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TEMAS DE LA SEMANA

Cementerio de Recoleta: Paseo comentado sobre héroes y tumbas

Las visitas guiadas son una oportunidad de conocer detalles que ilustran sobre la vida de próceres, aristócratas y celebridades varias después de muertos. 

Por Juan Manuel Bordon
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El Cementerio de la Recoleta, al contrario de lo que a veces se piensa, es un lugar repleto de vida y maravillas biológicas. Hay insectos en cuya dieta es mejor no indagar.  Hay arañas que tejen sus telas y cazan en nichos en ruina. Hay decenas de gatos que toman el sol sobre las tumbas. Y también hay personas que pasan una parte considerable de sus días dentro de este predio, trabajando entre bronces, cruces e imágenes alegóricas de la vida y la muerte. Uno de ellos es Carlos Francavilla, que acaba de jubilarse como director del Cementerio. Llevaba 24 años como empleado, durante los cuales también fue uno de los guías oficiales de los pasillos y nichos de la Recoleta. “¿Que si soy historiador? ¡No! Abogado, abogado. De hecho, empecé a venir cuando era estudiante y salía de la Facultad de Derecho. Siempre me interesó este mundo, parte fundamental de las ciudades. Éste es un cementerio chico pero no te aburre nunca. Siempre se encuentra un nombre que te evoca algo, un lugar por el que pasaste 50 mil veces y no reparaste, el descubrimiento de la firma de un arquitecto que no sabías que estaba”, contaba Francavilla días antes de abandonar la dirección del cementerio donde trabajaba desde finales de los 80 y donde al menos una vez al mes tenía a cargo la visita turística gratuita por el cementerio, recorrido que la otra guía oficial hace cuatro veces al día. En uno de las últimos recorridos oficiales que hizo, Francavilla llevaba anteojos, pantalón de vestir, camisa celeste a rayas y un peinado muy prolijo. Se diría que era un atuendo discreto si no fuese por el inmenso manojo de llaves que le colgaba de la cintura y le daba un toque extravagante, como de mayordomo de un castillo en Transilvania. El ex director aclaró que él no vivía en el cementerio y que durante los años en los que trabajó en la Recoleta, abandonaba el predio cada día al caer la tarde. Sin embargo, la posibilidad de vivir ahí no parecía desagradarle. “Mire la vista que tienen, sobre todo la nocturna, creo que debe ser de las mejores vistas urbanas que se pueden tener en la ciudad”, contaba frente a los edificios que se levantan más allá de las murallas, sobre la calle Azcuénaga. “Antes casi todos los edificios lo miraban de refilón al cementerio pero ahora hay muchos que no, que están bien de frente. La cocina mira al cementerio, la habitación y el comedor también”, explicó.
El de la Recoleta fue el primer cementerio porteño. Se fundó en 1822 en el antiguo huerto de los monjes recoletos, una congregación que acababa de ser disuelta. “Es junto al de París y el de Génova uno de los primeros cementerios públicos del mundo. Antes se enterraba a la gente en iglesias, con las complicaciones evidentes que traía tratándose de cajones no herméticos”, explicó Francavilla apenas comenzó el recorrido que compartieron Diario Z y un grupo de turistas.
Como todo oficio, el de guía de este cementerio tiene algunos códigos específicos. “El primer precepto es no torturar o matar de aburrimiento al grupo”, explicó al principio. La impresión es que se refería a que un buen guía debe saber tejer un relato que cruce datos históricos, chistes funerarios e información para aprender a leer el lenguaje en clave del cementerio. “Miren por ejemplo a la señora del gorro frigio. Bueno, no es una señora, es la República”, decía cuando la visita paraba frente a la tumba del presidente Carlos Pellegrini, ubicada en el centro del plano inicial, una cuadrícula perfecta.
La alfabetización en temas funerarios continuó con otras pistas: Francavilla explicó, por ejemplo, que el roble representa el valor y acompaña a figuras militares, mientras que los laureles son la gloria y suelen reservarse a artistas o escritores. Entre las tumbas más antiguas que se conservan están la de Remedios de Escalada (1823) y la de Facundo Quiroga (1833), parte de las más de ochenta bóvedas declaradas Monumento Histórico Nacional. Según el libro Las mil y una curiosidades de Buenos Aires, de Diego Zigiotto, el cementerio tienel 4.780 bóvedas. Todas están compradas a perpetuidad y llegan a valer tanto como un departamento. “Son propiedades que, al igual que un departamento, se pueden vender o dejarse en sucesión. Lo único que pagan es una tasa de mantenimiento y limpieza”, explicó el guía. El método más sencillo para identificar las de las familias cuyos herederos no pagan, es buscar cuáles están sucias.
En el despacho de Francavilla, una habitación de aires coloniales que da a la Plaza de la Recoleta, colgaba un enorme mapa impreso en 1892. “Venía con un cuadernillo, es una Guía Artística e Histórica del Cementerio de la Recoleta, lo que prueba que con los recorridos nosotros no inventamos nada nuevo, se hacen desde el siglo XIX”, contaba el ex director y decano de guías. Hoy existen varias empresas que ofrecen todo tipo de recorridos temáticos por la Recoleta: historias de duelos, de romances, de fantasmas, todos paseos tentadores que sin embargo chocan contra la segunda ley del guía oficial.
“El segundo precepto es dar a conocer la historia verdadera. A veces la gente se va un poco decepcionada, porque vienen con la expectativa de escuchar cosas que como guías oficiales no vamos a decir jamás. Me refiero sobre todo a cuentos de alcoba o sábanas”, contaba Francavilla.
En las visitas extraoficiales al cementerio que alberga a buena parte de la oligarquía argentina se suele contar, por ejemplo, la historia de una pareja que se hizo enterrar espalda contra espalda para no seguir viéndose después de muertos. “Ésa es una que cuentan muchos, ¿pero sabe qué pasa? Todas las cartas con quejas y amenazas de descendientes nos llegan acá, a nosotros. Hay descendientes que incluso nos amenazaron con un juicio por daños y perjuicios. Se nos hace responsables de todo lo que se dice, se filma o se escribe en el cementerio. Y en cierta medida está bien, somos sus custodias”, explicaba.
Una de las historias extraordinarias que sí cuentan los guías oficiales es la de Rufina Cambaceres, hija del escritor y político Eugenio Cambaceres. La chica cayó muerta cuando cumplía 19 años, una tarde de mediados de 1902. La enterraron en la Recoleta  y pocos días después el cuidador encontró el ataúd movido. “La leyenda dice que al abrirlo había signos de que se había arañado el rostro y la conclusión fue que la habían enterrado viva, por efecto de la catalepsia. Aclaro, señor periodista, que dije según la-leyenda”, contaba Francavilla frente a la tumba de Rufina, adornada con una escultura de Richard Aigner que muestra a una joven intentando abrir la puerta del sepulcro.
La hija de Cambaceres es uno de los personajes favoritos de Francavilla y también de su reemplazante de forma interina desde el mes pasado, Marita Merzano. Una imagen de la joven cuelga en su despacho y Francavilla se refería a ella como Rufinita. “Lo que pasa es que con el tiempo uno se familiariza con estos personajes. Incluso a veces te llaman para ver dónde estás y contestás ‘estoy por lo de Rufinita’ o ‘voy a lo de Remeditos’ o ‘vengan para lo de Rufinita que hay un problema’”, contaba. El tercer precepto del guía de este cementerio es de carácter puramente práctico. La experiencia con grupos que se desbandaban antes de tiempo ha hecho que la visita a la tumba de Evita siempre se deje para el final del recorrido. “Ya sabemos que, si no, se nos escapan antes”, explicó Francavilla, que aprovechó la ocasión para recordar que antes de ser sepultado aquí, el cadáver de Eva Duarte recorrió medio mundo por orden de los militares que comandaron el golpe de 1955 y pasó años enterrado en el cementerio de Milán bajo el nombre de María Maggi de Magistris.
“La tumba de Evita siempre fue la más visitada y buscada por los turistas”, contó el director. La lista de tumbas célebres, al margen de los próceres y nombres vinculados a la oligarquía, incluye también a un boxeador como Luis Ángel Firpo o la del periodista y ufólogo Víctor Sueiro. También recibe muchas visitas la tumba del ex jefe de la policía federal Ramón Falcón, ubicada en una esquina del cementerio. No se ven flores, pero sí inscripciones a mano que se acuerdan de la madre del coronel que a principios del siglo XX reprimió con mano dura toda manifestación obrera y acabó asesinado por el militante anarquista Simón Radowitzky. Otra de las tumbas más buscadas es la de Guy Williams, El Zorro. “Parece que murió en Buenos Aires. Cada tanto alguien pregunta por El Zorro pero no, estuvo un tiempo en Chacarita”, contó Francavilla, que tiene otra anécdota para contar sobre entierros vinculados a Hollywood.
“La película Highlander 2 se filmó en el cementerio. Tenían que hacer el entierro de la novia de este hombre, Brenda. Ese día había gente en todos los balcones de la cuadra y el asistente del director les  pedía silencio. Habían dicho que iban a ser un par de horas, pero repetían la toma una y otra vez hasta la noche. Todavía me acuerdo de la tumba de esta pobre Brenda, porque la disfrazaron toda, la cubrieron con musgos y otras cosas”, recordó.
Es fácil olvidar que en la Recoleta aún hay un cementerio que funciona. “A veces me llamaban para preguntarme cuándo iba a haber un recorrido por el museo y yo me ponía un poco de la nuca con que le dijeran museo. Lo primordial siempre es el cementerio, si hay sepelio los turistas entran por las puertas laterales. En invierno a veces tenemos tres por día”, contaba Francavilla. Entre los miles de entierros que vio, recordó particularmente el de Silvina Ocampo porque ese día el cementerio se había llenado de gatos. Mientras llevaban el cajón al sepulcro, se largó una lluvia torrencial y uno de los gatos se refugió debajo  del cajón, sin que pudieran hacer nada para echarlo. “Yo no lo podía creer, decía no, qué desastre, pero al otro día ocurrió algo raro. Los diarios hablaban del gusto de Silvina por los gatos y cómo la acompañaron hasta el final, aunque bien podrían haber dicho qué asco, el cementerio estaba lleno de gatos”,  recordó el guía mientras se acercaba al pórtico y terminaba el recorrido por uno de los cementerios más famosos del mundo. Hoy, ya como ex director jubilado, se debate entre volver a hacer esas visitas que marcaron su agenda tantos años u olvidarse de esa rutina entre tumbas y cajones. “Creo que la vida me dijo ya está bien, vaya y descanse un poco. Igual tengo claro que al cementerio voy a volver, aunque es posible que de otra manera”, explica el misterioso señor Francavilla.

Información de visitas
El cementerio abre los 365 días del año, de 7 de la mañana a 5 de la tarde. Las visitas guiadas gratuitas, con un guía oficial, se hacen de martes a domingo en cuatro horarios diferentes: 9.30, 11, 14 y 16 horas. Al menos un día a la semana hay visitas en otros idiomas, que pueden ser inglés, italiano o portugués. 

 

dz/lr

Fuente Redacción Z
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