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TEMAS DE LA SEMANA

Chicos, interrumpirnos cuando hablamos no es sexy

Vera Killer salió de parranda, pero se encontró con un ejemplar masculino muy molesto: el hombre que se cree con derecho a hablar encima y se siente por eso muy seductor.

Por Vera Killer
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A mí me gusta el sexo, a esta altura ya lo saben (y si no, bueno, les cuento: me encanta), pero a veces, chicos, realmente complican mucho las cosas. Yo no tengo muchas vueltas, si me gustás y hay química, pum, prefiero empezar con un buen revolcón a ver cómo funciona. Si sale bien, seguimos y no perdimos tiempo. Si no nos gusta, ya lo sabemos de entrada y nos hacemos amigos (o dejamos de vernos, a veces pasa).

Sin embargo, aunque a veces hay ganas de ambas partes, todo se arruina por esa maldita costumbre masculina de hablar más fuerte, de terminarnos las frases, de no dejarnos decir nada, incluso cuando eso que intentábamos articular era un “si, dale, vamos”. La situación es exasperante.  Cualquiera que intente hablar y no lo dejan se siente molesto, no importa quién. Pero quiero referirme al caso específico en el que los varones interrumpen a las mujeres. Pasa en todo momento. Suelo tener estrategias, algunas más amigables y otras no tanto, que suelen funcionar y siempre logro decir lo mío, con mi tono suave, casi de niña (porque sí, además hablo bajito), caiga quien caiga.

El otro día estaba en una fiesta. Había un muchacho que no podía evitar (realmente no podía, era más fuerte que él) terminarme las frases, contestar por mí y levantar su vozarrón sobre el mío para cambiar de tema. Todo empezó de un modo sutil. Terminé mi bebida y se ofreció a buscarme otra. Qué bueno, qué encanto. Acepté, agradecí y hasta pensé en invitarlo más tarde a mi casa, pero nunca supe que ese trago había sido una suerte de habilitación para que hablara por mí. “Está rico, te encanta eso que estás tomando”, me dijo. O sea: lo aseguró mientras sonreía y movía su cabeza afirmativamente, no me lo preguntó. Me reiría, pero me da grima.

Primero intenté contestar, pero fue casi imposible meter bocado. Pasé un buen rato con la boca semiabierta en un intento de vocalización que nunca llegó a suceder.  Decidí quedarme hasta terminar la bebida, por cortesía y como un experimento. ¿Cuánto podía estar hablando solo sin darse cuenta de que no digo nada? Lo mal que estuve, porque eso lo desató hasta que llegamos a una situación que no pude, ni puedo aún, definir si fue trágica, indignante o cómica. “¿Cómo te va”?, me preguntó un conocido al paso y el interrumpidor se apuró a decir “está como quiere, se la ve muy bien”.

Hice fondo blanco, le devolví el vaso vacío y me fui a dar una vuelta. Basta de experimento. Pero no, resulta que no había forma de despegármelo. Era como un Droopy  verborrágico. En la puerta del baño, en la barra, en el patiecito a dónde todos iban a fumar, cerca de la ventana, con ese grupo de gente, con mis amigas, cuando coqueteé un rato con el DJ: estaba en todas partes y siempre tenía algo para decir. Por mí.

Yo sé, me di cuenta, que este ser horrible llevó adelante su bestial atropello de palabras con la firme creencia de que estaba siendo un caballero. No lo disculpo ni lo desprecio menos por eso, pero en un punto sentí necesidad de educarlo, de algún modo mostrarle un camino. El problema era que no sabía ni por dónde empezar a explicarle su error. Tal vez debería haber comenzado con la teoría del big bang, pero no me hubiera dejado llegar a decir “bang” y entonces sí, habría tenido que gritarle, cosa que odio hacer. Opté por ignorarlo, chau, chau adios.

Creí que ya había salido de las garras dialécticas de este monstruo, dejé de verlo alrededor, me relajé y hasta comencé a divertirme. En un momento hice una broma, en mi tono de voz, para los que estaban ahí cerca. Entonces el interrumpidor apareció (juro que de la nada) y consideró que debía replicar mi chiste a todo volumen. No se acordó de aclarar “ella dice” o algo así. Ni siquiera cuándo muchos rieron a carcajadas y le dijeron “genio, genio”.

No es que este pobre chico en particular fuera algo inusual, por más intenso que haya llegado a ser. Suele pasar. Es más, pasa tanto que nos vamos acostumbrando malamente. Se lo hace el conductor de televisión pavote a la co conductora, el compañero de trabajo a la compañera en una reunión con el jefe, el hermanito a la hermanita cuando juegan, el padre a la hija, el plomero a la clienta y mil variantes de la misma fórmula.

Yo nunca entro en el juego. Hablo así, esta soy yo y no voy a gritar para tapar al tipo del vozarrón. Lo que no sé cómo manejar es la interrupción en plan seductor. Chicos, ¿están locos? ¿Son tarados? Así no van a lograr de nosotras más que aburrimiento, fastidio y/o enojo. ¿No se vienen dando cuenta? ¿Tan fuerte hablan que ni nos escuchan resoplar? ¿No logran ver cuando revoleamos los ojos? ¿Siguen la cháchara en su megáfono cuando ya nos fuimos con otro?

Aquella noche fue muy extremo el interrumpidor, y creo que merezco un aplauso, medalla y beso por mi calma. Transité la experiencia como un ensayo sociológico, pero igual fue todo un desafío: realmente tuve ganas de agarrarlo de los pelos. Lo que me develó el experimento es que no, este tipo de seres no se enteran, sólo siguen con lo suyo. Pero antes que la venganza, la elegancia. Y esta columna. Shhhhhhhhhhhhhhhhhhhh.

DZ/dp

Fuente Redacción Z
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