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Café García: De otros tiempos

Inaugurado en 1937, atrae con su ambientación cargada de nostalgia y sus picadas de 30 platos.

Por Eduardo Diana
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M ás allá de que madera y estaño apenas resistan los embates del plástico y la fórmica, los cafés porteños permanecen. El que hayan sido sentidos como segunda madre o segundo hogar, quizá explique nuestra entrañable relación con ellos”, dice una frase en la entrada del Café García, un clásico del barrio de Villa Devoto. Inaugurado en 1937, está en una casona de principios del siglo pasado, en la esquina de Sanabria y José Pedro Varela, e integra la lista de Bares Notables de Buenos Aires. También el Museo de la Ciudad lo distinguió con el diploma de Testimonio Vivo de la Memoria Ciudadana. Es que el local mantiene intacto el tradicional estilo porteño, como si el tiempo allí no hubiese pasado. Por su salón principal, donde siempre suena un tango o el sonido de las bolas de billar encontrándose en una carambola, pasaron decenas de personalidades del arte, la cultura y el deporte. Y se filmaron varias escenas de la película de Eliseo Subiela No te vayas sin decirme adónde vas. El Café García también es famoso por sus picadas de más de treinta ingredientes.

La fachada del bar llama la atención. No hay detalles estridentes ni luces de neón. Tiene identidad propia, calidez, un encanto sereno. El frente está pintado de amarillo pálido y ocre, con rejas artísticas negras en las ventanas, carteles con frases y dos glorietas en la vereda con mesas enmarcadas por tupidas glicinas. Atravesar las puertas del café es sumergirse en una atmósfera de otros tiempos. En el centro del salón principal, sobre un gastado piso damero blanco y negro, hay tres mesas de billar que nunca descansan. En un costado, las taqueras y los guardatacos personales, que están identificados con los nombres de los habitúes del bar y cerrados con candados. En sus “mesas que nunca preguntan”, todos se conocen.

La ambientación del salón está cargada de nostalgia. Sus paredes parecen un museo. Hay decenas de fotos en blanco y negro de artistas y deportistas, y recortes periodísticos de hitos del deporte nacional. También se pueden ver una nota de puño y letra del poeta español Arturo Cuadrado, la foto autografiada de Eva Franco y la partitura del tango “Nostalgias”, firmada por su autor, Enrique Cadícamo.

Entre los adornos preferidos de Hugo García, propietario del bar, junto con su hermano Rubén, figuran una vieja pelota de fútbol, el acordeón de su abuelo y la camiseta de la Selección Argentina autografiada por Diego Maradona. “Cuando vivía cerca de aquí, Diego vino dos o tres veces a comer asado”, cuenta Hugo.

Muchos de los antiguos objetos que decoran el lugar –publicidades de bebidas y autos, almanaques de Alpargatas, sifones de vidrio, ventosas– fueron donados por los vecinos. Recorrer la colección de autógrafos y dedicatorias de los famosos que pasaron por el café lleva un buen rato. Entre otros, dejaron su firma Horacio Ferrer, Víctor Hugo Morales, Antonio Carrizo, Félix Luna, Graciela Borges, Alejandro Dolina, Mariano Mores, Enzo Francescoli y el cineasta Francis Ford Coppola. “Tenía ubicación en un reservado, pero quiso sentarse en el lugar más cercano a las mesas de billar”, recuerda Hugo.

La familia García vivió en la casa donde funciona el café hasta la década de 1950. Luego el local se vendió y 20 años más tarde los hermanos García lo volvieron a comprar. “Nos daba lástima que ya no nos perteneciera. Nuestros padres habían trabajado con mucho sacrificio en este lugar”, dice Hugo. En 1986 se agregó el anexo Metodio y Carolina, en el cuarto donde estaba la habitación de los padres de los hermanos García. Allí se sirven las célebres picadas del bar, que poco tienen que ver con las tradicionales. Entre más de 30 platos, se pueden degustar buñuelos de pescado, strudel de verdura, pascualina, salchichas acarameladas, vitel toné, berenjenas en escabeche, fiambres surtidos, tortillas, morrones a la parrilla, aceitunas rellenas, albóndigas y cazuela de calamares. La abrumadora sucesión de manjares finaliza con turrón, almendras, un trozo de pan dulce y champán.

El anexo Metodio y Carolina también está decorado con recuerdos personales, objetos antiguos y fotos familiares. Una imagen en blanco y negro muestra a los hermanos García en su infancia, junto con cinco amigos. Ninguno tiene más de diez años. En la actualidad, los protagonistas de esa fotografía se vuelven a encontrar todas las tardes en el café. “No me imagino sin el bar, aunque sea un trabajo sacrificado. En este lugar nací y me crié. Aquí están mis afectos y los recuerdos de mi vida”, asegura Hugo, mientras mira a uno de los amigos de la vieja fotografía que está a punto de intentar una arriesgada carambola.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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