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Ciudad del rock: pocos espectáculos y un predio olvidado

Once eventos: ésa fue toda la actividad en dos años del predio pensado como sede de grandes recitales, corazón del negocio del rock y motor de la vida cultural de la zona sur. El gobierno porteño invirtió 87 millones de pesos para hacerlo.

Por Néstor Rivas
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Rodeando un terraplén arbolado que se extiende paralelo a la montaña rusa abandonada, aparece la Ciudad del Rock. Sus calles, veredas, edificios y habitantes son invisibles. Un arco descolorido por la lluvia y el sol da la bienvenida. El amarillo luce pálido. Hay carteles con los logos de Rock BA, Ciudad del Rock y del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Un tractor avanza lentamente desde un extremo del parque. En septiembre se cumplirán dos años desde la fundación mítica de la Ciudad del Rock.

El amplio espacio que se ocupó del Parque de la Ciudad, en el extremo sur de Buenos Aires, fue imaginado con una fiesta de bautismo brillante: albergar nada menos que la primera edición local del megafestival Rock in Rio. En el imaginario macrista, serviría para apuntalar el proyecto de convertir a Buenos Aires en otra capital del rock business del Mercosur, a la manera de Río de Janeiro. Sin duda, Rock in Rio es una de las principales marcas del negocio del rock a nivel planetario.

Pero el sueño no se concretó y, en general, los grandes espectáculos escasean en el predio.

El gobierno porteño invirtió 87 millones de pesos para perimetrar y señalizar el lugar; en total, 160 mil metros cuadrados. El equivalente a un tercio de la superficie del Parque de la Ciudad. Puede recibir a noventa mil espectadores y dispone de ocho mil plazas de estacionamiento para automóviles.

Aunque la Ciudad del Rock fue concebida como espacio de alquiler para las grandes productoras de espectáculos, la mayor parte del tiempo permanece vacía. El único show anunciado de aquí a fin de año, el de los enmascarados Slipknot, previsto para el 2 de octubre, finalmente se mudó al estadio GEBA, en los bosques de Palermo.

Ninguno de los grandes recitales de los próximos meses de 2015 –Pearl Jam, Muse, festival Sónar, Maná, Blur– recalará en Ciudad del Rock.

Fantasmas en el Parque
Es sábado, pasadas las once, y no hay un alma en el Parque de la Ciudad. Su aspecto en una mañana fresca y nublada de agosto es más bien fantasmagórico. Un prolijo sendero serpentea a través de los juegos mecánicos derruidos. Hay mesas y sillas fijas instaladas por todos lados. Permanecen vacías. Ésta es el área de uso público. Como signo de vitalidad, puede decirse que los baños y las oficinas lucen limpios y en buen estado.

“Con la Ciudad del Rock, terminaron de matar al parque”, lamenta Pablo, de la Asociación Argentina de Amigos de los Parques de Diversiones. En realidad, se los conoce como Organización por la Conservación del Parque de la Ciudad, pero ocurre que no les permitieron inscribir el nombre “Parque de la Ciudad”.

“En 2007, cuando reabrió tras cuatro años de cierre, nos reunimos un grupo de vecinos, mayoría de técnicos, mecánicos y electrónicos, para colaborar en arreglar los juegos, pero no fue posible”, rememora Germán, otro integrante de la organización. “A partir de eso se armó una asociación civil que empezó a investigar la situación del parque. Yo iba al parque y tengo fanatismo por las máquinas.”

“Hoy el Parque de la Ciudad está loteado entre la Ciudad Perdida, la Villa Olímpica y la Ciudad del Rock”, continúa Pablo. “Dejamos de activar porque vemos que no queda nada para recuperar. El desguace es un hecho consumado y no hay nada más para decir”, dice con desazón.

Por Ciudad Perdida remite al área de acceso público. La Villa Olímpica es la que el Gobierno de la Ciudad está construyendo sobre la avenida Escalada para albergar a los atletas de los Juegos de la Juventud 2018. Esos módicos departamentos se integrarán a un plan de viviendas sociales una vez que hayan finalizado las competencias. Al menos así está previsto. Por último, la Ciudad del Rock “es casi un terreno baldío. Cada tanto hay algún que otro evento perdido. No tuvo el éxito que pretendían”, desgrana Pablo.

Silencios en el sur
“Esta área no es de acceso al público”, advierte uno de los empleados del parque. Luego asegura que los fines de semana, el Parque de la Ciudad se llena. Que viene más gente que antes. Y que viene más gente, sobre todo, desde que prohibieron definitivamente hacer asados. Es difícil saber si realmente concurre más gente o si se la ve más junta, porque el espacio público retrocedió notablemente.

En cuanto a los juegos, para construir los edificios imaginarios de la Ciudad del Rock hubo que desmantelar media docena de juegos. “No quieren que quede ninguno”, dice extendiendo su brazo para señalar alrededor. “Tratamos de que quedaran algunos pero no hay caso. Tal vez se salve el teleférico”, dice. “Hoy no hay nadie porque no hay agua, el parque está cerrado”, asegura. Mientras se aleja a su oficina, rezonga por teléfono con la guardia por no haber bloqueado el ingreso.

En el fondo, la monumental torre de Interama –nombre original del parque–, sujetada por unos gigantescos tensores de acero, domina impasible el extremo sur de la ciudad de Buenos Aires.

Rock in Rio, recuerdos
La aventura de Ciudad del Rock comenzó a gestarse en la cabeza del jefe de Gobierno Mauricio Macri tras un viaje a Brasil. Rock in Rio lo fascinó. La amplitud panorámica del evento, que abarcaba a los artistas número uno de cada género musical –desde Metallica hasta la cantante Rihana–, resultaba en una convocatoria multitudinaria de todos los rincones del país y garantizaba repercusión internacional. La idea de hacer “algo así” en la ciudad de Buenos Aires se convirtió casi en una obstinación.

Por fin, en junio de 2012, desde Lisboa, Portugal, Mauricio Macri y Roberto Medina –creador del megafestival– anunciaron juntos el desembarco de Rock in Rio en Buenos Aires. Los acompañaban el ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi, los integrantes de Los Pericos y Tan Biónica –las dos primeras bandas argentinas que participaron de una edición de Rock in Rio– y la hija de Medina, vicepresidenta de la compañía.

El objetivo era concretar el evento entre septiembre y octubre del año siguiente, a lo largo de seis fechas encabezadas por estrellas rutilantes del pop mundial. El gobierno porteño se haría cargo de las obras de infraestructura y los organizadores –la productora Dream Factory– se encargarían de la contratación de los artistas y aplicarían el know how adquirido a lo largo de tres décadas de experiencia, desde la primera edición del festival, en 1985, en Río de Janeiro.

El acuerdo entre la productora de Medina, Dream Factory, y el gobierno porteño establecía que la empresa realizara tres ediciones de Rock in Rio Buenos Aires (2013, 2015 y 2017), esforzándose para que éste “guarde, mínimamente, las mismas características” que tuvo en Brasil, España y Portugal. Como contrapartida, establecía una serie de compromisos para el gobierno porteño en materia de publicidad y, sobre todo, la responsabilidad de preparar el área donde se haría el evento “a través de la construcción y/o adecuación a la infraestructura necesaria para recibir las estructuras temporales”, que serían provistas por organizadores y sponsors.

El detalle ordena “un área mínima de 160 mil metros cuadrados en el Parque de la Ciudad”, disponer además un área de estacionamiento para diez mil vehículos y garantizar el transporte público de los asistentes. Es decir, la construcción de la Ciudad del Rock que hoy conocemos. El predio sería entregado a los organizadores 120 días antes del evento y devuelto 30 días después. Finalmente, incluía una cláusula de semiexclusividad: el Gobierno de la Ciudad se comprometía a no utilizar ese “espacio a construir” para “la celebración de espectáculos de la misma naturaleza que el festival Rock in Rio”. Competidores afuera. El convenio no especificaba el cobro de un alquiler por el uso del predio. Era más bien un canje de un espacio público con una empresa privada. Como se reproduciría tres veces en seis años, alguien habló de una “concesión encubierta”.

Los términos del convenio motivaron la presentación de un recurso de amparo por parte de la OCPC junto a la entonces defensora del Pueblo Graciela Muñiz. Solicitaban la nulidad jurídica del convenio, pero finalmente la cuestión se dirimió por la cancelación del evento. Primero, se pospuso hasta 2014 y luego se canceló definitivamente, sin demasiado estrépito.

Pero, embarcado en el proyecto, el gobierno de Macri siguió adelante. El costo –presupuestado, al principio, por algo menos de 58 millones de pesos– finalmente ascendió a 86.979.345,70 pesos y se terminó a mediados de 2013.

Las constructoras DAL y Teximco fueron las felices adjudicatarias de la obra.

Chau Río, hola Quilmes
La Ciudad del Rock fue inaugurada el 28 de septiembre de 2013, con un festival dedicado al reggae que reunió a exponentes locales como Dread Mar I y Los Pericos con visitas internacionales como The Original Wailers y los chilenos Gondwana. Dos días más tarde, el tenor José Carreras cantó para unas siete mil personas. Ambos eventos fueron con entrada libre. En el caso de la velada lírica, la promoción del concierto también incluía transporte gratuito desde diferentes puntos de la ciudad. Fue el aperitivo.

El bautismo comercial vino de la mano del Quilmes Rock, una franquicia mucho más modesta que Rock in Rio pero de acá, entre el 1 y el 4 de octubre de ese mismo año.

En realidad, la primera fecha, cuyo plato fuerte iba a ser Ciro y los Persas, debió reprogramarse debido a un fuerte temporal y terminó oficiando de cierre. Por el Quilmes Rock 2013 desfilaron, además del ex líder de Los Piojos, los mexicanos Café Tacuba y los ingleses Blur, Guasones, Massacre y Cielo Razzo, entre otros.

La productora Pop Art Music –uno de los grandes jugadores locales de la industria del entretenimiento– estuvo detrás de la organización a través de una de sus sociedades, Siberia SA. El recuerdo de aquella edición todavía debe emocionar hasta las papilas gustativas de los empresarios: Siberia pagó apenas 180 mil pesos de alquiler por la Ciudad del Rock, mientras que por el uso de la cancha de River –donde se habían realizado las ediciones anteriores– oblaba 300 mil dólares por jornada. Las entradas costaron entre 150 y 800 pesos cada una y se vendieron unos 70 mil tickets.

En el programa oficial, la cultura rock de la ciudad de Buenos Aires circula a través de los grandes pero puntuales eventos veraniegos, de los festivales Ciudad Emergente y Geiser y del programa Bandas x Barrio. Los centros culturales barriales, sin embargo, adolecen –cual adolescentes– de presupuesto, infraestructura y cachet para los artistas.

En la Ciudad del Rock, hubo dos ediciones de los recitales veraniegos que organiza el Gobierno de la Ciudad, la edición 2013 del Quilmes Rock, dos ediciones del festival de música electrónica Ultra, la presentación del DJ holandés Armin van Buuren en 2014, el festival Gigantes de América en septiembre y un show benéfico de Ricky Martin en octubre del mismo año y, por último, el Monsters of Rock que encabezó Ozzy Osbourne en mayo último. En total, once eventos en tres años.

¿Cuánto ganó y cuánto perdió la Ciudad con este emprendimiento?

DZ/ah

Fuente Redacción Z
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