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TEMAS DE LA SEMANA

Cómo ayudar a los niños a elaborar la pérdida de un familiar cercano

Una fundación ayuda a chicos y adolescentes a elaborar la pérdida de un familiar cercano.

Por paula-soler
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Cuando se es niño cualquier suceso agradable, por más insignificante que parezca ante los ojos adultos, puede ser maravilloso, merecedor de ese rincón de la memoria al que se recurre cuando se necesita sonreír. En cambio, cuando un pequeño vive la muerte de alguno de sus padres o hermanos, ese mismo mecanismo de amplificación de vivencias marca una herida que suele ser invisible y, muchas veces, prefiere perderse en un aparente olvido.

Desde la Fundación Aikén, que en mapuche significa «vida», una agrupación que trabaja con niños y adolescentes en duelo por un familiar, recomiendan mirar esa cicatriz, hablar sobre ella y, a pesar de todo, recordar con una sonrisa. «El dolor no se pasa nunca.

Uno aprende a convivir con esa ausencia. La idea es darle otro sentido a ese dolor y resignificar la vida que queda», cuenta Aldana Di Costanzo, psicóloga y presidenta de la fundación que propone un espacio de acompañamiento psicológico durante el proceso de duelo en niños y adolescentes.

El abordaje se basa en la expresión artística, como plástica, escritura y teatro. «El niño va encontrando otras formas para expresar su dolor, que no siempre es la palabra. Hay chicos que enseguida elaboran la muerte y hablan sobre su mamá, papá o hermano; otros no, pero hablan de esa ausencia de otra manera», explica Aldana, quien perdió a su papá de niña. «Mi madre decidió seguir adelante con todas sus fuerzas, pero no se permitía un espacio de recuerdo o, simplemente, de llanto. Cuando mi hermano hablaba de él yo le decía que no lo hiciera más porque estaba muerto. Muchos años después tengo su retrato en una foto y en un dibujo, en el consultorio, y gracias a él ayudo a otros chicos», comenta sonriente.
Una de las nenas que aprovechan ese espacio es Martina.

Tiene ocho años y hace meses perdió a su mamá. Pero en el cole no le contaba a nadie lo mucho que estaba sufriendo. «Nosotros le dijimos que cada vez que la extrañara, podía hacer algo, sin usar las palabras, para expresarlo», cuenta Aldana. Así fue que un día, Martina decidió que cada vez que sintiera que ya no podía más con la tristeza, le daría a su papá un sapo de peluche.

«De a poco se fue soltando y generando un espacio donde reconocía que había una ausencia que le dolía», dice Aldana, de algún modo, reconfortada.

DZ/sc

 

Fuente Redacción Z
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