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TEMAS DE LA SEMANA

Casa Mamut: Cultura a puertas cerradas

Kermés, teatro, música: las actividades se difunden de boca en boca o por FB.

Por Camila Bretón
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FOTO MAMUT 001

Acá no hay nadie. Son las nueve y la calle Donato Álvarez está oscura. Al 500 hay un edificio de pisos bajos, un almacén cerrado y una casa grande, estilo colonial, pintada de blanco que no tiene cartel ni marquesinas que indiquen que adentro funciona un teatro. Tampoco se escuchan voces ni movimiento. Para entrar hay que tocar un timbre y esperar tras unas rejas negras hasta que alguien abra la puerta. “Hola, bienvenida, ¿es la primera vez acá? –dice una chica de unos 25 años con delantal de cocina y pañuelo en la cabeza–. Pasá, al fondo está la barra y a la derecha es la sala.”

La casa está en penumbras. El piso es de pinotea lustrada, las paredes son blancas y los techos altos. Varios jóvenes charlan de pie en el hall de entrada y otros comen algo de unas cazuelas de barro. Al fondo, una mesa cubierta con un mantel floreado y un pequeño pizarrón con el menú. ”Hoy tenemos arroz yamaní con soufflé de calabaza o pizza con rúcula. Las porciones salen quince pesos y la pueden comer acá o dentro de la sala”.

La sala: tras una puerta angosta, un cuarto amplio con bancos de madera y sillones viejos frente a un escenario que no existe. Lo que hay es un espacio vacío, bien iluminado, donde esta noche un grupo de actores improvisarán, sin ensayo previo, pequeñas escenas.

Los teatros a puertas cerradas son una tendencia que crece. Están dentro de casas particulares, galpones o fábricas abandonadas, y la única forma de saber dónde y cómo funcionan es de boca en boca o a través de las redes sociales. Éste, en el barrio de Caballito, se llama La Casa Mamut y en su página de Facebook puede leerse que es un multiespacio donde se desarrollan todo tipo de expresiones culturales. La oferta es múltiple: yoga, tango para la tercera edad, clown, teatro de inclusión y espectáculos para niños.

El público se va ubicando en los bancos y sillones con comida y bebida en mano. A las diez y media casi no queda espacio. Habrá unas cincuenta personas y la misma chica que abrió la puerta dice en voz alta que ya no se puede comer en la sala, porque la “impro” va a comenzar. Se lleva las cazuelas, los envases de cerveza y se va. Minutos después entran quince actores vestidos con remera blanca y se quedan de pie, en silencio frente a los espectadores. Uno da un paso adelante, señala con el dedo y dice alto:
–Vos, el de la derecha. Sí, sí, vos. Decime un lugar público.
El aludido, de unos 35 años, duda un instante y dice: “Una estación de tren”.
–¿De día o de noche?
–De noche, responde el joven.
Entonces se apaga la luz y segundos después comienza la obra. Serán cinco actores por sketch; hay un músico que acompaña con su guitarra y el resto del elenco se queda sentado a los costados del escenario, inmóviles, como parte de la escenografía.

Cada improvisación dura diez minutos. El público decide el tema. A lo largo de la noche saldrán títulos disparadores, como “Una chica con olor”, “Me vine de Neuquén a vivir a Buenos aires” o “Trabajo en un laboratorio con animales”. Los actores se rotan e interpretan las escenas en el momento. Unas son cómicas; otras, dramáticas; algunas están bien logradas y otras, menos. Lucila es una de las jóvenes que, sentada en un sillón, ríe y aplaude cada vez que cambia el tema. Tiene 30 años y viste un saco de pana negro y flores rojas: vive en Puente Saavedra y se enteró del evento por una amiga. “Los actores tienen que ser súper rápidos para poder contar una historia a partir de una frase”, opina.

Todos los viernes y sábados hay espectáculos: improvisación, música en vivo, varieté. En el intervalo los actores pasean por la casa y charlan con el público. Parece un evento íntimo.

Emilia Made es una de las artistas. Dice que es la primera vez que se presenta en Casa Mamut, pero ya estuvo en lugares parecidos: “Buenos Aires está lleno de lugares así, que por afuera no dicen nada pero por dentro son salas de teatro”.

La función sigue. Nadie se fue. Lucas, con bigotes y boina, llegó tarde y no le queda otra que sentarse en el piso. El espectáculo termina a la una. Dentro de la sala hace mucho calor y cuesta respirar. Los actores saludan y uno explica que pasará la gorra (un minimamut hecho de papel). “Aquí no cobramos entrada, pero todos queremos volver a casa en taxi”, dice con un gesto pícaro.

El público se para y algunos van hasta la barra a pedir un Fernet o una cerveza. Otros caminan hasta el patio, que ahora está abierto para que entre aire fresco, a fumar un cigarrillo. Y aunque el espectáculo haya terminado, son pocos los que deciden irse.

Fuente Redacción Z
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