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TEMAS DE LA SEMANA

Betiana Blum: «Lo simple es lo más difícil de todo»

Cálida y espiritual, la actriz confiesa que el unipersonal que está haciendo ahora en teatro es uno de los máximos desafíos de su carrera.

Por Teté Coustarot
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teteybetiana

En un bar de la esquina de Beruti y República Árabe Siria me encontré con la mujer que en el nuevo Teatro Buenos Aires se pone en la piel de Shirley Valentine, una señora común y corriente que comienza a hacerse preguntas sobre su vida. Betiana Blum está radiante y compone uno de los personajes más difíciles que le tocaron en este unipersonal que se llama Yo amo a Shirley Valentine, porque dice que las cosas más simples son las que más cuestan.

Una mujer en su cocina, hablando con la pared. ¿Eso es la vida?
Es una mujer con muchos años de matrimonio que descubre que tiene que vivir la vida de otra manera, se perdió a sí misma, y se pregunta dónde está Shirley, esa chica que para divertirse se tiraba del techo. Se pregunta qué le pasó. Es lo más difícil que he hecho en mi carrera,

Pero mirá que has hecho cosas increíbles en tu carrera.
Camino Negro, por ejemplo. Lo simple es lo más difícil de todo, algo que los seres humanos no entendemos. Y hacer una mujer simple, ¡sabés qué difícil que es! En cambio, hacer a una loca o a una histérica es fácil. Es una persona que transita la vida con sencillez y que con simplicidad habla y se pregunta. Se juega su vida y se hace preguntas como, “¿Si no volviera, alguien me extrañaría?“ Hay respuestas si hay preguntas, hay que atreverse a preguntar. Ella se mira de afuera y reflexiona que está viva, está presente en el momento en que está bien.

Si los seres humanos tomáramos conciencia de que eso es lo único que hay que buscar en la vida.
Por eso a mí me pareció importante. En su momento me la habían traído para estrenar pero estaba con otra cosa. La estrenó Alicia Bruzzo y ahora la entendés de otra manera, tiene otra hondura. Porque nosotras estamos en otra etapa de evolución y de conciencia.

Yendo a tu plano personal, tengo la sensación de que ya transcurriste ese camino. Descubro en vos una enorme alegría.
Sí, eso lo traje de nacimiento. Uno aprende que cada cual tiene su momento, su tiempo y su forma, que puede ser distinta.

Que divino ver toda la evolución, porque a vos te tocó lo mismo que a mí. El deseo propio, expresar y hacer.
Venimos de una base dura, antes no había diálogo. Yo me asombro de estar acá en Buenos Aires y del recorrido de mi vida, porque nací en Charata, en el Chaco. Mi papá era un tipo que tenía mucho vuelo pero era una persona que hablaba poco y eso cuando me decía algo. Yo creo que los cuentos infantiles son como semillas, y él decía unas cosas… Un día le pregunte qué pensaba que iba a ser cuando sea grande. “Lo que vos quieras, hija”, me dijo y me abrió el mundo.

Porque en ese “lo que quieras” había un voto de enorme confianza hacia vos.
Exactamente. Vos sabés que ahora retomé las clases de teatro. Cuando me conecté con todos los materiales encontré una frase del licenciado Néstor Cabobianco que se refiere a los hijos y me di cuenta de que con los alumnos era igual: “A los hijos tenemos que darles primero raíces y luego alas”. Y supe que eso era lo que le tenía que dar a un alumno de teatro: raíces. Stanislavski para mí eran técnicas y en este momento me encontré con el alma, con el amor, él dice que hay que entregarle todo a la profesión y sin egoísmo. Y vos leés y decís: el teatro es un acto de amor.

¿Tenés alumnos de todas las edades?
Nunca le trabo el camino a nadie, anoto a toda la gente que se presenta con distintas experiencias y edades. Un día me escribió una mujer que padecía maculopatía y me preguntaba si la podía tomar. ¿Cómo no?, le dije y el día que pasó frente a todos los alumnos hizo algo brillante, pareció un stand up.

Pensaba también en las semillas, cuando hiciste Rosa de lejos. ¿Tuviste conciencia de lo que iba a significar en tu vida?
La gente recuerda Rosa de lejos, los libros de Celia Alcántara eran magistrales, aunque la vedette fue Esperando la carroza.

¡Esperando la carroza, ni hablar!
Además, va pasando de generación en generación, que es lo que me mata. La puesta de Alejandro Doria, vos no sabés lo que era. Había un libro genial, un director absolutamente genial que tuvo una visión de puesta y un grupo de actores que ninguno se sintió más que otro y que trabajábamos con una disciplina, todo el mundo decía el texto a la perfección, daba el pie y ¡trabajábamos con disciplina!

Además, el vestuario, la casa…
Era una casa de Parque Chas y hoy día es Monumento Nacional. La gente va y se saca fotos en la puerta de esa casa. Los actores íbamos todos los días al mismo lugar, éramos como una familia que se iba a comer al día siguiente, era un clima idílico el de trabajo.

Siempre hubo cosas buenas en tu plano laboral…
Tuve suerte, porque participé de muchos éxitos.

¿Cuáles son tus lugares preferidos de Buenos Aires?
Soy muy de la naturaleza, vivo cerca del Jardín Botánico. Y me encantan los lugares que tienen confitería y librería. Ahora estoy dando clases en Borges 1975, un bar, teatro y librería. Mi nieto vive en esa calle y cuando cumplió siete años lo llevé para que tomáramos algo y se eligiera un libro. Fue el primero que compró un libro en ese local, porque acababa de abrir y descubrió un salón con un telón y empezó a actuar. En ese momento dije que era un lindo lugar para dar clases y cuando la idea se hizo carne regresé a preguntar.

Betiana retomó la enseñanza y cuando le pregunté si había más planes me contestó “la vida”, con esa sencillez y carisma que son marca registrada en una mujer tan talentosa y radiante como lo es ella.

• Teatro Buenos Aires. Jueves, viernes y sábados a las 21. Domingo a las 20. Entrada desde $ 250

DZ/sc

 

Fuente Redacción Z
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