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Café La Poesía: Literatura y cerveza helada

Artistas, escritores y turistas son habitués de un café donde se puede leer, escuchar música y se conserva la costumbre de conversar de mesa a mesa.

Por Norma Rossi
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Tiene la típica fisonomía del bodegón, aunque con tintes propios. Como las plaquitas recordatorias de antiguos habitués del local, como Enrique “Mono” Villegas, el violinista Hernán Oliva, y el Grupo literario de los 7. O el tango “Lulú”, de Horacio Ferrer, fileteado en una de las paredes. Es que Ferrer conoció en La Poesía a su esposa Lulú.
El café La Poesía nació en la esquina de Chile y Bolívar, el 12 de abril de 1982, en pleno transcurso de la guerra de Malvinas.
De la mano de su fundador, el poeta Rubén Derlis, el café fue albergue y estímulo para muchos grupos literarios. Hasta que en 1988 cerró sus puertas por divergencias entre los socios.
Desde entonces, Pablo Durán –amigo de Derlis– soñó con reabrirlo. Y diez años después lo consiguió. “Soy un gallego almacenero que nada tiene que ver con el arte”, dice Durán. Sin embargo, le devolvió a La Poesía su típico paisaje: la Fotogalería de las Letras y el rincón en homenaje al Teatro Colón, donde se destacan las fotos del ballet estable encabezado por Norma Fontenla y José Neglia, momentos antes de subirse al avión que cayó al Río de la Plata en 1971, y la del coro estable conducido por el maestro Pedro Ignacio Calderón.
Por su estructura arquitectónica, historia, permanencia en el barrio y actividad cultural fue declarado Café Notable de la Ciudad de Buenos Aires y resulta un imán tanto para turistas como para cultores del arte en todas susc disciplinas.
“En la primera época venía ocasionalmente, por ejemplo para la presentación de un libro”, dice Daniel Santoro, artista plástico y autor entre otras obras de los murales de Evita que visten el Ministerio de Salud de la Nación, sobre la avenida 9 de Julio.
“Ahora es uno de los bares que elijo para trabajar porque tiene buena luz. Me gusta su bullicio tan particular y la posibilidad de cruzarme de vez en cuando con alguien a quien aprecio. También toda la memorabilia de las paredes y la gente conocida, desde Derlis hasta los muchachos que están ahora. Además se come muy bien”, agrega Santoro, recomendando el sandwich de crudo y queso con un vasito de tinto de la casa.
Y arriba, el flamante salón de lectura, presto a sumar ciclos de cine. “Vengo casi todas las semanas, como una especie de ritual”, dice Francisco Arturi. “A veces llego con mi esposa los viernes por la noche, a disfrutar una picada mientras escuchamos al maestro Adrián Placenti en la pianola restaurada, de 1915. También soy poeta, y la atención es muy buena. Me encanta encontrarme aquí con un ejemplar de El Barrilete, con un dibujo de Oliverio Girondo. También me resulta muy rico el diálogo entre los habitués que ocupan distintas mesas. Es común escuchar a turistas extranjeros conversando con gente del barrio, intercambiando ideas de mesa a mesa.”

Fuente Redacción Z
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