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TEMAS DE LA SEMANA

Claudio Tolcachir: Con el placer y la disciplina

El creador de Timbre 4 hizo de un PH un teatro. Y su primera obra es un éxito que lleva una década en cartel.

Por Paula Jiménez España
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claudio_tolcachir

Cuando Claudio Tolcachir (1975) escribió su primera obra, La omi­sión de la familia Coleman, que lleva diez años en cartel y ha sido exhibida en una veintena de países, vi­vía en un PH de Boedo que le sirvió de sala de ensayo. Con el tiempo, él y sus amigos lo convirtieron en un pequeño teatro. Todo arrancó con improvisaciones, charlas y por último, Tolcachir bajó ese trabajo colectivo al papel. Pero entonces el método se esta­ba construyendo y Tolcachir no sabía ha­cia dónde iba. Tampoco lo sabían los ac­tores, sus compañeros de secundaria y de teatro, que en esta década de trabajo co­mún llegaron más lejos de lo creían posi­ble. “Viajar, que te vaya bien, abrir el tea­tro, la escuela, imaginate que te ocurra con tus compañeros de toda la vida. Todo lo hi­cimos juntos y es lo más hermoso que nos pasó”, cuenta emocionado.

¿Cómo es pasar del teatro under a ac­tuar en 22 países a sala llena?

Nosotros siempre la pasamos muy bien y nos divertimos, pero también somos tre­mendamente disciplinados. Éste no es un tema de discusión, ensayamos juntos, lle­gamos temprano, se hace lo que se tiene que hacer. Los actores de La familia Cole­man ensayaron un año gratis conmigo, que nunca había escrito una obra de teatro, en cooperativa, sin saber lo que iba a pasar. Lo hicieron por un proyecto que les iba a de­volver la alegría de compartir y nada más. Si yo le tengo que explicar a un actor que no tiene que llegar tarde ya la estoy pasando muy mal. Si viajamos y todo lo demás fue por dos cosas: poder disfrutar mucho jun­tos y ser muy disciplinados también.

¿Siguen ensayándola?

Siempre. Para cada reestreno y cada vez que hace falta. Pero no soy un enfermo que no quiere perder el control sobre la obra. Ya es de ellos después de diez años y la ha­cen genial y la cuidan. Los actores hacen cada función con toda la energía. Hay mu­cho respeto y eso es conmovedor.

¿La obra ganó en dinamismo?

Podría haberse mecanizado, pero creció en dimensión, porque los actores aman hacer­la viva, no les gusta mentir si no lograr ver­dad y que el público entre en esa verdad. Y lo logran.

¿Por eso permanece en cartel?

Sin duda. Para mí no hay otro secreto. Yo no podría pedirles que sigan si no sintie­ran cierta excitación en hacerla. Vos ves a la salida de cada función que siguen descu­briendo cosas, que se fascinan, que se eno­jan si algo no salió. Yo soy así. Las experien­cias más feas que he tenido fueron las de trabajar con gente para la cual da lo mis­mo ir a comer una piz­za que hacer una fun­ción. No es así: esto es amor, pasión, mística, felicidad. Lo que más amás en tu vida lo te­nés que hacer con cuidado y rigurosidad, algo que a veces falta. En muchos casos hay placer y amor, pero lo otro no. La gente que hace teatro es conmovedora.

¿Otro de los secretos será que el espec­tador se identifica con esa familia?

Yo traté de escribir algo donde me sintie­ra reconocido. De golpe esto puede pasar­te con mucha gente o poca, con Coleman pasó con mucha gente, muchos idiomas, muchos lugares como Sarajevo, Nueva York, Alemania. El público se acercaba para decir “mi tía es así” o “así es mi hermana”. Son milagros de conexión que creo que no hay que buscar. Yo hago el teatro que puedo, no intento copiar, ni hacer obras populares, sino hacer las cosas lo mejor que puedo. Que puedan venir mis hermanos al teatro y que se identifiquen, lloren, rían; son mi pú­blico ideal estos hermanos míos con quie­nes comparto muchas cosas de la vida.

¿Te sigue ocurriendo cuando empezás algo nuevo de no saber qué va a pa­sar?

Eso no se te va nunca. Kartun y todos los que saben de verdad te dicen que es así. El 16 de enero vamos a estrenar El viento en un violín en el Paseo La Plaza, con el mis­mo elenco de Coleman. Por eso es una obra muy especial para mí, porque es un reen­cuentro con mi familia teatrera. Pero in­tento en cada obra ponerme en un lugar nuevo y un lugar nuevo te implica un va­cío. Nunca hice una obra que se pareciera a la estructura de la anterior, siempre inten­té indagar en mundos nuevos y nuevas for­mas de contar. Pero el teatro independien­te está para eso, para que uno se arriesgue, busque y salte al vacío.

 Emilia

Emilia fue la niñera de Walter. Lo crió, lo cuidó. Vuelven a encontrarse, él adulto, con mu­jer e hijo. Ella ya vieja, sola, necesitada. ¿Cuánto no registramos de la necesidad de los otros? ¿Dónde nace esa desconexión solidaria en quienes nos pensamos solidarios?

Teatro Timbre 4. México 3554. 4932 4395. Viernes y sábado 23.30.

Domingo a las 19. Entrada $140 y $100.

La omisión de la familia Coleman

Ícono del teatro independiente por­teño, la obra es fruto de un proceso crea­tivo colectivo. El elenco trabajó nueve meses en un PH hasta que construyó los personajes y sus vínculos familiares.

Paseo La Plaza. Corrientes 1660. Viernes, sábado y domingo. $250.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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