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TEMAS DE LA SEMANA

Blas Giunta: «Se juega a ganar o morir»

El ex volante central xeneize y la adrenalina de los partidos ante River.

Por Leandro Balasini
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Su figura, todavía, inspira el mismo respeto que cuando jugaba con la camiseta número cinco. La personalidad que lo caracterizaba y aquella garra incomparable con la que disputaba cada pelota como si fuese la última de su vida, convirtieron a Blas Armando Giunta en uno de los íconos de Boca de la década del noventa. Parecía que no se guardaba nada en cada partido; pero en los superclásicos, esa imagen se potenciaba mucho más. «Me preparaba diferente. Yo los quería matar. Era entrar a jugar y hacerles sentir la fuerza de un tipo que quiere ganar», recuerda, con tranquilidad, el ahora entrenador de Almirante Brown.

¿Cómo es la semana previa al clásico?
Muy fuerte. No importa cómo saliste en la fecha anterior, ni si renunció el técnico, porque al hincha sólo le interesa ese partido. Uno entra decidido a todo.
Da la sensación de que en su época había mayor rivalidad entre ambos equipos.
Se disputaba con otra pasión. Antes, queríamos ganar en serio: eran ellos o nosotros. Se hablaba mucho en la semana y después había que respaldar eso dentro de la cancha. Se daban unos clásicos que eran una bomba.
¿Por qué cree que cambió tanto?
Es que el fútbol de hoy es otra cosa. Hay muy pocos jugadores representativos. Hay tantos jóvenes que la gente no se siente identificada con estos futbolistas. Antes tenías a (Roberto) Cabañas, (Alberto) Márcico, a (Gustavo) Zapata y (Leonardo) Astrada del otro. El paraguayo decía: «Ya los vamos a agarrar. No nos van a poder parar». Era mucho más picante. Ahora se juega el clásico y pasa. Es todo muy light.
¿Qué recuerda de aquellos partidos?
Los años que me tocó enfrentarlos la pasaron bastante mal. Ellos jugaban bárbaro pero nosotros, llegábamos una vez y ganábamos. Antes de empezar, los mirábamos a la cara y nos dábamos cuenta de que no iban a poder derrotarnos. Nos tenían mucho respeto porque éramos muy jodidos. En los momentos difíciles, sacábamos el corazón. Llegaba un momento del partido en que ellos se entregaban. Esa convicción era la diferencia.
¿A qué jugador le gustaba enfrentar?
A Hernán Díaz. Como me sentía más cómodo jugando por la izquierda, lo iba a buscar siempre. Me gustaba porque era un chico que lo tocabas y gritaba: «Ay, ay». Entonces me daban más ganas de cruzarlo. «Vení por mi lado que te voy a atender. No tengas miedo», le decía. En aquel momento, nos desafiábamos constantemente. Pasabas de largo y se escuchaba: «Comé pasto».
Imagino que más de una vez se habrá enojado con algún compañero.
Fueron muy pocas veces. En Boca había jugadores muy aplicados, como Márcico. Una vez sí me calenté con Carlos Tapia. El Chino era un pibe que se pensaba que sólo había que jugar. Una tarde me acerco y le digo: «Loco, tirate con los dos pies y empezá a correr porque si no la cosa no camina». Y me hizo caso… mis compañeros eran los mejores del mundo. Podíamos decirnos cualquier cosa que moría en la cancha. Éramos grandes y manejábamos otros códigos.
Si tuviera que explicarle a un chico cómo se juega esta clase de partidos, ¿qué le diría?
Hay que estar al doscientos por ciento y ayudar al compañero en los momentos difíciles. Toda la entrega del mundo y, por supuesto, mucho carácter. No hay que guardarse nada. Es a ganar o morir.
¿Cuál es su pálpito para el martes?
La clave pasa por Román. Si él está bien, con la ayuda de Martín (Palermo) y el sacrificio de resto del equipo, Boca no debería tener mayores problemas.

 

DZ/LR

Fuente Redacción Z
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