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TEMAS DE LA SEMANA

Carolina Stanley y Federico Salvai

Los funcionarios recuerdan su Navidad inolvidable.

Por carolina-stanley-y-federico-salvai
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Más allá de tener un lindo recuer­do de mis Navidades en general, la que más me emociona es la del año pasado: fue la primera vez que Mateo, mi hijo mayor, conoció a Papa Noel.

En ese momento Mateo tenía sólo dos años ¡y se le iluminó la cara! Yo ya estaba embarazada de mi se­gundo hijo y estaba particularmente sensible. Tengo un recuerdo familiar hermoso de ese momento. ¡Mateo no lo podía creer!
Un primo mío se disfrazó y apa­reció a la medianoche, entró por el garaje tocando una campana. Está­bamos en la casa de mi abuela, de la bisabuela de Mateo.

Ahora él tiene cuatro años, y se acuerda muy bien de lo que ocurrió en ese momento. Cada Navidad, es­pera ansiosamente a Papá Noel. El 8 de diciembre, armamos el arbolito juntos y él le escribe su carta.

También hablamos del nacimien­to del Niño Dios. Para nosotros, ade­más de un encuentro familiar, la Navi­dad guarda un sentido religioso muy profundo.

Tal vez este año sea el turno de Juan, que es mi hijo más chico.

Si tenemos suerte, alguien se va a disfrazar de Papá Noel para darles una sorpresa a los dos hermanitos.

 

Mi mejor Navidad fue la última, junto a mis hijos Mateo (4 años) y Juan (de un añito), acompañado por mi esposa Carolina.

El Niño Dios pasó a ser «Papá Noel» para nosotros, pero mantiene su ancestral encanto, y la ficción arma­da por los mayores para ilusionar a los chicos sigue teniendo intensidad emo­cional en cualquier tiempo y lugar.

El año pasado pude ver y disfrutar esa emoción en el rostro de mi hijo Mateo, casi desencajado de alegría y asombro al ver a ese hombre de traje rojo, barba blanca y panza simulada que llegaba con una bolsa cargada de obsequios.

El corazón de Mateo, el de Caro­lina y el mío palpitaban al unísono, parecían tres tambores.

Ahí comprendí la bendi­ción que significa ser padre, esa función que no se estudia en ninguna universidad y sólo se aprende viviendo la experiencia. Seguramente, el placer de este ritual se repetirá con Juan, apenas tenga la edad para sentir la fascina­ción que genera Papá Noel, el Niño Dios o como quieran llamarlo.

Y volveremos a emocionarnos.

Y volveremos a ser niños por un rato.

DZ/km

 

Fuente Especial para Diario Z
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