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TEMAS DE LA SEMANA

Commodore, con la potencia del rock y la elegancia del jazz

La banda del bajista Andrés Pellican presenta Un lugar, su nuevo disco.

Por Diego Orfila
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commodore tapa disco

Commodore utiliza el virtuosismo en un terreno propio de la fusión, que la banda conoce bien, como queda claro en su disco anterior (titulado homónimamente Commodore). Entre sonidos que desde los 80 para acá ya son nativos, la novedad de Un lugar, el nuevo álbum de la banda del bajista Andrés Pellican, consiste en un llamado a los orígenes.

El trabajo de la banda juega con la tensión entre las sensaciones sonoras y la referencia a musicalidad que reconocen. En este juicio entran “Un lugar”, tema que da título al disco, un entramado complejo entre la guitarra eléctrica de Leo Tegli y la batería de Tomás Babjaczuk. Sin dudas, se trata de un lugar en movimiento, nada fijo, saludablemente inestable. En cambio, en el tema “Rebobinando”, desde el título alude a una tecnología musical propia de los años 80. En este tema, un riff entre el órgano y la guitarra, ingenioso y bien redoblado, vuelve una y otra vez. Una reminiscencia que avanza entre devaneos de jazz y ciertos aires de rock.

Entre los sonidos que plantea la fusión, el tecladista Álvaro Torres es una pieza clave. Torres es un conocedor exquisito de la sensibilidad del piano. Esto queda claro en su discreta intervención en la versión homenaje de “No te busques ya en el umbral”, de Luis Alberto Spinetta. Sin embargo, en el resto del disco, entre amarguras, dulzuras y calidez, Torres se inclina por el sintetizador. Avanza con estridencias y ambientes de cámara electrónica.

Algo parecido sucede con la guitarra de Tegli. “Sol” es una canción descriptiva que vivifica la calma y la claridad de una soleada recreada por una guitarra acústica. Pero en el resto del disco, Tegli se decide por el filo de una guitarra eléctrica que no puede dejar de recordar lo más granado del rock de los años 70 y 80.

En “Suburbio”, Torres ambienta las piruetas de sus compañeros con densidad y alguna disonancia. El sintetizador se luce con un recorrido de sonidos brillantes y eléctricos. El suburbio parece completar el lugar inquietante, movedizo, que indica la canción que da título al disco. Sin embargo, una obra que podría considerarse a la medida del pianista es “Milagro” (de Tegli), en la que, sin palabras, la delicada voz de Silvia Aramayo (artista invitada) se pasea entre los jardines melódicos con cada uno de los instrumentos, incluido, por supuesto, el apacible tamboreo de Babjaczuk.

Pellican y su bajo están acá y allá, siempre versátiles, veloces o melodiosos, atemperados, como el caso requiere. En “Milton”, Babjaczuk se larga con un solo de batería. Entrecortado y rítmico entre redobles y platillos. Con ese jirón de elegancia y potencia que alguna vez el rock le arrancó al jazz.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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