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Carlos Thays: mil tonos de verde y un jardinero francés

Con su arte le cambió la cara a Buenos Aires. En parques y plazas perdura una obra que los porteños todavía disfrutan y se puede ver en cada barrio. Un patrimonio valioso en una ciudad cada vez con menos naturaleza.

Por Diego Sasturain
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Parque Tres de Febrero Parque Tres de Febrero
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carlos thays carlos thays
dibujo plaza de mayo dibujo plaza de mayo maqueta de proyecto de Thays
parque centenario 0111
Parque Lezama Parque Lezama
Plaza Congreso Plaza Congreso
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La transformación de Buenos Aires, que pasó en pocas décadas de la gran aldea a orgullosa metrópolis sudamericana del siglo XX, fue un verdadero proyecto a gran escala. Cuando Jules Charles Thays llegó a la Argentina en 1889, no sabía que iba a quedarse el resto de su vida. Tenía cuarenta años y un contrato en la ciudad de Córdoba, para hacer el parque Crisol, hoy Sarmiento. Dos años después se abrió concurso para el cargo de director de Parques y Paseos de Buenos Aires y lo ganó. Se quedó en el cargo hasta su jubilación, en 1914 y el país hasta su muerte, veinte años después. Para entonces, la ciudad era muy distinta. Más linda.

De ingeniero a naturalista y filántropo fundador de los Boys Scouts argentinos, pero sobre todo, paisajista y urbanista, Thays fue una figura central en la Argentina de las primeras décadas del siglo XX. En Buenos Aires, casi todos los espacios verdes son obra suya. Al mayor, el Parque 3 de Febrero, le agregó los lagos y el Rosedal y lo convirtió en el paseo porteño más coqueto. Le dio forma a los parques Lezama, Centenario, Los Andes, Avellaneda, Ameghino, Patricios, al paseo de La Recoleta, Plaza Francia, Plaza San Martín y Barrancas de Belgrano. Las plazas Constitución y Once de Septiembre son obra suya. También la del Congreso, y la Plaza de Mayo, por si fuera poco, también recibió su impronta.

Son más de setenta obras diseminadas por toda la ciudad. Una combinación de estilo inglés y francés que le dieron un toque característico. El primero, que lo usó sobre todo para las plazas y plazoletas, se caracteriza por las líneas rectas, la simetría y las plantas cuidadosamente podadas. El segundo es irregular, busca mantener un entorno más natural y agreste, sin ninguna simetría. Thays lo aplicó en los espacios más grandes, como el Parque 3 de Febrero o el Lezama. La combinación de ambos estilos se llama mixto: por ejemplo, entradas y salidas simétricas y caminos curvos.

De París a Buenos Aires
Thays fue heredero directo de una escuela de jardineros franceses que venía de la remodelación de París hecha por el barón Haussmann en la década de 1850. Ya no Versailles, el jardín privado del rey, sino Champs Élysées: amplios boulevares y parques a los que podía acceder todo el mundo. El encargado del diseño de esos paseos fue Adolphe Alphand, que creó una escuela. Allí se formó Édouard François André, uno de los jardineros-paisajistas más famosos de su tiempo y maestro de Thays. André posiblemente también haya establecido los contactos con Sudamérica, ya que viajó por los Andes ecuatorianos, venezolanos y colombianos entre 1875 y 1876 recolectando plantas para sus jardines europeos. Diseñó más de un centenar de parques y jardines públicos en Europa, y también privados, sobre todo para la nobleza polaca y ucraniana.

Thays siguió esta doble vertiente. Además de proyectos públicos, diseñó parques de estancias, como La Larga y La Paz, de Julio Argentino Roca, el Talar de Pacheco y San Ramón, de los Anchorena; La Porteña, de los Güiraldes y La Ventana, de Ernesto Tornquist. En la ciudad, se destaca el jardín del Palacio Bosch, hoy residencia del embajador de Estados Unidos.
Belleza y salud

Thays no sólo pensaba en la estética. Lo moderno, además de bello, era sano. El higienismo surgió a mediados del siglo XIX en Europa y llegó al país por medio de Guillermo Rawson y Eduardo Wilde. Era una corriente de la medicina, una política sanitaria, que comenzó a pensar las enfermedades como un fenómeno social y buscó mejorar la salud de los habitantes de las ciudades a través de tres elementos fundamentales: el aire, el agua y el sol. Cada vez se necesitaban más espacios verdes para purificar el aire y darle lugares de esparcimiento a una población que casi se triplicó entre 1889 y 1914. Thays, que tenía muy buenas relaciones con la aristocracia, para la que diseñaba estancias y jardines, hizo plazas en suburbios y barrios populares que todavía están, como la Solís, en la Boca; la Zapiola en Saavedra o la General Pueyrredón, en Caballito. Además plantó árboles como nunca antes: tipas y jacarandás y especies exóticas como plátanos, magnolias, cedros y palmeras… al final fueron 150 mil.

Un jardín propio
La obra que combina mejor los intereses de Thays es el Jardín Botánico, que fundó en 1898. Las fotos de época muestran que la casa donde funciona la Dirección General de Paseos por entonces estaba mucho más expuesta. Allí vivió durante años con su esposa, Cora Venturino, y sus hijos Carlos León y Ernestina se criaron entre las plantas. Tanto es así, que Carlos León ocupó el cargo después de que su padre se jubiló, hasta 1945.

El Jardín fue el laboratorio de Thays. Hizo viajes al norte y a la Patagonia para hacer un inventario de la flora local y las aclimató allí junto a especies exóticas. Gracias a estos trabajos, trajo a la ciudad especies del norte argentino como tipas –sus árboles preferidos- palos borrachos, ceibos, acacias, jacarandás y araucarias que plantó por toda la ciudad. Fue también en el Botánico donde Thays halló un método para hacer germinar las semillas de la yerba mate, que estaba en crisis a fines del siglo XIX.
Si Buenos Aires tiene una tradición verde, en gran medida se la debemos a Thays, que le cambió la cara para siempre.

 

Fuente Redacción Z
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