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TEMAS DE LA SEMANA

Chicos, basta: el Club de Tobi no nos erotiza

Nuestra columnista explica que la mirada absolutamente masculina del mundo, hasta en las pequeñas cosas, es injusta y que tener que aclararlo a esta altura le baja la libido.

Por Vera Killer
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Vera Killer 2

El otro día un chico con el que solía revolcarme me dijo, en un rapto de pasión, “sos una genio”. Me quedé helada. Muy lindo y moderno él, siempre correcto en el plano sexual y social con respecto a la igualdad de derechos entre géneros. Pero ahí le vi la hilacha.

“Una genia, en todo caso”, le contesté. Su respuesta entonces fue una catarata de excusas gramaticales arcaicas y la hilacha fue un enorme jirón en su tela progre.  No hubo remedio. Ya no quise seguir con lo que habíamos empezado. Mi libido llegó al suelo en un segundo. Antes de mandarlo a su casa con la bragueta a punto de explotar me tomé el trabajo de explicarle, porque quise y siempre quiero creer que es posible hacerle entender a cualquiera algo que es básico.

“Genio”, igual que “presidente”, por poner dos ejemplos, son en masculino y deben servir, según la RAE, para hombres y mujeres. ¿Es casual o no lo es que esas palabras, que implican poder, no admitan femenino, pero sí lo hagan “sirvienta” o “mucama”? Eso le comenté y eso le pregunté.

“Ya sabía que ibas a salir con eso, sos una pesada, exagerás”, replicó casi enojado. Aunque mi plan había sido suspender el sexo con él sólo por la jornada, a la espera de su reflexión, que ayudaría a levantar mis ánimos cachondos para un próximo encuentro, su respuesta arruinó completamente la simpatía que le había tenido hasta ese momento.

Es agotador tener que seguir peleando espacios a esta altura, pero mucho más lo es explicarle a gente que supuestamente empatiza y simpatiza con la igualdad de derechos algo tan obvio y básico como que el uso del lenguaje no es inocente. Porque deberían saberlo. Porque en realidad lo saben, pero les resulta más cómodo ignorarlo.

Una vez, hace no tanto, le expliqué a otro chico que un piropo por la calle, que viene de un desconocido, atrasa, invade y molesta, en el mejor de los casos. Que no es un gesto amable. Y aunque si bien al principio me discutió, intentó justificar la práctica diciéndome algo tan absurdo como que “en el fondo les gusta”, terminó entendiendo el tema cuando le di el argumento más inapelable y rotundo. Mi experiencia.

Le pregunté si alguna vez había tenido miedo de ser violado, si la percepción de su cuerpo y su estética estaban condicionadas por el juicio de las mujeres, si en alguna oportunidad alguien lo insultó y le dijo “amargado” por no sonreír ante un comentario sobre lo que tiene puesto y como le queda. Él sí entendió, y hasta modificó su conducta. Y, claro, no lo mandé a casa. Y todavía lo veo. Y nuestros revolcones son mejores que antes. A mí me da gusto intercambiar opiniones, y también fluidos.

Para cerrar, a modo de carta pública al machista que no sabe que lo es, les recuerdo o anoticio: todo privilegio que tenga un hombre por ser hombre es a costa de un derecho nuestro. Tan simple como eso. Así las cosas.

 

Fuente Redacción Z
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