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Calesitas porteñas: por una vuelta más

Resisten el paso del tiempo. La más antigua está en Villa Devoto.

Por pablo-seaone
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Roberto Couto no tiene descanso: le da envión a la calesita para que comience a girar, luego se mete en la boletería para despachar a los próximos «turistas» y sin perder tiempo corre hacia la sortija con la que los pibes sueñan. Es un domingo soleado en Parque Saavedra, día perfecto para dar una vuelta, lo que quiere decir que la escena se repetirá varias veces en la tarde. Y probablemente también se reproduzca en la mayoría de las calesitas dispersas por la ciudad de Buenos Aires que supieron resistir al avance de la tecnología y a las administraciones municipales que estuvieron cerca de rematarlas.

Actualmente, son 55 las que están distribuidas por los distintos barrios. Las más antiguas -31 de ellas- fueron declaradas patrimonio cultural a través de la ley 2.554, promulgada el 29 de noviembre de 2007 por la Legislatura. Carlos Pometti, secretario general de la Asociación de Calesiteros y Afines, explica que gracias a la ley pudieron tener reglas más claras de cara a la licitación. «Ahora renovamos cada cinco años, tras cumplir una serie de normas. Aunque parecería que hay una iniciativa de la Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura porteño para elevar una ley que nos firme un convenio por 99 años», agrega.

A la ley promulgada durante la gestión de Telerman, se le suma que desde el Ministerio conducido por Hernán Lombardi, se organizaron diversas actividades: se inauguran bibliotecas dentro de algunas de ellas y se restauraron otras como la que está ubicada en el parque General Paz.

Recuerdos del pasado

El panorama actual parece alentador, más aún si se lo compara con la situación de peligro que debieron atravesar en la década del 90. De hecho, en 1993, el por entonces intendente de la ciudad, Saúl Bouer, amenazó con licitarlas. En 2001, se pretendió reemplazarlas por modernos carruseles pero cuando los pliegos estaban listos, se frenó la subasta y el gobierno porteño prolongó las concesiones existentes, que databan de 1981. Finalmente, la Subsecretaría de Patrimonio Cultural comenzó un relevamiento para integrarlas a la Ley de Patrimonio Cultural.

Según el libro Calesitas de valor patrimonial, de Alejandro Mellincovsky, su origen se remite al siglo XVII en Constantinopla, donde la llamaban «Maringiak». La primera que llegó a la Argentina, de origen alemán, se instaló en la ciudad de Buenos Aires y se emplazó, entre 1867 y 1870, en la zona donde está la plaza Lavalle.

Recién en 1891, se fabricó un ejemplar similar en el país que se ubicó en la Plaza Vicente López. Aquella creación estuvo a cargo del francés Cirilo Bourrel, el argentino Francisco Meric y el español De la Huerta, quien financió el proyecto.

La más antigua, que aún continúa girando, data de 1938 y luego de algunas mudanzas se encuentra en plaza Arenales, en Villa Devoto.

Pasaron ya más de cien años desde su llegada al país, hay cosas que nunca cambian. Si bien Pometti y Couto aseguran que la demanda actual es incomparable con la que había en los años dorados, también coinciden en que los fines de semana se trabaja bien. «Acá los pibes ponen en juego toda su imaginación: se suben a un autito, imitan su ruido, les dan rienda suelta a sus fantasías», dice Pometti, al tratar de explicar el fenómeno. Couto, dueño del carrusel de Parque Saavedra, lo simplifica: «Mientras haya chicos, la calesita no va a morir».

El primer carrousel argentino

Si bien suelen mencionarse como si fueran sinónimos, calesita y carrusel no significan lo mismo. La diferencia principal entre ambos es que las figuras del carrusel tienen movimiento. El primero de Argentina, fabricado por la empresa rosarina Sequalino hermanos, se instaló en 1943 en la esquina de Hidalgo y avenida Rivadavia. En 1946, se trasladó al Jardín Zoológico y allí funcionó hasta 1978, cuando se lo reemplazó por uno más moderno. Actualmente, se encuentra ubicado en el parque infantil del Club de Leones de Ayacucho, provincia de Buenos Aires.

DZ/km

Fuente Redacción Z
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