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Actualizado: 02/07/2022 04:47:52
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TEMAS DE LA SEMANA

Clima social: Vacío y retroceso en el debate político

Los episodios de linchamiento dieron paso a un retorno de los discursos conservadores y autoritarios, cargados de furia y simplificación. Los anuncios del gobernador Daniel Scioli sobre seguridad, una receta ya conocida. Un paro con piquetes y sin grandes movilizaciones.

Por Eduardo Blaustein
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Para entender mejor cierta sensación de vacío y retroceso en el debate político y social de las últimas sema­nas es conveniente repasar algunos (sólo algunos) de los episodios y procesos que explican ese vacío luego de que el kirchneris­mo arrasara en las presidenciales: problemas de gestión y sus consecuencias (inflación, dó­lar, política de transporte y energética; desgas­te del Gobierno); tragedias como las de Once y las inundaciones de La Plata; rebeliones po­liciales articuladas con saqueos; el crecimien­to de hurtos o robos a menudo acompañados con violencia; miedo y una cierta pérdida de legitimidad de aquello que el ciclo kirchnerista en otros campos robusteció: la de la presencia del Estado. Los últimos tiempos han sido los del debilitamiento del kirchnerismo y la emer­gencia política del massismo. Pero por pícaro que sea Sergio Massa con sus guiños efectistas hay más de vacío que de otra cosa.

La pérdida de centralidad del kirchne­rismo hace que ese cierto vacío (de presen­cia simbólica, mejores iniciativas, mejor dis­curso, puesta en escena de mejores valores) sea ocupado por un fuerte “cualunquismo” político y social, pura furia y simplificación.

El horrible debate de la semana pasada sobre los aún más horribles “linchamientos” es sólo una muestra del retorno de un con­servadurismo reaccionario, demagógico, au­toritario. Cierta pusilanimidad de la políti­ca (que no quiere entrar en tensión con lo que supone un determinado clima social) y el papel nefasto que está desplegando la co­municación masiva dominante (que preten­de reflejar ese clima social cuando en buena medida lo construye, lo explota, lo goza y lo hace más odioso) no ayudan en nada.

El debate sobre la inseguridad, sus raíces y los modos de combatirla es de una comple­jidad atroz. Con mucha perversión se justifi­có los linchamientos, ese regreso a las previas de la civilización humana (el Código de Ha­mmurabi, en Babilonia, es del año 1700 an­tes de Cristo), a la pura ausencia del Estado. Las peores trompadas las recibe el Estado na­cional aun cuando la responsabilidad es tam­bién, y en muy buena medida, de las admi­nistraciones provinciales. Es cierto que hubo y hay inconsistencias en las políticas de segu­ridad a escala nacional. De hecho, sólo cuan­do se produjeron las muertes del Indoame­ricano el Gobierno, con la designación de Nilda Garré, intentó asumir mejor el proble­ma. La entrada y salida de Garré recuerdan aquel intento que hizo el ex gobernador bo­naerense, Felipe Solá, con ayuda de León Ars­lanian y Juan Pablo Cafiero, de aplicar políti­cas de seguridad progresistas, que apuntaron entre otras cosas al gobierno y reforma de las fuerzas de seguridad. Solá avanzó, se asustó y luego retrocedió (Solá es el que confesó “ha­ber creído” la primera versión policial sobre los asesinatos de Kosteky y Santillán).

Luego Daniel Scioli desmontó los avances y apostó a la presunta “dureza” de Ricardo Casal y Alejandro Granados y a la autonomía de la policía, siempre más que sospechada de complicidad con el delito, de generar más criminalidad. AScioli, con Casal, no le fue nada bien. Con Granados, tampoco.

Para la tribuna

Los anuncios del sábado del goberna­dor son esencialmente una respuesta tribu­nera con más de lo mismo. Cara de dureza, libreto conocido: “Que sean los delincuen­tes los que tengan miedo y no la gente”. El de Scioli es un plan inconsistente y ries­goso. Llamar a filas a ex integrante de la Maldita Policía o a vigiladores privados que trabajan para empresas incontroladas o en manos de ex comisarios da más miedo que alivio. Prohibir el desplazamiento de a dos en las motos a lo sumo desplazará a los mo­tochorros a otras actividades. Crear nuevos centros de detención no garantiza ni la re­socialización de los delincuentes ni evita la generación de más pibes marginados que se tienten con el delito.

El distanciamiento prudente del gobier­no nacional o la crítica directa de algunos de sus funcionarios respecto de los anuncios de Scioli habla de una encomiable resistencia a la demagogia punitiva y a no ser corrido por derecha. Pero a la vez no termina de cons­truir un lugar propio, más activo y más con­sistente. La política conservadora y los me­dios fogoneando el miedo están ganando como casi siempre “la batalla cultural” so­bre la inseguridad, que es por supuesto real. Gozan de excelente salud todo tipo de fa­lacias como la de la imposibilidad de que “los chorros se pudran en la cárcel” cuando, como recordó en estos días el abogado Mar­tín Böhmer, investigador del CIPPEC, el 70% de la (importante y creciente) población car­celaria es “técnicamente inocente”, aunque pasa los años con prisión preventiva.

Paro silencioso

Contra una apreciable serie de acuerdos paritarios con sindicatos grandes (comercio, metalúrgicos y construcción, entre otros) que hablan de un control parcial de la con­flictividad social, ayer se concretó el paro lar­gamente anunciado por Hugo Moyano, Luis Barrionuevo y Pablo Micheli. Sin grandes movilizaciones pero con el método de los pi­quetes rodeando la Capital y otras ciudades, más la “garantía” que suma al éxito de la medida la adhesión de aquellos gremios del transporte dominados por el moyanismo.

Un paro extraño, como algunos de los que ya habían sucedido. Un paro sin movi­lización (recordar los paros de Ubaldini con decenas de miles de trabajadores en las ca­lles), un paro más bien silencioso excepto por su repercusión mediática, un paro que no refleja tanto un clima de combatividad como de indiferencia.

El Gobierno habla de “paro político”. Chocolate por la noticia, todos los paros lo son. Otro e importante rasgo peculiar del paro nacional: más allá del éxito en térmi­nos de paralización de la actividad, el paro no le suma nada a Hugo Moyano y al pro­yecto político que pretendió encabezar al abrirse (o ser expulsado, un poco de las dos cosas) del kirchnerismo. Moyano sigue más bien sólo en lo político por piantavotos. Acambio, articula a su alrededor una más que interesante fuerza sindical, cuya diversidad es mejor que él mismo. El paro de ayer, cuya legitimidad no se pretende discutir aquí, se cumplió en una suerte de piloto automático, como una rutina, en el mar­co de ese vacío que se descri­bió al principio de esta nota, ese vacío que tan a menudo se llena de furia.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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