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TEMAS DE LA SEMANA

Café Tortoni: los mozos y sus historias

Llevan casi 40 años trabajando en el café más antiguo de la ciudad. Y conocen todos sus secretos.

Por Norma Rossi
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Sinónimo de porteñidad, el Café Tortoni –uno de los notables y el más antiguo de la ciudad– atesora muchos secretos desde su origen, allá por 1858. Apenas se sabe que lo fundó un francés de apellido Touan, tomando prestado el nombre de un local del Boulevard des Italiens, punto de reunión de la cultura parisina del siglo XIX y que su inconfundible fachada es obra del arquitecto Alejandro Christophersen.

“Si no lo conocés, no sos argentino”, arriesga Pastor Mendoza con su tono correntino. A los 65, y confiando jubilarse en poco tiempo, después de 37 trabajando entre las mesas del emblemático bar.

“Es como mi segunda casa”, agrega. Casi un eco de lo que el Tortoni supo ser para incontables artistas, políticos e intelectuales. De Gardel a Luigi Pirandello. De Cortázar a Arthur Rubinstein. Nobleza obliga, también de Raúl Alfonsín a Mauricio Macri.

Adquirido a fin de siglo por otro francés –Celestino Curutchet–, el local albergó también a la Agrupación de Gente de Artes y Letras, liderada por Benito Quinquela Martín que en 1926 formó La Peña, en la ya mítica bodega del subsuelo. Asimismo, tuvo peluquería, con manicura y partidas de ajedrez a la espera de un turno. Luego llegó la sala de fumadores con mesas de pool. Ahora, sitios asignados para eventos.

Mil historias, sin dudas. Pero particularmente una se deslizó, silenciosa, como un caracol, entre tanta gloria.
Pastor Mendoza y Ángel Sosa (62) son coterráneos de Saladas (Corrientes). Fútbol a la siesta en la canchita de enfrente. Ojos adolescentes con la lupa en Buenos Aires.

El primero en llegar fue Pastor, como mozo del Bar La Tuerca –Figueroa Alcorta y Canning, frente a la Policía Montada. Prontito se sumó su amigo para que –pared de por medio– hiciese lo propio en Elizabeth. Al venderse ambos locales, desembarcaron juntos a una cuadra de allí, en el por entonces Tiberio, de Palermo. Tres bares de la ciudad ya desaparecidos.

Entonces llegó la oportunidad en el Tortoni. Corría el año 1977, cuando un compañero de hotel lo hizo entrar a Sosa para trabajar en la barra. Apenas seis meses después, Ángel ayudó a anclar allí a su amigo de toda la vida. Pastor se enorgullece de haberle podido sacar una foto a don Atahualpa Yupanqui, cuando las mesas todavía tenían manteles. De ese capuchino al Rey de España en una visita relámpago. De atender a Raúl Alfonsín y su comitiva, cuando el bar tenía salida por Rivadavia y ellos, el despacho en Suipacha, y a Víctor Hugo Morales, durante las reuniones para el programa de deportes.

Ángel, en tanto, recuerda el té a Borges –apenas empezó en el bar– “sin saber quién era”. Y deshilvana un recuerdo de la dictadura: los gritos de esa mujer, vecina (Matilde Vara de Anguita) que solía ir a hablar por teléfono, llevada en andas hasta el Falcon estacionado en la puerta. Las flores del hijo y –ahora– la placa a su memoria en el último lugar donde se la viera con vida. Y otro momento no menos doloroso: “La manifestación cuando perdimos Malvinas”. Un colectivo incendiado en plena calle. Los maceteros destrozados y prendidos fuego.

Ninguno de los dos habla otro idioma. Ayuda el menú con versión en inglés. Y lo que más les gusta es el contacto directo con gente de todo el mundo. “Es lo que más voy a extrañar”, asegura Pastor.

Eso sí: a la hora de elegir un plato, cada uno tiene sus preferencias. Para Mendoza: “El jamón serrano o el blanco de pavita con ensalada rusa. Y el desayuno Tortoni (café con leche, torta, tostado y jugo de naranja) o el té al atardecer para compartir (medialunas, tostado y pan dulce)”. En tanto, Sosa retruca: “Como argentino, elegiría el bife de chorizo a la plancha con ensalada mixta”. Pero comparte similar pasión por el serrano, sobre todo como parte del “Académico Tortoni”: pan tostado, jamón, tomate, roquefort y un toque de orégano.

Iguales pero diferentes. Tal vez ése sea el secreto.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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