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Club de pescadores: Vivir con vista al río

Dos mundos: pescadores en el muelle y un restaurante apacible. 

Por Paula Jiménez España
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Una tablita tras otra, todas engarzadas en el fuerte y antiguo hierro que las une desde hace más de cien años, este muelle del Club de Pescadores se prolonga casi 200 metros y se interna en las entrañas del gran río. El color plata de sus aguas turbias es apacible esta mañana, casi inmóvil. Desde el mirador, en el extremo que se acerca al Uruguay, se ve, hacia adelante, la gran masa en la que cada tanto reverbera el burbujeo de un dorado y hacia atrás la ciudad moderna precedida por los matorrales, las playas, las chimeneas portuarias. Este paisaje acompaña a los pescadores, hombres y mujeres de mirar perdido en el paisaje inmenso, solitarios que salen de su abstracción con la velocidad del rayo en el instante en que el pique arquea la tanza, guerreros y guerreras batiéndose a duelo con el pez engañado, el desconocido pez.
“Es precioso. El encanto de la pesca es que uno lanza la caña y nunca se sabe lo que va a traer”, cuenta Romina, quien desde hace diez años practica este deporte en el viejo club de la renovada avenida Costanera Rafael Obligado. Pero son pocos los detalles que parecen haber mutado en este club frecuentado por los porteños que, como Romina, hacen de la pesca una de sus actividades preferidas. Ella, junto a su marido, repite a la sombra del mirador un acostumbrado ejercicio de perfeccionamiento, el casting: “El casting es una forma de lanzar sobre cancha de tierra para lograr distancia en metros. Se mide el metro, pero en tierra”: quiere decir que arrojando la tanza sobre el muelle puede ver hasta dónde llega su tirada. Quiere decir que gracias a ese aprendizaje, sorpresas increíbles como el dorado de 5,5 kg. que pescó alguna vez pueden volver a repetirse. El hombre, explica Darío, que trabaja desde 2005 en el Club, es el único depredador del Rey León de las aguas del Plata.
“Una mañana salvé a un surubí que encontré en la orilla, un dorado lo había herido de gravedad. Le curé el ojo, la boca, las aletas”, cuenta. Ahora el surubí lo quiere. Sigue sus movimientos cuando Darío se para del otro lado de la pecera para mirarlo. Este pez es uno de los tantos del acuario del Club de Pescadores, del que Darío es creador, cuidador y veterinario autodidacta. Darío los quiere, dice. “Todo lo que sé lo aprendí acá. La gente piensa que un pececito no sirve para nada. Pero no es así. Son muy inteligentes y sensibles. Yo miro a estos animalitos y voy comprendiendo sus necesidades y sus tiempos y puedo descubrir cosas que otros no ven. Se estresan mucho porque están exhibidos. Un pescadito que está tranquilo en el río turbio, de pronto se encuentra en una pecera de agua transparente y quiere salir rajando. Pero pena me daría si pasara hambre o estuviera mal cuidado. Pena me da cuando los veo abandonados adentro de una botella de gaseosa, como suele haber en la costanera o en el muelle. Hacer una pesca para mantenerlos vivos es educativo, la gente se da cuenta que este río tiene mucha riqueza. Hay más de cien especies.”
“Yo no los como. Generalmente devuelvo todo al agua sin lastimarlos. Es el espíritu de la pesca. El desafío es engañarlos en sus sentidos, disfrutar de la lucha que ofrece el pez y los saltos que da”, dice uno. Los demás coinciden: nadie se alimenta de la pesca pero para todos se juega un mano a mano con sus presas.
Para Fernando, la pesca es una pasión: a veces se pasa dos días con la caña extendida sobre el agua, bajo el rayo del sol y el de luna, durmiendo de a ratos en un sillón de una plaza que ofrece uno de los puestos de descanso del muelle. Allí los socios calientan el agua para el mate, juegan a las cartas, almuerzan, cenan, desayunan. Generalmente prefieren esta intimidad al elegantísimo restaurante del club, habitualmente frecuentado por visitantes. Desde el restaurante, el extenso río tras los grandes ventanales parece ajeno, un mundo extraño para los humanos, tan diferente de la tierra. Pero abajo, en el muelle, se lo percibe de otro modo. Los pescadores, con los ojos hundidos en el agua, parecen estar buscando con sus cañas algo que les es propio y que podrían esperar eternamente, un recuerdo, un deseo, una parte sumergida de ellos mismos. 

Fuente Redacción Z
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