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Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
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TEMAS DE LA SEMANA

Comida sana, vida sana

En los últimos años los alimentos tomaron un espacio relevante en la vida cotidiana. Sin embargo, la calidad y el modo de producción son cada vez más nocivos para la salud. Los alimentos orgánicos, como alternativa

Por Victoria Diaz Calvo
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Hasta mediados del siglo XX la in­tervención industrial en la produc­ción de alimentos estaba limitada prácticamente a la última parte del proceso (la cosecha, el trozado o envasado) pero la materia prima se desarrollaba de acuerdo a los tiempos que la naturaleza exigía; los animales crecían caminando por el campo y tomando sol y los cultivos crecían de acuer­do a los vaivenes del clima.

El crecimiento de la población y el uso de sustancias químicas modificaron el modo en que se producen los alimentos. Esto dio como resultado mayor cantidad de productos en menos tiempo, más grandes, más duraderos y más “lindos” a la vista a fuerza de antibióti­cos, hormonas y agroquímicos que se trasla­dan a quienes los consumen a diario.

Las consecuencias en la salud son el au­mento de enfermedades como la obesidad, la diabetes, los dolores de cabeza frecuen­tes y la probada incidencia en algunos tipos de cáncer, entre otras.

Una respuesta posible a este escenario es comenzar a ser consumidores responsa­bles. Para lograrlo, es indispensable interio­rizarse acerca del modo en que se producen los alimentos, considerando el sistema de producción, el uso de sustancias químicas contaminantes para la salud y el ambiente, el transporte y los residuos que deja. Esto, a su vez, permite conocer la huella ambiental que puede causar este producto y que constituye el “sello” que queda en la tierra mucho tiem­po después de haberlo consumido.

En relación al modo en que se hacen las compras, Silvana Ridner, Licenciada en Nutrición Natural, explica: “El primer paso es ser un consumidor consciente. Adqui­rir productos de estación y saber que, por ejemplo, si la fruta o la verdura son excesi­vamente caras es porque no es la época. Si se compran alimentos envasados es necesa­rio aprender a leer las etiquetas, sobre todo las letras más pequeñas para saber qué sus­tancias contienen y si son nocivas”.

En cuanto a la calidad de la alimentación, agrega: “Lo ideal es consumir alimentos or­gánicos que son cultivados de modo natural,  respetando su ciclo evolutivo. Esto hace que, además de no contener sustancias tóxicas, sus valores nutricionales sean mayores que los de los alimentos no orgánicos”.

Ventas responsables

En la ciudad de Buenos Aires hay distin­tos lugares en los que se pueden encontrar este tipo de alimentos. Uno de ellos es El Galpón de Chacarita, que funciona desde hace ocho años en el playón contiguo a la estación de trenes del barrio.

“Acá el consumidor conoce al produc­tor, de modo que, si quiere, puede ir a la chacra para ver cómo hacen las cosas, sa­biendo de dónde proviene la mercadería y cómo es tratada y conociendo cuál es la huella que está generando en el planeta. En nuestro caso, la gente del INTA certifica que el proceso de producción sea completamente orgánico”, explica Graciela Draguicevich, presidente de la Mutual Sen­timiento en donde funciona El Galpón.

El mercado ofrece alimentos sin conser­vantes, aditivos, hormonas o estabilizantes y carnes provenientes de animales criados a campo abierto, alimentados con pasto y sin que hayan sido medicados para acelerar el crecimiento.

En relación con el precio, Draguicevich aclara: “En el mercado los productos cues­tan alrededor de un 15% más que en los supermercados. Esto se debe a que los pro­ductores deben trabajar en zonas que se encuentren libres de pesticidas y agrotóxi­cos, algo que es cada vez más difícil porque nuestro país vive de la soja transgénica, lo que reduce dramáticamente el lugar para producir de manera segura”. A cambio, uno se lleva alimentos que no contienen sustan­cias nocivas para la salud.

El funcionamiento de El Galpón se rige por los principios del comercio justo en el que los productos se ofrecen al consumidor sin intermediarios, su producción no afec­ta al medio ambiente, se establece un pre­cio conveniente tanto para quien produce como para quien consume y provienen de lugares cercanos al punto de venta.

La decisión cotidiana del alimento en­vuelve, a su vez, una decisión vital: la de ser consumidores que eligen comprar lo que saben que será lo mejor para su familia y la de reclamar por el derecho que asiste a to­dos los habitantes de disfrutar de una vida saludable y, para lograrlo, la información es la mejor herramienta.

¿Qué comemos cuando comemos?

Los cambios en el modo de producir alimentos reportan grandes beneficios a la industria alimen­taria y farmacéutica pero atentan contra la salud de los consumido­res. La cría de animales en corrales cerrados sin luz natural y sin posibilidades de moverse, atestados de antibióticos y hormonas, la pro­ducción de frutas y verduras en invernaderos con escasa luz natural y exceso de pesticidas y agroquímicos dio como resultado productos más pobres en nutrientes.

Cada año se utilizan 300 millones de litros de agrotóxicos aplicados especialmente en el cultivo de soja pero que contaminan otro tipo de cultivos.

Los pollos industriales tienen un 48% más de grasas, 5% más de calorías, 6% menos de proteínas, 9% más de residuos minerales y 30% menos calcio que aquellos que se crían en el campo.

Debido a la alimentación y a la falta de sol y movimiento de las gallinas, los huevos indus­triales tienen dos tercios más de colesterol, tres cuartos más de grasas saturadas, dos ve­ces menos de omega 3, tres veces menos de vitamina A y E, siete veces menos de betacaro­teno y 50 veces más de posibilidades de estar infectado con la bacteria de la salmonella.

Entre el 70 y 90% de la carne que se con­sume en la ciudad de Buenos Aires proviene de vacas que jamás vieron el pasto o la luz del sol, por lo que su carne tiene más grasas saturadas, colesterol y calorías.

Fuente: Mal comidos: cómo la industria alimentaria argentina nos está matando, So­ledad Barruti, Editorial Planeta

 Claves para una buena alimentación

  • Consumir especialmente frutas y verduras crudas y de estación, muy bien lavadas. En el caso de las verduras de hoja, se pueden poner en remojo unos minutos con agua y vinagre; las frutas con cáscara se pueden lavar con una mezcla de agua y bicarbonato.
  • Agregar a la dieta brotes, legumbres y semillas oleaginosas: sésamo inte­gral, girasol, lino, chía, maníes, almendras, nueces; frutas secas: pasas de uva, ciruelas.
  • Sal y azúcar en poca cantidad y, en lo posible, no refinadas.
  • Aceites de primera prensada y de buena calidad.
  • Leche, yogures, quesos, lo ideal es que provengan de animales criados en granjas orgánicas. Pueden reemplazarse por leche y quesos vegetales, como leche de almendras o de sésamo y tofu.
  • Carnes en poca cantidad, en lo posible, magras, sin piel y provenientes de granjas orgánicas.
  • Tomar al menos dos litros de agua por día. Evitar las gaseosas, los jugos quími­cos y las aguas aditivadas (hay que consumirlas sólo en caso de hacer deportes).

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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