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TEMAS DE LA SEMANA

Buenos Aires, más linda en enero

La ciudad no para, y esta época del año puede ser ideal para ir al teatro, al cine, a comer o simplemente recorrerla. Una guía completa con propuestas para disfrutarla y descubrir sus encantos veraniegos. 

Por Néstor Rivas
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barolo_DSC0244 Mirador del edificio Barolo.
caferratta_DSC0709 La arquitectura y el verde del barrio Cafferata, una excelente opción para pasear en la ciudad.
konex El Konex. Música, muestras y teatro en la zona del Abasto.
_DSC0010 El Tortoni, café histórico de la ciudad, una buena opción para porteños y turistas.
_DSC0809 El viejo mercado de San Telmo cada vez más surtido.
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Por Néstor Rivas
 
Las vacaciones son una costumbre arraigada de los porteños, contra viento, marea y vicisitu­des económicas, más de la mitad de los habitantes de la ciudad sale de veraneo aunque sea unos días, y la mayoría de ellos lo hace en el primer mes del año. Sin embargo, existen otros porteños que afirman que en enero ni locos se irían de la ciudad: son los que juran que es la mejor época para recorrerla sin so­portar multitudes y que para las va­caciones ya habrá otros meses. En enero, dicen, la ciudad se aletarga, las calles parecen desiertas, las tar­des parecen interminables y las no­ches veraniegas invitan a salir, ca­minar, tomar algo… Devotos de la ciudad vacía u obligados a perma­necer en ella por las razones que sea, es cierto que enero invita a re­correr Buenos Aires y descubrir sus rincones, a disfrutar de la vida cul­tural y nocturna que se mantiene intensa, y a jugar un poquito a ser turistas en nuestra propia aldea. 
 
Hacia el Sur 
La parte histórica de la ciudad es el paseo obligado de los turistas extranjeros: San Telmo, Montse­rrat, La Boca, Barracas. Especial­mente los jóvenes prefieren San Telmo para alojarse, en alguno de las decenas de hostels que hay en el barrio. Son más baratos que un hotel (en promedio, unos $250 la habitación doble, y $70 las piezas compartidas para 6 u 8 personas), limpios, seguros y divertidos. Des­de que empezaron a proliferar, San Telmo se convirtió en un barrio ac­tivo los siete días de la semana. La propuesta, entonces, es compartir por un rato el destino y la perspec­tiva de esos altísimos alemanes de pelo cortado al rapé o de las ru­bias muchachas que caminan con paso seguro por la zona más vieja de la ciudad. 
 
Cualquier noche es buena para darse una vuelta por sus ca­lles empedradas y mezclarse en los bares con los visitantes en plan de intercambio, por ejemplo, en la barra de Las del Barco (Bolívar, casi esquina Chile); también para tomar una cerveza o un porrón de sidra tirada en El Federal (De­fensa y Carlos Calvo) o un café en el Dorrego (Defensa y Humberto Primo). Y si de bares hablamos, uno de los secretos a voces mejor guardados del barrio es el Dopel (Bolívar y Garay), ideal para citas y reuniones tranquis. Cada noche, ofrece una ganga de tres o cuatro tragos distintos, bien frescos, pre­parados como los dioses, que se pueden acompañar con unos bo­cados y tapas exquisitas. 

 Sin duda, San Telmo se identi­fica fuertemente con la feria que ocupa la calle Defensa todos los do­mingos, desde las diez de la maña­na. Es un paseo que se debe hacer cada tanto para volver a maravillar­nos con la profusión de artesanías, antigüedades y cosas insólitas que se ofrecen en puestos, locales y ga­lerías. Vivir en la ciudad no es excusa para privar­se de hurgar entre las ena­guas, som­breros y mantillas de las bisabue­las o no comprar algunas tapas de viejos vinilos, sifones de soda que eran habituales en la mesa de la in­fancia o copas de cristal baratísi­mas (claro que son juegos despa­rejos). A propósito de galerías, si recorre este circuito, no deje de vi­sitar el Pasaje de la Defensa (Defen­sa 1179), una construcción de 1880 que se conserva como uno de los mejores ejemplos del barrio histó­rico. ) Y, claro, el viejo Mercado de San Telmo que diseñó el mismísimo arquitecto Juan Antonio Buschiaz­zo a fines del siglo XIX. Tiene entra­das por Bolívar, Carlos Calvo, De­fensa y Estados Unidos. Por Bolívar está el bodegón Pedro Telmo, don­de la Negrita, que ya bordea los 80 años, sirve la mejor sopa de ver­duras del planeta, cocinada por sus propias artes. 
 
Para almorzar, El Desnivel (De­fensa 855) sigue siendo una de las mejores parrillas de Buenos Aires. Y quien ande por ahí no debería dejar de caminar bajo los hermo­sos jacarandáes del Parque Leza­ma, para muchos el más lindo de la ciudad. Al costado está el Mu­seo Histórico Nacional (Defensa 1600), que es mucho más entrete­nido que lo que su nombre sugiere y está emplazado en la vieja man­sión de la familia Lezama, construi­da en el siglo XIX. En la esquina de Defensa y Bolívar está el bar Britá­nico –abrió en 1928 y es bastión de la bohemia de los barrios del sur–, que durante la guerra de Malvinas supo borrar la primera sílaba de su nombre. Cuando intentaron cerrar­lo hubo piquete de mozos, parro­quianos y vecinos. A la tardecita, sobre la renovada avenida Case­ros, florecieron unos bares y restós muy bonitos. Destacan La Popular y el brunch de comida orgánica de Hierbabuena. 
Una sugerencia que parece de Perogrullo, pero que no lo es: en Puerto Madero hay un complejo de cines que se distingue porque nun­ca se atiborra de gente, las salas es­tán equipadas de primera y queda al lado del río. Es una excelente al­ternativa a los populosos shoppings y sus colas interminables. Además, está cerquita de la porteñísima piz­zería Tío Felipe (Balcarce 739), que ofrece una fugazzeta inolvidable. 
 
La Boca y Barracas 
¿Cuándo fue la última vez que recorrió La Boca? Caminito está tan identificado con la ciudad, que muchos de sus propios habitantes creen conocerlo pero no lo reco­rrieron jamás. Además, La Boca si­gue renovándose. Una prueba es la recientemente inaugurada Usina del Arte (Av. Pedro de Mendoza y Caffarena), que ocupa el imponen­te y bello edificio de la vieja Com­pañía Ítalo-Argentina de Electrici­dad. Se la puede recorrer sábados y domingos en una visita guiada (con reserva previa a usinadelarte­bsbas@gmail.com entre las 11 y las 16 horas. Lo que antes albergaba una superusina eléctrica, ahora dis­pone de una sala para conciertos filarmónicos con 1.200 butacas, otra para orquestas de cámara de 400, y diferentes espacios para ex­posiciones y espectáculos. No hay muchas actividades, pero la sola vi­sita al lugar vale la pena. 
 
Si de exposiciones se trata, la Boca ofrece el singular Museo His­tórico de Cera y la Fundación Proa (Av. Pedro de Mendoza 1929), que continúa exhibien­do la muestra del maestro Alberto Giacometti hasta el próximo 9 de ene­ro. Después de reco­rrer la obra de este genio de la plástica, se puede re­matar la tarde tomando un Cam­pari en la terraza de la Fundación, que también es una pieza de arte, aunque de otro tipo. El atardecer en la terraza de Proa muestra todos sus colores sobre el Riachuelo con el puente y las siluetas fabriles de Dock Sud como telón de fondo. Para comer, se impone recomendar El Obrero (Caffarena 64), una parri­lla y bodegón sencillamente espec­tacular, con porciones enormes y olores y sabores que parecen vol­ver de la cocina materna.
 
Un poco más allá está la Bombonera. Pero este cronista prefiere hablar de cultura, políti­ca o religión, y no de temas que dividen a la gente.
Barracas por algún motivo no entra en el circuito turístico tra­dicional. Para empezar, se puede conocer una perla: La Flor de Barra­cas (Av. Suárez 2095), híbrido de bar y bode­gón, emplazado en una esquina histórica del ba­rrio, es ideal para al­morzar, cenar o tomar algo (solamente abre a la noche viernes y sába­dos, de 20 a 24). Tiene un patio y unos precios muy atractivos. A po­cos metros nace el pasa­je Lanín, cuyas tres cua­dras y cuarenta fachadas fueron intervenidas por el artista plástico Marino Santa María, creando un paisaje urbano mágico. 
 
El Complejo Histórico Santa Felicitas está formado por la Igle­sia Santa Felicitas, la Quinta Álza­ga hoy plaza Colombia, el antiguo Oratorio de Álzaga, los Túneles de 1893 y el Templo Escondido. El acceso es en Pinzón 1480 y hay visitas guiadas todos los fines de semana, incluso de noche, por un bono contribución de $12 (vi­sitasguiadas@santa­felicitasmuseo.org.ar). En Isabel La Cató­lica 520, entre Brand­sen y Aristóbulo del Valle, frente a la pla­za Colombia, está la iglesia propiamente dicha, una de las más curiosas de la ciudad, Abre los sábados a las 17.30, y domin­go a las 9.30 y 18.30. Su origen se entre­laza con la dramáti­ca muerte de Felicitas Guerrero de Álzaga, considerada la mujer más bella de Buenos Aires, que fue asesinada por un pretendiente despechado cuando apenas contaba 24 años. Sus padres levantaron la iglesia en memoria de la chica. La construc­ción y los jardines que la rodean datan de fines del siglo XIX y son imponentes. 
 
Por último, quien haga un tiempo que no visita Barracas, se va a sorprender con la renaci­da avenida Montes de Oca y sus luces.
Parque de los Patricios. Por último, no se puede dejar pasar el Parque de los Patricios –otro que rankea entre los más lin­dos de Buenos Aires. Después de permanecer “en obra” du­rante varios años, el parque está completamente renovado y re­correrlo volvió a ser un placer no sólo por las tipas florecidas que lo tiñen de amarillo sino por el circuito de gimnasia que ofre­ce, a veces con instructor y todo. Los fines de semana, además de la extendida feria artesanal, hay tango y folklore en la esquina de La Rioja y Caseros. 
 
En uno de los confines del parque, se encuentra La Pulpería del Cotorro (Pepirí y Pedro Chu­tro), un viejo bar, remozado por su diligente, simpático y deliran­te nuevo dueño. Los sábados a la noche hay cena, shows de tango y algo de folklore. Conviene re­
 servar, porque tiene pocas mesas y se está popularizando. La carta propone platos originales y econó­micos, y es ideal para sorprender y sorprenderse. De Lo del Cotorro, estamos a unas cuatro cuadras en dirección sudoeste de la llamada Colonia Miriñay: el pequeño ba­rrio que rodea al pasaje Miriñay y a la bonita plaza Francisco López Torres”, que parecen escapados de un cuento. Usted dirá. 
 
El centro 
Alcanza con andar por la ave­nida Corrientes sin el estrés habi­tual, hacerlo con pachorrienta acti­tud paseandera, para darse cuenta de que la vieja y querida “avenida que nunca duerme” está a la altura de su propia le­yenda. No sólo por los espectá­culos teatrales que resisten en cartelera aun­que toda la mo­vida se suponga en Mar del Pla­ta. ¿Cómo pri­varse del placer de escudriñar una por una sus librerías esperan­do descubrir maravillas que en el circuito comercial se consideran agotadas? En Corrientes, todos los caminos dejan en la puerta vidria­da de Güerrín, la mejor piz­za de Buenos Aires (Av. Co­rrientes 1368, y en esto, no nos vamos a andar con chiquitas). Si del paladar se trata, Corrientes y sus alrededo­res lo tienen todo: empanadas de carne exquisitas y otros platos crio­llos en Bodega Campo (Rodríguez Peña 264). O el helado de dulce de leche con un toque de chocolate amargo y la naranja con jengibre que preparan en la heladería Ca­dore (Av. Corrientes 1695). Ade­más de los cafés más clásicos, hay ciertos refugios al aire libre para tomar algo, como el patio del Pa­seo La Plaza (Av. Corrientes 1660) o –un poco más caro– el del Hotel Novotel (Av. Corrientes 1334), con su bonito jardín colgante. 
 
El turista accidental 
A propósito, ¿alguna vez pensó en alojarse en un hotel, en su pro­pia ciudad? Ya sea por hacer “algo distinto”, aprovechar sus servicios, o para dejarles la casa libre a sus hijos adolescentes en cumplimien­to de alguna vieja promesa, cual­quier excusa vale. El Hotel Castelar (Av. de Mayo 1152) es un clásico de la ciudad. Fue inaugurado en 1929 y resume toda la “onda europea” y los aires madrileños de la Aveni­da de Mayo. Sus paredes revesti­das de mármol fueron conocidas por varias celebridades del arte y la cultura, como Oliverio Girondo, Al­fonsina Storni y Jorge Luis Borges. También fue hogar del poeta Fede­rico García Lorca, cuya habitación está abierta al público a modo de museo. Ocupar una habitación do­ble durante un fin de semana –de viernes a domingo– , cuesta $773 –precio final, e incluye el acceso al spa del hotel (otra maravilla apar­te) y desayuno buffet. La confite­ría del Castelar fue declarada “bar notable”, y no tiene nada que envi­diarle a sus vecinos de su la misma categoría, como el Tortoni (Av. de Mayo 825), el 36 Billares (Av. de Mayo 1265) o la London City (Av. de Mayo 599). Otro “hallazgo” por hacer que te­nemos en la misma avenida es el Palacio Barolo (Av. de Mayo 1370), un increíble edificio de 22 pisos construido en la década del 20 e inspirado en la Divina Comedia, el poema de Dante Alighieri. Para co­nocer sus misterios y su singular his­toria, hay visitas guiadas diurnas los lunes y jueves ($45 para residentes) y nocturnas los miércoles, jueves y viernes ($115 para residentes, inclu­ye copa de vino y bocados regiona­les), siempre con reserva previa; los fines de semana, a confirmar.
 
Si subimos por avenida Co­rrientes llegamos al Abasto, con al­ternativas más que interesantes. El Konex (Sarmiento 3131) es un bas­tión de resistencia cultural-vera­niega para el porteño. Los lunes a las 19, hay tambores con La Bom­ba de Tiempo –el combo de per­cusión que en los últimos años se convirtió en un fenómeno multitu­dinario–, y los domingos, la músi­ca de la orquesta de Pérez Prado revive con Flor de Mambo. Los últi­mos tres jueves del mes, están pro­gramados los Dancing Mood; mar­tes y miércoles, hay cine, música y ping pong. El Konex tiene una lar­ga barra bien provista.
Para cenar, tenemos Mamani (Agüero 707) muy cerca, un res­taurant peruano a comer ceviche, jalea o un pollo broster, y el patio o la vereda del Imaginario (Bulnes y Guardia Vieja), para cerrar con un trago o un café, escuchando buena música de fondo.
 
Rumbo al Norte
A la mañana, podemos arran­car con un paseo por Palermo Viejo y sus pasajes, escudriñar sus vidrieras, jugar a “cruzarse a un famoso” y almorzar en uno de sus infinitos restó –de refugio para el anti fashion, eso sí, está la parrilla de El 22 (Carranza 1950), sencilla y abundante. 
¿Cuándo fue la última vez que paseó por el Jardín Japonés (Av. Figueroa Alcorta y Casares)? Y si no lo conoce, descubra uno de los jardines más lindos de la ciudad. Además, tiene una excelente casa de té y un restaurante que abre también por la noche y es ideal para citas románticas.
 
Los museos ofrecen tres cosas clave para que el que pasea en ene­ro por la ciudad: arte, gastronomía y aire acondicionado. Por eso, si an­damos por el Rosedal, no podemos dejar de mencionar el Museo Sívori (Av. Infanta Isabel 555) y, después de recorrer el aristocrático Paler­mo Chico o Barrio Parque que ideó Carlos Thays, podemos refugiarnos en el Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415). A propósi­to: durante enero, se va a proyectar allí una retros­pectiva de cinco películas de David Lynch. 
 
…y más allá
Buenos Aires tiene paisajes urbanos increí­bles fuera del circuito turístico convencional. Tómele el gusto a “ca­minar por ahí”, porque en todos los barrios por­teños hay rincones, ca­lles, fachadas, parques y plazas que nos recuer­dan por qué nos gusta tanto vivir aquí.
Por ejemplo: ¿conoce usted el Barrio Rawson, que está escondido en el barrio de Agronomía, entre las calles Tinogasta, Zamudio y ave­nida San Martín? Por ahí vvió varios años Julio Cortázar (Artigas 3246) y retrató al barrio en su cuento “Ómnibus”, incluido en Bestiario. Uno puede sentarse en un banco de la plaza Carlos de la Púa (Panta­león Rivarola y Artigas) e imaginar la silueta del recordado escritor re­cortada contra la ventana. 
 
El Barrio Rawson es uno de los barrios planificados que se cons­truyeron en la primera mitad del si­glo XX, bajo el impulso del enton­ces diputado Juan Cafferata. Sus calles arboladas, con casas con te­cho de tejas y cierto estilo inglés que impregna su arquitectura, son preciosas para perderse una tarde­cita. Además, estamos ahí nomás de Villa Devoto. ¿No es acaso un barrio hermoso? Y está más lindo que nunca. ¿Recuerda la Plaza Are­nales, en Del Carril y Chivilcoy? Si se da una vuelta por el barrio, y se deleita un rato con sus caserones de grandes jardines, se puede sen­tar a tomar un café ahí, y disfrutar de una de las pocas plazas porte­ñas que quedan libre de rejas´ 
Y ya que mencionamos recién al diputado Cafferata, mencione­mos el barrio que lleva su nombre, inaugurado en 1921 como vivien­da obrera. Está ubicado entre el Parque Chacabuco, la avenida José María Moreno y las calles Estrada y Riglos. Su aire tranquilo, sus pasa­jes, la preciosa escuela Antonio Zin­ny (que data de 1930), conforman un paseíto maravilloso. De ahí, los amantes de las emociones gastro­nómicas fuertes se pueden aventu­rar en el Barrio Coreano, en Cara­bobo al 1500, y cenar en uno de sus restaurantes. Advertencia: en la mayoría rige un sistema de “platos corridos” interminable, en el que se sirven pequeñas porciones que aconsejamos no repetir para poder probar de lo siguiente, ad infinitum o hasta donde le dé el apetito.
En enero tenemos a Buenos Ai­res toda para nosotros. Disfrútela, redescubra sus paseos, asómbre­se con los rincones que todavía no conoce. Buenos Aires es una reina también en verano.
 
 
 
Fuente Redacción Z
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