región metropolitana y cómo integrar las villas al resto de la Ciudad.

Por Juan Carlos Antón
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Amante del barrio de La Boca, el arquitecto Roberto Converti –63 años, casado, tres hijos– es un apasionado por la ciudad de Buenos Aires. La piensa, imagina mejoras y con su estudio suele tener la posibilidad de llevar a la práctica algunas de ellas. “La ciudad más rica es la que uno puede atravesar, recorrer, caminar sin pedirle permiso a nadie. Integrada. Hemos tomado cantidad de proyectos, incluso con operadores privados que tenían la idea de hacer un barrio cerrado y nosotros los hemos llevado a hacer uno abierto. Charlamos mucho y los convencimos”, señala.

Galardonado con el Premio a la trayectoria de la Bienal de Arquitectura de Buenos Aires en 2009 y el Ventanas al Mundo 2007, entre otras distinciones, Converti recibe a Diario Z en su oficina del centro porteño para diagnosticar los desafíos y dificultades de la flamante etapa política: “Es época de pensar en escala metropolitana, más teniendo en cuenta que Buenos Aires y la Provincia tendrán una visión común. Es hora de pensar la integración de la ciudad y su conurbación más cercana. Esto tiene que ver con el transporte, el tránsito y la cuestión de dónde habita la gente. El gran debate futuro, teniendo en cuenta el crecimiento sostenido que ha tenido en los últimos años la región metropolitana, es sin duda la planificación del territorio y la planificación humana”.

¿Es positivo que Ciudad, Provincia y Nación estén gobernadas por el mismo signo político?
En principio rompe un mito. No se le puede echar la culpa a nadie. Se decía “no me vienen los fondos”. Es cierto, correcto. Uno podría entenderlo. Pero ahora ya no se puede pensar la ciudad con esas divisiones, hay que pensar en escala integrada con el conurbano.

¿Hay indicadores previos de integración con el conurbano?
Yo creo que es muy distinto hacer un Metrobús que planificar la integración de la ciudad. Ese mapa de la ciudad integral es el desafío que falta. Se trata de pensar la humanidad de la ciudad, hay que hablar de territorio, hablar de gestión.

En general, a donde la gente va a vivir responde más a cuestiones espontáneas que a una planificación.
Así es. En los últimos 30 años, salvo cuando se decidió trasladar la capital –tema que después se abortó–, la cuestión de qué hacer con la ciudad no estuvo en la agenda. En la actualidad, el valor de las ciudades y su sustentabilidad en términos económicos, ambientales y territoriales es fundamental. Hoy en día las estructuras económicas de un país se generan en términos de ciudades. La separación por provincias ha perdido valor. Son las ciudades las que arman la agenda. Todavía la Argentina no ha pensado en estos términos. Sí se piensa en nación pero no en su territorio por partes o en su geografía como diversa. Así se pierde el valor de la diferencia y de la economía por sectores.

¿Cómo hacer para tener una ciudad mejor?
Hace unos años el arquitecto inglés Norman Foster, en una conferencia que dio aquí, hablaba del tema del tránsito y el transporte dentro de Buenos Aires y dijo que para que se cuide la ciudad, tiene que haber orgullo cívico. La idea es que el ciudadano se sienta parte de su ciudad, que de alguna manera esté incapacitado de andar tirando basura, vandalizando o destruyendo el transporte o el mobiliario público. Cuando uno habla de organización de la ciudad, no puede hablar simplemente de edificar, en el sentido de obra pública y privada. Ésa es una parte de la cuestión. Una ciudad como Buenos Aires es un bien común.

¿Cómo genera ese sentimiento en los ciudadanos?
No tiene que ver simplemente con administrar presupuesto o generar una economía específica de tal tipo o construir algunas obras. Eso está claro que hay que hacerlo porque deben darse respuestas. Pero lo que hay que hacer es gestionar vínculos humanos. Hoy en día lo que más preocupa es cuando se sale a la calle y hay violencia urbana, inseguridad, no reconocerse en el otro. Uno camina por diferentes barrios porteños y ve un tránsito reconocible, un panorama similar. Ahora apenas vas un poco más lejos, a la provincia, cambia.

¿Por qué?
Tiene que ver con que hay un desorden social, un desorden de formas y vínculos y maneras de instalarse en la sociedad, en la ciudad, en los modos de ocupar el espacio público y privado que empiezan a no tener identificación con lo normal. Es decir, no hay reglas con las cuales nos podamos sentir identificados. Y ése no es un punto secundario porque en la medida que haya reglas, el que tiene la necesidad, como todos, de venir a Buenos Aires y ocupar un lugar para vivir no buscará como primer lugar una villa. Yo nací hace más de 60 años y uno de los puntos que más recuerdo es que la precarización siempre existió pero también es cierto que era costumbre tener el comentario de que de esos lugares la gente quería salir. Y salía.

De hecho eran villas de emergencia, no para quedarse.
Claro. Pero lo que parecía transitorio o de emergencia, resultó ser que ésa es hoy la ciudad. Acabo de vivir una experiencia muy interesante respecto de esto. Nosotros trabajamos en un proyecto en Lima, la capital peruana. Es una ciudad con una enorme cantidad de habitantes y muchas villas. Tiene mucho del aspecto de lo que se construye en la 31 y lo que para acá es informal y está bien segregado, allá es directamente la ciudad. Entonces esa ocupación espontánea no se vive tan dramáticamente. Esa autoconstrucción coloca al ciudadano en un actor que va comprendiendo reglas, que va actuando. Empiezan a tener movilidad social y las casas mejoran. Decrecen los prejuicios. No estoy diciendo, por supuesto, que está todo bien ahí.

Ni que tomemos a la ciudad de Lima como un ejemplo.
Tampoco. Pero lo que quiero decir es que nosotros vivimos esos lugares precarios como irregulares, conflictivos, marginales. Eso lleva a que el problema a resolver sea más grave.

Urbanizar las villas sería una manera de llegar a mayor integración.
Yo creo que en Buenos Aires nunca se han dado cuenta de que estos crecimientos que en algún momento eran manchas pequeñas y hoy son enormes, tienen impacto y no sólo en quien los habita. Nosotros trabajamos con el tema puerto y nos encontramos con que en Buenos Aires en el medio del nodo logístico portuario, aéreo, de transferencia de cargas, ómnibus y autopistas apareció la villa 31. Es ese espacio oculto que evita ni más ni menos que todo se vincule con todo. Al mismo tiempo no hay posibilidad de crecimiento y no hay espacio público. En general, las villas han puesto en conflicto las relaciones y vínculos y crecimientos de la ciudad. No digo que esté mal que se ocupe espacio sino que cuando uno tiene demandas tan altas de ocupación hay que preverlas.

El tema es que ya no se previó. ¿Qué hacemos ahora? ¿Hay que sacarlas?
No. Hay que tener una enorme capacidad de intervención para regular ese orden. No digo desorden. Ahí hay un orden. Tienen su propio modo de vivir. Incluso se dice que hay una especulación inmobiliaria tremenda.

¿Qué piensa del concepto de urbanización de villas?
En principio se trata de identificarla y darle su pauta de orden en el espacio público. Si hay que sacar cuatro casas, se sacan; también revocar, pintar. No es decir “andate”. Es acompañar e integrar. Ése es el gran tema de la época. Y dicho en un buen sentido, infiltrar.

¿Cuál sería un ejemplo?
El espacio público se transforma cuando por ejemplo se puede construir un centro cultural de buena arquitectura. Supongamos que a la Villa 31 llegue un edificio como el del Malba. Eso genera transformaciones y ahí aparece el concepto de orgullo cívico. Antes el que vivía ahí no tenía nada y si le ponen una calle, o un centro cívico, empieza a generar pertenencia. El tema es generar otro tipo de hábitat. Ambos, los asentamientos y los barrios cerrados, deberían empezar a reconocer a la ciudad como ciudad abierta, integrada.

¿Usted opina que lo que se necesita es un cambio de mentalidad?
Nosotros lo que hacemos es charlar mucho. El privado lo primero que pide es la seguridad. Si uno hace la estadística de los 15 millones que viven en el área metropolitana de Buenos Aires, en realidad no deben ser ni el uno por ciento los que viven en barrios cerrados. La mayoría habita sitios abiertos. Lo que pasa en el imaginario colectivo es que hay que estar encerrado, enrejado.

¿Y eso cómo se explica?
El problema es que ningún gobierno ha permitido trabajar sobre un buen espacio público, sobre un lugar que identifique calidad de vida. Lo cierto es que las ciudades tienen algo que es fantástico: una comunidad que permite, si se la trata y organiza bien, construir relaciones humanas más directas y más posibles en términos de la accesibilidad. Ése es el gran desafío.

Perfil: Arquitecto y docente de la UBA.  Fue decano de la Universidad de Palermo y es docente de la Universidad Di Tella. Secretario de Planeamiento de la Ciudad (1996) y presidente de Corporación Antiguo Puerto Madero (2000-2002).

 

DZ/ah

Fuente Redacción Z
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