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TEMAS DE LA SEMANA

Brasil 2014: Un mundial sin favorito

Los argentinos son los más confiados en el éxito de su seleccionado. Una copa marcada por la falta de cracks y las protestas sociales.

Por Alejandro Fabbri
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Las superestrellas futbolísticas se cuentan con los dedos de una mano en la actualidad. Que Mes­si y Cristiano Ronaldo, que Iniesta y Robben, que Neymar y Benzema, que Ozil y Luis Suárez: no sobran los nombres y pocos son los que se atreven a ubicarlos como el su­cesor del argentino o del portugués, los dos que han sacado una luz de ventaja por aho­ra indescontable. Lo cierto es que está em­pezando la Copa del Mundo 2014 y si faltan cracks en muchos equipos, no hay unanimi­dad sobre quién debería ganar el certamen.

Lo más sencillo sería pensar que Brasil, el país creador de un estilo único y cinco ve­ces ganador de la Copa, no va a organizar otro mundial para que se lo birlen en la Fi­nal, ¿no? Si uno ya se lo arrebató Uruguay en aquel famoso Maracanazo de 1950, sería el colmo que los orientales o el rival más en­conado del dueño de casa, la Argentina, se lo quiten nuevamente.

Los jugadores de Sabella son favoritos a ganar su grupo, porque lo integran junto a equipos menores como Irán, Bosnia y Nige­ria. Se supone que no tendrán inconvenientes como no deberían tenerlos ni Brasil, ni Ale­mania en la primera fase. Los uruguayos se medirán contra Italia e Inglaterra, dos rivales durísimos donde uno de los tres se despedi­rá antes de tiempo. Lo mismo pasará con Es­paña, Chile y Holanda en el Grupo B, donde el cuadro sudamericano podría provocar una sorpresa mayúscula, al haber retomado con el argentino Sampaoli la senda del fútbol de ataque que había instaurado Marcelo Bielsa.

En un juego de posibilidades y mereci­mientos, asoman Colombia y Costa de Mar­fil como los candidatos del Grupo C, Fran­cia y Ecuador o Suiza en el Grupo E, Bélgica y Rusia en el Grupo H. En otras zonas vie­nen creciendo Croacia, Portugal y Ghana o Estados Unidos, también con alguna chispa de clasificación. Sin embargo, los peces gor­dos no salen de Brasil, Alemania, Argentina, Italia, Holanda, España y quizá la devalua­da Francia, sin Franck Ribéry, que se bajó del viaje por sus crónicos problemas lumbares.

En la Argentina, la opinión mayoritaria es que el seleccionado de Sabella es candi­dato a ganar el torneo. ¿Las razones? Que está Messi, que Agüero, Di María e Higuaín lo acompañan con una potencia ofensiva envidiable y que la zona que le tocó al país es muy accesible. Son abrumadores los vo­tos para darle el primer puesto a la Argenti­na entre nuestros compatriotas. Quienes se aventuran a un resultado más módico –lle­gar a las semifinales, terceros o cuartos– son mirados de reojo por la fiebre triunfalista que se apodera de nosotros habitualmente, pese a que llevamos un cuarto de siglo sin acceder a las semifinales, desde 1990 cuan­do jugaba Diego Maradona.

Quedan relegadas las críticas a los arqueros del equipo, la supuestamente es­casa seguridad defensiva, la soledad de Mascherano en el medio y la tendencia del técnico Sabella a estar demasiado atento a lo que hacen los rivales. Es decir, “tenemos que salir campeones porque somos Argen­tina”, porque “el fútbol es una pasión” y porque “somos los mejores”. Comentarios nunca demasiado bien fundamentados.

Serán 32 equipos repartidos en una geo­grafía vastísima, con canchas que después de la Copa se convertirán en monumen­tos sin sentido como los estadios de Ma­naos, Fortaleza y Natal, con distancias increí­bles entre algunas sedes al estilo de Estados Unidos 94, con protestas sociales que bus­can enturbiar una competencia donde Bra­sil cumplió con las exigencias de FIFA al me­jor estilo de un alumno aplicado del Fondo Monetario Internacional, y con el encono de los dos principales grupos mediáticos brasi­leños, alineados con la derecha latinoame­ricana, como Folha do Sao Paolo y O Globo.

Será un tiempo de confusión y de temor por la militarización que dispuso el gobier­no petista de Dilma Rousseff en los cam­pos de entrenamiento, los estadios y las concentraciones de todos los participantes. Unos días de vigilia por que no haya heridos ni muertos, por que la policía no aproveche la protesta buscando un protagonismo ex­cesivo y por que los mani­festantes no se dejen arrastrar a un reclamo que exceda largamente lo que buscan.

Se sabe, también, que cuando la pelo­ta empiece a rodar, muchos dejarán el recla­mo en la casa o en el trabajo, para meterse en esa aventura que tuvo trapisondas y he­chos repudiables y pactos políticos de otras épocas que merecen recordarse. Las terri­bles presiones que impuso el dictador fas­cista Benito Mussolini para que Italia ganara el Mundial de 1934, la prepotencia nazi que impidió la participación de la invadida Aus­tria en la Copa de 1938, el inmenso desen­gaño brasileño de 1950 y el increíble triunfo de los Estados Unidos ante la debutante In­glaterra en aquel mundial carioca y paulista.

La lenta agonía del maravilloso cuadro húngaro en los cincuenta, la aparición de Pelé y el mejor Brasil, los papelones argenti­nos de 1958, 1962 y 1970, el polémico éxi­to inglés en su propia casa, la llegada del fenomenal Johann Cruyff y aquella Holan­da inmortal de Rinus Michels, la Copa de la Dictadura y el mejor triunfo argentino en el peor momento, la vigencia inalterable de los italianos, Diego Maradona y sus genia­lidades, Ronaldo el atacante más completo de los 90, todo fue decayendo en espectá­culo y calidad hasta las prestaciones finales de Zidane, Henry, Cafú, Romario, Klose, Ri­quelme, Caniggia, Cannavaro y los fantásti­cos españoles de Sudáfrica.

Habrá expectativa, muchísimo turismo, pasión y locura en cocteles similares, mucho barra brava argentino, mucho hooligan, mu­cho japonés sacando fotos y mucha protes­ta. Brasil es grande, más enorme que gran­de, su fútbol también lo ha sido. Quizá sea su mundial. Aunque no nos guste.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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