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Cabaret Marabú: La vida es una milonga

El mítico cabaret donde tocaron Troilo y Piazzolla convoca a parejas y solitarios.

Por Alejandro Caminos
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cabaret marabú

Buenos Aires tiene ese qué sé yo, que impide que su identidad tanguera y melancólica desaparezca con el avance de la modernidad. Sobre la calle Maipú, entre Sarmiento y Corrientes, más exactamente en el subsuelo del 359, por debajo del mundo actual, como si fuese el subconsciente de la ciudad, está el histórico Marabú, que reabrió a mediados de 2013 después de estar cerrado desde 2002

El lugar se inauguró en 1934 por iniciativa del inmigrante español Jorge Sales que convirtió un subsuelo abandonado en un cabaret tradicional y uno de los baluartes culturales locales. Aquel año se inauguró el primer tramo del subte que uniría Constitución con Retiro y Carlos Gardel filmaba en Nueva York.

“Marabú” fue sinónimo de cosas de adultos, un sitio donde había mujeres contratadas para que tomaran unas copas o bailaran con los clientes. Al lugar asistían tanto parejas como solteros, pero también fue prestigioso por las orquestas de jazz y de tango que desfilaron por su escenario. El 1 de julio de 1937 debutó allí el legendario bandoneonista Aníbal Troilo junto a la Primera Orquesta y al cantor Francisco Florentino. De ahí en más, un cartel en la entraba rezaba: “Todo el mundo al Marabú / la boite de más alto rango / donde Pichuco y su orquesta / hará bailar buenos tangos”.

También fue el debut de Jorge Donadío, bandoneonista de Tango en Trío, Negra Brava y de los espectáculos Su Majestad… el tango y Nuestro embajador… el tango. A los 12 años, su padre milonguero lo llevó a conocer el mítico cabaret y, gracias a un amigo, pudo hacer que su hijo subiera al escenario para interpretar dos tangos. Al año siguiente volvió a tocar en el intervalo de la orquesta de Osvaldo Piro y Jorge Sobral. “Vamos, pibe, tranquilo que te va a salir todo bien”, lo arengó Piro a ese incipiente músico, antes de presentarlo ante todo el público.

Si bien los menores de edad tenían prohibida la entrada, el caso de Jorge no fue el único. En esa época, un grupo de personas tapaban a un niño con un sobretodo para que los guardias o la policía no lo descubrieran al entrar. Y ya adentro se dedicaba a tocar el piano. Ese chico empezó con el nombre de Cayetano Di Sarli, pero tiempo después se hizo conocido como Carlos Di Sarli, histórico pianista, director de orquesta y compositor.

Asimismo, el Marabú fue una fuente de inspiración para los artistas. En 1938 y ya establecido bajo ese subsuelo con su orquesta, Pichuco compuso el tango “Tinta roja”. Y el poeta José María Contursi creó la letra de “Como dos extraños”. También lo frecuentaban celebridades del deporte, como La máquina de River Plate (Juan Carlos Muñoz, José Manuel Moreno, Adolfo Pedernera, Ángel Labruna y Félix Loustau), el locutor Roberto Galán y el boxeador José María Gatica.

El cabaret, al que se lo comparó con el Moulin Rouge de París, supo de tristezas y olvidos, y cerró en la década de 1960 hasta su breve reapertura en 1984. En el corto lapso que estuvo abierto al público tocaron en su escenario desde Astor Piazzolla hasta Soda Stereo.

En 1993 el Marabú volvió a abrir bajo el nombre de Maracaibo, ya que se buscó preservar las buenas costumbres del baile y el tango del lugar con las primeras cuatro letras de ambas denominaciones, pero se cambió todo lo que recordara sus actividades vinculadas al cabaret.

Las personas que hoy asisten cada lunes al mítico subsuelo para bailar tango y milonga tienen entre 40 y 60, y comparten un rasgo en común: todos danzan con los ojos cerrados, como si añoraran la nostalgia de un tiempo que pasó. Hay hombres acompañados de mujeres, grupos de amigos donde las charlas mezclan el fútbol, los recuerdos y la política. También están los que están solos a la espera de que una dama los mire para agachar levemente la cabeza y así invitarlas a la pista, y los que permanecen en su mesa con la compañía de una copa y el sonido de la música que buscan mitigar la soledad, incluso están los que van de trampa.

Si bien durante la semana el Maracaibo ofrece distintos ritmos a los presentes (rock, chacarera o cumbia), el alma nostálgica del 2×4 es la que da mayor sentido a su existencia, el que se niega a desaparecer bajo un mundo cada vez más electrónico y moderno.

DZ / fs

Fuente Redacción Z
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