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Confitería Del Molino: un clásico en peligro de derrumbe

El histórico edificio de Callao y Rivadavia permanece cerrado desde 1997 y se encuentra muy deteriorado. El proyecto para recuperarlo perderá estado parlamentario si no se trata antes de noviembre.

Por Juan Manuel Bordon
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Hace casi un siglo, cuando abrió sus puertas allá por julio de 1916, la Confitería del Molino tenía aspiraciones y futuro de grandeza. La adornaban mármoles, vitraux y bronces mandados a hacer especialmente a Italia, contaba con la mejor pastelería de la época, salones para fiestas y hasta su propia fábrica de hielo.

El café ubicado a metros del Congreso y a pocas cuadras de la calle Corrientes no tardaría en convertirse en un hito porteño que mencionaron escritores como Roberto Arlt o Jorge Luis Borges e hicieron pie Carlos Gardel o Evita. También fue escenario extraoficial de buena parte de la historia política de la Argentina.

Sin embargo, en el mes que cumpliría 98 años, su futuro parece ser incierto y algunos incluso aventuran que avanza hacia una especie de demolición por abandono. Es que desde que en enero de 1997 la histórica confitería bajó sus persianas, en un supuesto cierre por vacaciones, todos los proyectos parlamentarios que proponían restaurar el edificio quedaron cajoneados o se disolvieron en distintas instancias. El último de ellos, que recibió media sanción en el Senado en 2012, perderá estado parlamentario si no se aprueba en Diputados antes de noviembre de este año.

El filósofo y ex senador Samuel Cabanchik fue uno de los principales impulsores de ese proyecto de expropiación que apunta a que la vieja confitería sea concesionada para financiar con esos ingresos el armado –en el resto de los pisos del edificio– de un anexo del Congreso, en el que funcionarían un museo y un centro cultural. A Cabanchik le resulta curioso que su proyecto haya caído en el olvido, ya que tanto el oficialismo como la oposición habían mostrado interés en que saliera adelante. Incluso, dice a Diario Z, encajaba con el plan de Julián Domínguez, presidente de la Cámara de Diputados, de armar una suerte de “manzana legislativa”, integrando los anexos de la Cámara que existen actualmente.

El proyecto de Cabanchik coincidió con otro similar que el diputado Roy Cortina (PS) promovía en Diputados. Cuando vio que le habían ganado de mano, Cortina (que presidía la comisión de Cultura) decidió apoyar el de Cabanchik: sin embargo, pasaron casi 20 meses de aquella media sanción en el Senado, el socialista ya no preside la comisión de Cultura en diputados, Cabanchik ya no es senador y la sobrevivencia del proyecto de expropiación ha entrado en cuenta regresiva. “El caso de la Confitería del Molino es raro, no es que no quieran el proyecto en Ciudad o Nación sino que es como si tuviera mala suerte el edificio. Todos tienen intención de hacerlo pero no se hace: o se cae en Cámara o un sector del oficialismo se opone o lo frenan opositores para hacerle la guerra al oficialismo”, comenta a Diario Z.

Esa historia no es nueva. El mismo año en que cerró la confitería ya se presentó un plan para reabrirla, sin éxito. Luego, a fines de 2006, un proyecto de expropiación parecido a los actuales que impulsaba Jorge Coscia se aprobó de forma unánime (172 a 0) en la Cámara de Diputados, pero también se terminó cayendo: según a quien se le pregunte, se dice que fracasó por falta de decisión política o porque los herederos estaban en medio de un conflictivo proceso de sucesión. Entre medio, también se presentaron proyectos semejantes en la Legislatura porteña que fueron quedando en el aire.

Historia célebre
La vida de la Confitería del Molino ha estado marcada por la del Congreso aún antes de existir como tal. La historia se remonta a principios del siglo XX, cuando los pasteleros de origen italiano Constantino Rossi y Cayetano Brenna tuvieron que mudar su confitería ubicada en las actuales Rivadavia y Rodríguez Peña, cerca de un molino harinero del que había tomado prestado el nombre, debido a la construcción de la Plaza Congreso. La nueva ubicación fue la esquina de Callao y Rivadavia, donde funcionó a partir de 1905, pero con un aspecto muy distinto al actual.

Tras comprar en 1915 los dos edificios vecinos, Brenna decidió emprender una ambiciosa obra: unificarlos en lo que sería una de las construcciones más altas, lujosas e imponentes de la ciudad. El plan era contar con un subsuelo para producir la pastelería, planta baja para confitería, primer piso para los lujosos salones de fiesta y pisos superiores con departamentos de alquiler.
El encargo que le hizo al arquitecto Francisco Gianotti también incluía una condición: la obra debía adaptarse al funcionamiento de la confitería, que no podía cerrar. En los trabajos de refacción fue clave el hermano del arquitecto, Bautista Gianotti, que fabricó y envió desde Italia puertas, ventanas, columnas de mármol, cientos de metros de vitraux, manijas y otros detalles de bronce. “Esta confitería, junto a la Galería Güemes, son por calidad y tamaño los máximos referentes del art noveau en Buenos Aires, pero es además un ejemplo rarísimo en el mundo por su influencia holandesa. La mayoría de los arquitectos de esta movida eran franceses o italianos, como Gianotti, pero para este proyecto él tomó tanto el diseño de la torre como de las aspas de un molino holandés”, cuenta Willy Pastrana, presidente de la Asociación Art Noveau de Buenos Aires.

La Nueva Confitería del Molino se inauguró el 9 de julio de 1916 y rápidamente se convirtió en un emblema porteño. Entre sus exquisiteces figuraban las almendras azucaradas que el poeta Oliverio Girondo comparó con los “dulces ojos” de las muchachas de Flores; el Imperial Ruso, que Brenna creó como homenaje a la desterrada dinastía Romanov después de la revolución de 1917; y también El Leguisamo, un postre que según la leyenda le encargó el propio Carlos Gardel para homenajear a su amigo, el jockey Ireneo Leguisamo, aunque tanto la creación del postre como la anécdota también se la atribuye otra de las grandes confiterías porteñas, Las Violetas.

La historia hizo varias paradas en la Confitería del Molino. La frecuentaron Evita Duarte, Niní Marshall y políticos como Alfredo Palacios, que prácticamente la utilizaba como segunda oficina y lugar de inspiración para escribir sus discursos. En 1930, durante el golpe de Estado contra Yrigoyen, las tropas de Uriburu la incendiaron porque supuestamente les habían disparado desde las ventanas del edificio. Roberto Arlt fue testigo de parte de ese episodio y lo contó en “Donde quemaban las papas”, una de sus aguafuertes porteñas. Allí el escritor de Boedo relata que “de los altos de la confitería del Molino salían pequeñas nubecitas de polvo o humo. No sé”. También Borges y Bioy Casares se refieren varias veces a una barra que se reunía en la confitería en “Más allá del bien y del mal”, relato del libro Nuevos cuentos de Bustos Domecq.

Conducen a nada
Tras la muerte de Brenna a fines de la década del 30, la confitería pasó por varias manos hasta que finalmente fue recuperada por sus nietos, que la manejaron hasta el sorpresivo cierre en 1997. Desde entonces el edificio ha estado abandonado, aunque se sabe que en su interior se alquilan departamentos de manera irregular. “El último relevamiento arquitectónico lo hicimos entre septiembre y octubre de 2013 y, aunque no pudimos acceder al interior, se calcula que al menos parte de los bronces y vitraux ya se vendieron”, cuenta Pastrana, de la Asociación Art Noveau. “La situación en el exterior no es mucho mejor, está muy deteriorado. A mí me resulta increíble, por ejemplo, que aún se mantenga en pie la marquesina de vitraux. Y que por lo menos no se hayan robado los bajorrelieves de bronce.”

Por su ubicación estratégica y su llamativo aspecto, distinto a cualquier otro edificio de la ciudad, la Confitería del Molino siempre ha cosechado amigos y admiradores. Aunque la fotógrafa Paula Acunzo nunca vio la confitería en su esplendor, ni se paseó por sus lujosos salones, conocidos como El Versalles y El Gran Molino, durante toda su infancia escuchó en boca de un tío relatos e historias que transcurrían en la mítica confitería. “Por mi edad, llegue a verlo por dentro sólo en 2005, cuando abrieron uno de los pisos para La Noche de los Museos. Pero él me contaba que tenía un molino de neón y muchas otras cosas”, cuenta. Un día, mientras pasaba por esa esquina abandonada, decidió armar a través de Facebook la “Agrupación para que se restaure la Confitería del Molino”, que desde hace varios años organiza actividades en la esquina de Rivadavia y Callao reclamando la restauración del edificio.

A esa página de internet les han llegado todo tipo de denuncias y rumores: que las estatuas que adornaban el frente fueron a parar a un bar de Belgrano, que en su interior se alquilan habitaciones y se fraccionan estancias a piacere, que los dueños piden precios multimillonarios por el edificio porque al ser patrimonio nacional están exentos de cualquier gasto de impuestos o mantenimiento, etcétera. “La sensación que uno tiene al ver lo que ha pasado es que acá están esperando y que cuando se cae, se cae. Ya está. Es por eso que los únicos proyectos viables pasan por la expropiación”, comenta. En su página de Facebook, los miembros cuelgan imágenes de cómo podría verse la opaca fachada de la confitería en caso de ser restaurada así como otros recuerdos de las épocas de esplendor, desde fotos históricas hasta imágenes de una servilleta con el logo de un molino que alguien guardó durante décadas.

Un funcionario nacional que prefirió no aparecer nombrado en esta nota cuenta que en realidad él cree que actualmente hasta los dueños también están apostando a la expropiación del edificio. Hay una ley de la Ciudad que obliga a mantener la fachada de los edificios antiguos, básicamente porque pueden ser un peligro para la gente que pasa por la vereda, pero “en este caso incluso se les mandó una nota para advertirlos y no pasó nada”, comenta. El problema, señala, es que más allá de la posibilidad de que los legisladores aprueben la expropiación y aparezcan los fondos, lo que falta resolver es lo que vendrá después: cómo mantener y restaurar un edificio que tras década y media de abandono y hermetismo, nadie sabe con certeza en qué estado se encuentra. Una clave para la restauración es recuperar el equipamiento de la confitería, por ejemplo, pero no está claro si todavía se encuentra en su interior o fue vendido irregularmente.

Por ahora, mientras la posibilidad de expropiarlo corre otra vez contrarreloj en el Congreso, el brillo de ese edificio emblemático sólo se puede ver en fotos antiguas, videos con algunas veladas de tango o en un videoclip que Madonna grabó mientras estaba en Buenos Aires filmando la película Evita, justo un año antes del cierre definitivo de la confitería.

El título de la canción que la diva cantaba en uno de sus salones, “El amor ya no vive aquí”, hoy parece casi una ironía.

dz / fs

Fuente Redacción Z
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