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Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
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TEMAS DE LA SEMANA

Cómo es vivir en el complejo Soldati

De un edificio muy bien pintado cayó Cristian y murió. La baranda estaba suelta. Detrás del maquillaje, el colapso: ni gas ni ascensores, y ríos de agua servida.

Por Franco Spinetta
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Es mediodía y los chicos salen de la escuela, como todos los días. Guardapolvos blancos van y vienen en grupo, jugando y saltando, empujándose.

De repente, tres adolescentes cambian el rumbo y caminan hacia el Nudo 10. Cruzan una plaza inundada con agua podrida por un sendero de cemento picado y se frenan, en fila india, detrás de las fajas que encierran un cuadrado con manchas de sangre. Miran hacia arriba. “De ahí se cayó el Cristian”, dice el más alto, con el pelo rapado, corte de futbolista. Señala una baranda destruida del quinto piso, que tiene una cinta de la Policía Federal.

Se equivoca: el accidente que conmovió al barrio en la medianoche del viernes 4 de septiembre fue un piso más arriba. Cristian, de 17 años, y dos amigos (Nihuel, de 13, y Gastón, de 15) estaban correteando en uno de los edificios cuando se apoyaron en una baranda que estaba desenganchada y cedió. Dicen los vecinos que antes de caer, Cristian llegó a tomarle la mano a Nihuel, y éste a Gastón que todavía tenía los pies en el edificio. Fue en vano: los tres cayeron al vacío. Cristian murió una hora después. Los otros quedaron internados, con pronóstico reservado.

El hecho despertó indignación. Si de algo saben en el complejo Soldati es de mentiras, promesas y leyes incumplidas, muertes y desidia. Los vecinos comenzaron a movilizarse, con la esperanza de que de una vez por todas se salga de la emergencia edilicia decretada hace ya 14 años.

Lo esencial es invisible a los ojos, decía El Principito. No hablaba del complejo de Soldati, pero casi. En abril de este año, el Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC) festejó con banderines y globos el “final de obra” junto al jefe de Gabinete, Horacio Rodríguez Larreta. “La puesta en valor del complejo habitacional Soldati es una realidad que hoy viven y disfrutan los vecinos”, tuiteó la cuenta oficial del IVC.

Los monobloques prolijamente pintados de verde y beige recortan el paisaje, imponentes, entre las calles Mariano Acosta, Veracruz y las avenidas Lacarra y Coronel Roca. Están rodeados de verde. Hacia el sur, el Parque Roca. Hacia el oeste, el Parque de la Ciudad. Son 109 edificios, 3.260 viviendas. Una mole de realidades superpuestas. De historias sangrantes. Un complejo.

Desde lejos, el edificio de la tragedia se ve lindo. Como el resto del nudo (un conjunto compuesto por cuatro edificios), está pintado de color beige. Apenas uno se asoma a la puerta de ingreso, la cosa cambia. Un caño cloacal, expuesto, estuvo hasta hace un rato emanando mierda luego de que colapsara. “Esto no es nada, hay veces que el agua llega hasta el edificio de enfrente”, explica Adrián Moure, y señala con el brazo derecho una extensión que recorre unos 25 metros de pasto seco y tierra.

El interior del edificio tiene todas las marcas del abandono. La escalera que conduce hasta el sexto piso es una sucesión de parches, alambres y hierros improvisados por los propios vecinos para evitar caídas. Pero los parches comenzaron romperse y algunos escalones tienen que evitarse. Ellos ya los conocen: se acostumbraron. “Esto es peor que una villa”, dice Beatriz Torres, y sabe de lo que habla: “Vivía en la Villa 31 y hace 20 años, como estaba sobre la traza de la Autopista Illia me ofrecieron mudarme acá pagando por un departamento propio”. Beatriz abre la puerta de su casa. El olor a humedad es penetrante. Ella se agita y las palabras le salen a borbotones: “No se puede vivir así m’hijito, no se puede, mire cómo tengo el lavadero, mire esta habitación, no se puede usar porque cae agua todo el tiempo del techo. Tuvimos que cortar la luz después de que mi hija se electrocutara”.

Beatriz vive en el segundo piso del edificio donde perdió la vida Cristian. “Era seguro que iba a pasar algo así, vamos que le muestro”, invita.

La escalera sigue. Y se pone cada vez peor: hay escalones literalmente colgando en el aire. Es sólo cuestión de tiempo. En el quinto piso, luego de la tragedia pusieron una cinta de protección, pero la baranda está igual (o peor) que la del sexto. “Me pone muy mal todo esto, porque le puede pasar a cualquier ser querido, no podemos vivir así”, dice cada vez más agitada Beatriz.

El Nudo es el nombre con el que los vecinos bautizaron al centro de los monobloques que están comunicados por puentes techados. Ahí están (o estaban en la mayoría de los casos) los ascensores. Prácticamente todos están inutilizados, y los que andan están librados al buen oficio del santo de turno.

“Tenemos que movilizarnos, protestar por lo que nos corresponde. Esta tragedia tiene que servir para que cumplan con la ley que se votó en 2001 y que declaró a este lugar en emergencia”, se queja Arturo Fernández, docente jubilado, que hace 30 años vive en el barrio. “Nos quieren dar las escrituras de los departamentos para que el Gobierno se libere de este quilombo, pero no vamos a caer en la trampa”, agrega.

Además de la complejidad edilicia que atraviesan los monobloques, los vecinos también padecen la falta de servicios que no llegan sino hasta la puerta del barrio. Tampoco ingresan las ambulancias sin custodia policial y los bomberos tienen que llevar su propia bomba de agua porque no alcanza la presión para las mangueras.

Las cloacas suelen colapsar cotidianamente. Y los tanques de agua que abastecen a los edificios carecen de tapa: están a cielo abierto. Sobran relatos de ratas, murciélagos y palomas flotando en el agua que consumen diariamente los vecinos.

“La traza de este barrio es como la de un country, aunque suene gracioso, pero es la excusa para que nos dejen todo en la puerta y nos la tengamos que arreglar”, dice Stella Maris Márquez, una batalladora que vive desde 1978 en el edificio 26 del Nudo 11. Stella explica que en realidad los “edificios no tienen final de obra” y que por esta razón es un “engaño el tema de las escrituras”. “Quieren que nos hagamos cargo de estas moles partiendo de una realidad muy difícil”, añade. Junto a un grupo de vecinos voluntaristas, Stella se hizo cargo de la difícil administración de un protoconsorcio. Pudo mejorar muchas cosas del edifico, como los pisos y barandas. Sin embargo, el principal problema aún persiste como una maldición que ya lleva dos años: la falta de gas. “Ahora están haciendo el encofrado, pero viene para largo esto”, se lamenta y agrega, levantando los ojos: “Somos dos edificios sin gas, más de 400 departamentos”.

Los problemas con la provisión de gas también se cobraron vidas. Las conexiones irregulares, recuerda Arturo, provocaron la muerte de seis jóvenes en los últimos años: “Por eso Metrogas vino y cortó prácticamente todo: estaba a punto de explotar, nos dijeron. Por ahí eso es lo que buscan, que el barrio haga implosión”.

Stella también se lamenta por otro padecimiento que cotidianamente sufren los seis edificios de su nudo: la carencia de ascensores. “El último que quedaba en funcionamiento de cuatro fue clausurado en junio de este año”, comenta y conduce hacia el camino donde yace la última puerta del ascensor, como una pieza de museo.

El espacio donde estaban los ascensores es francamente tétrico. Las paredes graffiteadas, a media luz; dos puertas (adonde había elevadores) tapiadas. Otra puerta de chapa tiene media faja de clausura; la otra mitad, arrancada, está en el piso junto a una enorme cantidad de papeles. Una parte del techo de chapas está desprendido y cuelga, dejando colar un poco de luz.

“Hay señoras muy mayores que viven en el último piso, el 15, y ya no bajan desde hace mucho tiempo, no salen de su departamento. También hay una señora a la que la bajan con una silla para que pueda hacerse diálisis”, enumera Stella.

Nora Moreno en realidad es rubia. Tiene unos 40 años y camina para todos lados con Marlon (por el actor Marlon Brando) en sus brazos: un cusquito negro que le ladra a todo bicho que pasa cerca. “Son sus enemigos, pero se hace el vivo porque está conmigo”, dice Nora, que como todos y cada uno de los que se acercan tiene una injusticia para contar. “En mi casa, el IVC hizo unos boquetes para arreglar unos caños que me inundaban todo el tiempo el departamento. Después de quejarme unos cuantos años, vinieron, rompieron, no solucionaron nada y dejaron los boquetes”, relata.

Arturo se viste con el traje de agitador e invita a todos los vecinos a sumarse a la movilización que harán el jueves 10 hasta la sede del IVC y luego hacia la Legislatura, adonde se debatirá sobre un pedido de informes y la posibilidad de citar a la Comisión de Vivienda al presidente del IVC, Emilio Basavilbaso.

Pero la pelea no es sólo contra la desidia del Gobierno, sino contra otros intereses que también pesan en el día tras día del barrio. Una gran parte de los departamentos están tomados (“entre el 70 y el 80 por ciento”, asegura Stella Maris) y también circulan muchos rumores sobre las bandas narco, que manejan la compraventa de droga en el barrio, y que también tienen disputas con otras bandas de la Villa 1-11-14.

Por entre todo ese marasmo, Rosalía camina con su nieta de la mano y frena en la esquina de Acosta y Corrales. Tiene ojos celestes, rulos de ruleros: es una abuela. No pierde la sonrisa, pero tampoco la fuerza: “A mí me gustaría que al menos vengan a explicarnos por qué nos someten a esto, qué les hemos hecho nosotros para que nos traten así.”

La pregunta emerge, inevitable: ¿verán alguna vez un cambio?

DZ/JPC

Fuente Redacción Z
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